Opinión

Publicado el agosto 27th, 2020 | Por Luis García Montero

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Creencias, ideas, valores, pero la Tierra se mueve alrededor del sol

Después de muchos años de tensiones, interferencias cardenalicias y discusiones de todo tipo, y en medio de una gravísima peste, en abril de 1633 la Santa Inquisición abrió el proceso contra Galileo. Acabaría en una condena a prisión perpetua y en la exigencia de que abjurara de sus ideas. La verdad es que en muchas ocasiones no se ponen de acuerdo el pensamiento inductivo y el deductivo.

Las conclusiones de un pensamiento inductivo son la consecuencia de lo que vemos una y otra vez, observamos, experimentamos y comprobamos. Las conclusiones del pensamiento deductivo dependen de las afirmaciones de la autoridad. Esto es así porque lo dijeron Aristóteles, Ptolomeo y las Sagradas Escrituras. La abjuración suele ser el ejercicio exigido a muchos individuos para que renuncien a lo que saben y han visto en favor de la autoridad. Cuando en nombre de la autoridad, hay que renunciar al saber copernicano y afirmar que la Tierra es el centro del universo y el sol se mueve alrededor de ella, se establecen distancias muy grandes entre la autoridad, los individuos, la decencia y el conocimiento. No hay telescopio que las salve.

La Universidad de Madrid de 1933 lo sabía. Por eso organizó unos actos de homenaje a Galileo al cumplirse el tercer centenario de su famosa condena. Cualquier acto intelectual de aquel tiempo se convertía en un examen del presente. En aquella ocasión Ortega y Gasset afirmó que la crisis española de entonces estaba motivada por la falta de creencias, algo que suele coincidir con la sobreabundancia de ideas.

Dedicarse a la educación supone algo más que tener un empleo. Se trabaja, claro, por un salario que permita pagar las facturas a final de mes, pero también por una vocación fundada en la importancia del conocimiento y en la necesaria formación del carácter y la conciencia de los alumnos. Importan mucho las reflexiones matizadas sobre la verdad, la autoridad y el convivir digno de la sociedad a la que uno pertenece.

 Durante años, para no tener que abjurar de lo que creo y para no caer en la soberbia de los que se consideran en posesión de la verdad, he hablado mucho con mis alumnos de lo que supone el vacío social de una falta de creencias, vacío rodeado, tapado o adornado por una sobreabundancia de ideas. Hoy en día lo que hay es sobreabundancia de mensajes de Twitter. Y ante ese espectáculo, más que la genialidad siempre ayuda la sensatez para encontrar perspectivas en nuestro mundo. La falta de creencias es una característica ruidosa del cinismo propio de la cultura neoliberal, su ética de la relatividad, su nada tiene importancia o nada tiene arreglo, su acomodo a la oferta y la demanda, su digo lo que se me ocurre. Da igual que el gato sea blanco o negro, lo que hace falta es que cace ratones.

Y a falta de creencias llegan las ideas, más humildes por principio, pero con una dolencia agravada en las sociedades gallinero. Todo el mundo tiene ideas sobre cualquier cosa, sin una exigencia de solidez. Una pandemia, una vacuna, un avance científico, forman parte de nuestra galería de opiniones. Las ideas, sobre todo cuando se rebajan al espíritu de lo ocurrente, comprometen mucho menos que las creencias.

 Conviene caminar con pies de plomo, hay que ir y venir, porque también es peligroso llenar este vacío con ideas propias de movimientos fundamentalistas, gente que confunde la pureza con el puritanismo y los pensamientos con el dogma. Cada gato tiene su peligro. Ni la sacralización del relativismo, ni las creencias intolerantes.

La cultura democrática tiende a ponerse de acuerdo en el respeto de algunos valores. Son los ejes acordados para una convivencia justa. Como lo democrático es siempre más inductivo que deductivo, más ascendente que descendente, los valores legitiman a las instituciones, ámbitos públicos organizados para articular aquello que merece ser respetado, es decir, aquello que nos ampara.

Todo tiende a confundirse entre creencias, ideas, principios de autoridad, mensajes cruzados, cinismos y vergüenzas propias o ajenas. Por eso conviene no olvidar la raíz última de las honestidades democráticas. Los valores necesitan instituciones para hacerse realidad. Las instituciones necesitan valores democráticos para legitimarse. Nunca es bueno comulgar con piedras de molino, dejar a las instituciones sin valores y a los valores sin instituciones.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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