Opinión

Publicado el septiembre 13th, 2020 | Por Luis García Montero

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Canto de amor a Madrid

Salgo a las calles de Madrid antes de que rompa por el horizonte la primera luz del día. No sé exactamente si se trata de que he dormido mal o me he despertado pronto, pero me confundo con la madrugada y contemplo el amanecer sobre los tejados de la ciudad y las ramas de los árboles. Cuando llueve, el agua cae dos veces sobre las aceras y la tierra gracias a las hojas de los árboles. Ahora ocurre lo mismo con la luz y las sombras, las ramas tejen figuras en las que el caminante puede imaginar despedidas y apariciones. Me gusta ver cómo amanece la ciudad, cómo la claridad se extiende poco a poco sobre los edificios y las gentes que se levantan con el alba para acudir a sus trabajos.

La poesía se mezcla de forma inevitable en mis pensamientos porque forma parte de mi experiencia. Es lógico que los días difíciles que vivimos me devuelvan a los versos de Antonio Machado: “Madrid, Madrid, qué bien tu nombre suena, / ¡rompeolas de todas las Españas!/ La tierra se desgarra, el cielo truena, / tú sonríes con plomo en las entrañas”. Contra un golpe de Estado y una agresión extranjera apoyada por el nazismo y el fascismo, la ciudad se defendía con un coraje político y una solidaridad cívica que asombró al mundo.

Después llegó la posguerra marcada por el hambre y la prepotencia de los vencedores. Dámaso Alonso lo condensó en el poema Insomnio de su libro Hijos de la ira: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”. Los muertos de la guerra, los muertos vivientes que soportaban una existencia sin verdadera vida, abonaban con su podredumbre el huerto de una élite afortunada que hacía negocio con la miseria ajena.

Cuando conquistamos la democracia, llegaron las movidas de distinta piel, los poemas y las voces de los cantautores que celebraron una ciudad marcada por la energía de la libertad. Todas las ilusiones se bajaron en Atocha y ocuparon los barrios, las plazas, los bares, los teatros y la salas de conciertos de Madrid.

 ¿Qué es lo que pasó después? La atmósfera cambió, desde luego, el aire de la ciudad dejó de estar protagonizado por la solidaridad en medio del hambre y de las dificultades generalizadas, aunque cuando hizo falta los madrileños hicieron cola para dar su sangre y salvar a las víctimas de un crimen terrorista. Fue un verdadera llamada de atención observar que, mientras la ciudadanía daba su sangre, una élite política imponía sus mentiras en la prensa para hacer electoralismo y negocio a costa de la vida de los demás.

Esa misma élite poco a poco ha convertido a Madrid en un paraíso fiscalha degradado los servicios públicosha deteriorado la sanidad y la educación, convirtiéndolo todo en negocio y en ámbitos propicios para la corrupción y el robo organizado. En tal empresa tuvo una gran aliada: otra élite de parecido pelaje que estaba haciendo lo mismo en Barcelona. Las críticas contra Madrid de los corruptos catalanes que desmantelaban su sanidad y su educación, fueron el mejor aliado de los madrileños que criticaban a Barcelona y ofendían a Cataluña, ocultando con principios nacionalistas y banderas unos procesos económicos que acababan en los bancos suizos y, a veces, en los juzgados y las cárceles.

 La pandemia está pasando una factura muy alta contra Madrid y Cataluña. ¿Qué hacemos con Cataluña? ¿Qué hacemos con Madrid? El desamparo no es una solución cuando hay tantas vidas en juego. Durante años la utopía comunista de la Unión Soviética fue un sueño legítimo para los que creían en la igualdad. Pero una vez que se comprobó que esa utopía había derivado en una dictadura atroz, defender a la Unión Soviética fue un asunto propio de canallas. Pablo Neruda denunció desde su comunismo a Stalin: “Por tu culpa hay una soga de ahorcado en cada jardín de la URSS”.

Cuando veo a políticos e intelectuales que hablan de liberalismo, privatizaciones y bajadas de impuestos, empiezo a tener la incomodidad que se siente ante los canallas. ¿Es que no ven la realidad, la soga de los ahorcados en las residencias de ancianos, los hospitales, los colegios y las calles? La utopía de la libertad sin Estado, entendida como ley natural del más fuerte y del más negociante, está provocando muchas víctimas y mucho desamparo. El horror se acumula en los barrios pobres. ¿Qué hacemos por Madrid?

Yo escribo este canto de amor, recorro sus calles y me propongo repartir los aplausos acumulados durante el confinamiento, los aplausos dedicados a los profesionales de la sanidad pública. Ahora quiero repartirlos entre las salas de conciertos, los teatros y las bibliotecas de Madrid. Tengo muchas, muchas ganas de aplaudir a la verdadera cara de esta ciudad. Madrid no es una viuda negra, es un canto de amor a la vida.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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