Opinión

Publicado el mayo 12th, 2019 | Por Luis García Montero

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Canto de amor a Barcelona

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Pocos elogios de la hospitalidad son más hermosos que el que hace don Quijote al hablar de Barcelona. En esa rara mezcla de elocuencia, dignidad y sabiduría con la que Cervantes caracterizó las palabras de su personaje, el caballero andante agradeció el trato recibido en una ciudad en la que además descubrió el mar y el mundo de la imprenta. Así que viene de muy lejos la imagen de Barcelona como gran capital del libro hispánico. Por eso resulta tan lógico que la Feria del Libro de Buenos Aires se haya dedicado este año a la ciudad catalana.

Buenos Aires ha sido otra de las grandes ciudades del libro; y también un ejemplo significativo de que la hospitalidad enriquece al lugar que abre sus puertas para quien necesita un refugio. Cuando los totalitarismos incendiaron Europa en la mitad del siglo XX, a las orillas del Río de la Plata llegaron editores obligados a huir de España, Italia y Alemania. El poder cultural del Régimen franquista, por ejemplo, había empezado a ejercer la censura sobre las publicaciones de la editorial Espasa. La Imprenta López, fundada en Buenos Aires a principios de siglo por inmigrantes españoles, dejó de colaborar con Espasa y se unió al trabajo de los exiliados para poner en marcha Losada, Sudamericana y otros sellos que marcaron la gran transformación de la industria editorial en español a lo largo de los años 40.

La hospitalidad, querido Sancho, es una inversión en la dignidad humana que da grandes resultados en los cuentos que narran las experiencias de la vida y en las cuentas que sostienen los caminos económicos de una sociedad. No debiera olvidarlo la civilización Occidental que se traiciona hoy a sí misma con sus leyes y sus alambradas.

En un maravilloso soneto dedicado a Buenos Aires, Jorge Luis Borges confiesa: “No nos une el amor sino el espanto; / Será por eso que la quiero tanto”. Andaluz nacido al final de la década de los 50, algo parecido podría decir yo de mi amor por Barcelona, una ciudad que en mi infancia era el lugar de destino de muchas familias andaluzas, familias de mis amigos, que necesitaban huir de la pobreza. El dinero, la industria y la exigencia de mano de obra barata estaban allí. Una de las grandes manipulaciones del franquismo fue componer con la copla, las ganaderías, los trajes de gitana y el gracejo andaluz la caricatura cultural española, mientras humillaba y explotaba sin misericordia la verdadera realidad de Andalucía. Hay amores que matan.

Barcelona dejó de ser para mí únicamente la ciudad del dinero cuando me hice lector y empecé a estudiar literatura. Me encontré con don Quijote, y luego con las declaraciones de amor de Federico García Lorca a las floristas de las Ramblas, y luego con la construcción de la cultura democrática española que capitanearon Carlos Barral y Víctor Seix al unir la publicación de la mejor literatura universal con los sedimentos más activos de la conciencia antifranquista. Esa Barcelona, hermanada con el Buenos Aires parisino de Julio Cortázar, fue el corazón del boom latinoamericano al albergar a escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Jorge Edward, en una tradición que mantuvieron después Sergio Pitol, Cristina Peri Rossi, Juan Villoro o Juan Gabriel Vásquez en la ciudad de Lumen, Anagrama o Tusquets.

La capitalidad cultural de Barcelona hizo que de forma natural me interesase por la literatura escrita en catalán. Tuve la suerte de encontrar en ella algunos de mis primeros compañeros de viaje, de mis amigos más queridos, poetas de personalidad tan diversa como Joan Margarit, Pere Rovira o Alex Susanna. Compartimos reuniones, complicidades y viajes en los inicios de la España democrática. La amistad no se ha perdido, la cultura sigue teniendo unos vínculos más sólidos que las urgencias del griterío. Pero la dinámica de hermandad y cita frecuente sí se rompió. ¿En qué momento y quiénes han sido los responsables?

El viernes pasado tuve la oportunidad de hablar en Buenos Aires de mi amor por Barcelona. Mi formación literaria le debe mucho a la historia del emigrante andaluz que nos contó Juan Marsé en Últimas tardes con Teresa o a los versos de Carlos Barral, José Agustín Goytisolo y Jaime Gil de Biedma. Pocos poemas tan hospitalarios como “Barcelona ja no es bona o mi paseo solitario en primavera”, un canto de amor a su ciudad en el que Jaime se puso de parte de los emigrantes humillados en los años 60 por la estirpe soberbia del dinero: “Sean ellos sin más preparación / que su instinto de vida / más fuertes al final que el patrón que les paga / y que el salta-taulells que les desprecia: / que la ciudad les pertenezca un día. / Como les pertenece esta montaña, /este despedazado anfiteatro / de las nostalgias de una burguesía.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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