Opinión

Publicado el noviembre 29th, 2019 | Por Luis García Montero

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Ahora, feminismo

Aunque él mismo no se aplicó la lección, el poeta Jaime Gil de Biedma me enseñó que envejecer tiene su gracia: es igual que aprender a bailar cuando se es joven. Uno debe ser consciente de dónde pisa y procurar seguir un ritmo que ya no se ajusta del todo a la propia experiencia. Es verdad, los años son un conjunto de achaques y escaleras que mejor no subir, de camisas que mejor no vestirse, de renuncias y pertenencias que mejor no poner en juego. Pero los años son también una lección aprendida, un derecho a mirar los movimientos de la fiesta que baila. Y eso tiene sus ventajas.

Si pienso en la democracia (no como asunto teórico o debate político, sino como costumbre del país en el que vivo desde los 20 años), el referente primero que me viene a los ojos es el cambio en la vida de las mujeres o, mejor aún, el cambio de un país representado por la vida de las mujeres. La foto en blanco y negro de un parlamento masculino se fue llenando de color y de mujeres, mientras los despachos, las colas ante el mostrador de los bancos, las librerías, las reuniones sindicales o políticas, los viajes y los demás sábanas de la existencia se llenaban de mujeres.

 Por eso el ataque a las conquistas de las mujeres españolas es uno de los síntomas claros de animosidad contra la democracia. No es un asunto más de debate: es el asunto, el disparo que se hace contra el corazón de nuestra convivencia democrática. Leo Ahora, feminismo (Cátedra, 2019), un libro de la profesora Amelia Valcárcel y pienso en las ventajas de la experiencia, en la gracia de haber cumplido años, no sólo por tener cosas que contar, sino por las razones que enseñan a elegir lo importante y a vigilar las numerosas trampas que suelen esconderse en las novedades.

Amelia Valcárcel elige lo importante a la hora de hacer una breve historia del feminismo que equilibra lecturas entre la sencilla divulgación y los debates de profundidad intelectual. Agradezco sobre todo su capacidad para dibujar los marcos históricos en los que se consolida una mirada feminista y su apuesta por la ilustración. Sin Descartes y Poulain de la Barre no hubiese habido feminismo; sin Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges no hubiese habido democracia. Después de los más o menos simpáticos discursos antisistema de la posmodernidad, conviene recuperar, sin voluntades dogmáticas ni esencialismos, el sentido de una razón humana dispuesta a organizar la convivencia más allá de las supersticiones (nuevas o viejas). La voluntad de igualdad y de justicia es el valor decisivo de la democracia. No conozco tradición ilustrada más estable y con más logros que la del feminismo.

Por importante que sea el feminismo norteamericano, la lucha por los derechos de la mujer no es una invención gringa. La vieja Europa tiene mucho que decir. Se merece un respeto, igual que sus instituciones y su vieja ilusión de libertad, igualdad y fraternidad.

En esa estabilidad, claro, los años invitan también a la vigilancia. Son graves, desde luego, los ataques contra el feminismo de las organizaciones tradicionalistas que quieren otra vez poner en duda el derecho a la interrupción del embarazo o que restan significación a la violencia de género. Pero también debemos vigilar las ofertas de nuevos modos de vida que en nombre de la libertad, la multiculturalidad y la tolerancia intentan imponer privilegios religiosos bajo la máscara de “los derechos” o humillaciones a la dignidad personal tan profundas como la ablación, los velos o la mercantilización de los vientres. Amelia Valcárcel es brillante en el análisis del lenguaje moderno como caballo de Troya del pensamiento reaccionario cuando comenta la oferta queer, el eurocentrismo, el heteropatriarcado, la biopolítica y las diversas acepciones de lo post. Nietzsche advirtió que todo maestro puede tener un discípulo tonto. Autovigilar el pensamiento progresista es evitar los caballos de Troya que una y otra vez nos plantean los discípulos tontos.

Amelia Valcárcel advierte también que la memoria es decisiva en la consolidación de un pensamiento libre, pero tiene un peligro: nos ofrece siempre identidades cerradas. Para que existan identidades abiertas resulta imprescindible que situemos nuestros compromisos, incluso el de la memoria histórica, en el futuro. El valor del feminismo estará presente en lo que el pensamiento democrático deba conquistar o defender en el futuro.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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