Opinión

Publicado el julio 27th, 2020 | Por Luis García Montero

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¡Cuidado! Ni más solos, ni más lejos, ni más débiles, ni más líquidos, ni más superficiales

El optimismo y el pesimismo deben barajarse con cuidado porque definen el desvelo de nuestra conciencia, la frontera que de forma inevitable se establece entre el ser y el estar, entre lo que somos y el lugar que habitamos. Si malo es caer en la ingenuidad, malo es también permitirle a la lucidez que nos empuje hasta esa puerta del infierno en la que hay que abandonar toda esperanza. Se trata de resistir: así andamos o navegamos hoy. Resulta conveniente no darse por perdidos, ni pensar que el futuro será un camino de rosas. Conviene que los versos de nuestro tiempo cultiven con disciplina la sabiduría fronteriza de un optimismo melancólico o de una melancolía esperanzada.

Después del esfuerzo optimista de los meses de confinamiento (la consigna de que juntos hay que salir de la dificultad), ahora las vacaciones se acercan a mi casa cargadas de inquietudes personales. Es otro modo de defender la palabra juntos. Y no me refiero ya al panorama político de superficie, en el que los plásticos de todo tipo invaden el mar, sino a las profundidades de la vida, a la cultura que nos hace sentir y ver el mundo cada vez que formulamos opiniones o recibimos una emoción. No quiero ser aguafiestas, pero la mayoría de las respuestas a la epidemia que nos enorgullecen sólo demuestran hasta qué punto se ha interiorizado una cultura neoliberal que desplaza la experiencia social e histórica por una realidad virtual enfocada al individualismo posesivo y a confundir la libertad hedonista con la ley del más fuerte o con su versión doméstica: el cliente siempre tiene razón.

El optimismo y el pesimismo deben barajarse con cuidado porque definen el desvelo de nuestra conciencia, la frontera que de forma inevitable se establece entre el ser y el estar, entre lo que somos y el lugar que habitamos. Si malo es caer en la ingenuidad, malo es también permitirle a la lucidez que nos empuje hasta esa puerta del infierno en la que hay que abandonar toda esperanza. Se trata de resistir: así andamos o navegamos hoy. Resulta conveniente no darse por perdidos, ni pensar que el futuro será un camino de rosas. Conviene que los versos de nuestro tiempo cultiven con disciplina la sabiduría fronteriza de un optimismo melancólico o de una melancolía esperanzada.

Después del esfuerzo optimista de los meses de confinamiento (la consigna de que juntos hay que salir de la dificultad), ahora las vacaciones se acercan a mi casa cargadas de inquietudes personales. Es otro modo de defender la palabra juntos. Y no me refiero ya al panorama político de superficie, en el que los plásticos de todo tipo invaden el mar, sino a las profundidades de la vida, a la cultura que nos hace sentir y ver el mundo cada vez que formulamos opiniones o recibimos una emoción. No quiero ser aguafiestas, pero la mayoría de las respuestas a la epidemia que nos enorgullecen sólo demuestran hasta qué punto se ha interiorizado una cultura neoliberal que desplaza la experiencia social e histórica por una realidad virtual enfocada al individualismo posesivo y a confundir la libertad hedonista con la ley del más fuerte o con su versión doméstica: el cliente siempre tiene razón.

Si la economía neoliberal sustituyó la riqueza productiva de bienes por los beneficios de la especulación, su voluntad de operaciones abstractas, de negocios que matan, pero no se tocan, ha calado en el modo de pensar la vida, la cultura, la educación, la soledad, el trabajo y los vínculos sociales. El virus neoliberal se ha empeñado en hacernos vivir sin estado y sin estar, vivir donde no somos, fantasmas de una quimera especulativa.

1.- El gran beneficio democrático de la educación se condensa en el camino que va de la casa al colegio. La primera lección que se aprende es que, más allá de los credos y costumbres particulares, hay un espacio público en el que convive la diversidad. Esa tarea cívica palpita en la raíz de toda organización de conocimientos. Asusta la alegría con la que se festejan las nuevas posibilidades de una clase no presencial. Y lo que vale para el colegio vale también para la vida universitaria. Sin cafetería o teatros, las vocaciones cambian de horizonte.

 2.- La cultura no es un entretenimiento. Inseparable de la educación, la cultura forma conciencias críticas y emociones capaces de sostener una imaginación moral. La cultura nos enseña a entender el dolor ajeno y a compartir la alegría. Asusta el orgullo con el que muchos protagonistas de la cultura se han dedicado a entretener a la respetable población mientras estuvo confinada. Gente que no tiene “tiempo” para la cultura en sus vidas normales, necesita ser entretenida cuando no puede salir de su casa. La cultura, igual que el fútbol, se convierte así en un espectáculo televisivo en el que no duelen las patadas y no impresionan de verdad los gritos, los penaltis o los goles.

3.- El lugar de trabajo es el mayor factor creativo de conciencia democrática. En él se consolidan los vínculos y los derechos de una vida digna. Asusta ver cómo se celebra el teletrabajo, cada uno en su casa, cada cual con su falta de vocación y su soledad, y todos dispuestos a caer en el desmantelamiento laboral en favor (ya tardarán poco) de las subcontratas, los falsos autónomos y los mensajeros sin derechos que cruzarán las redes con una bicicleta y una mochila a sus espaldas. Generalización de la enfermedad existente: un ser humano humillado por las posibilidades tecnológicas más que una tecnología pensada para adecentar el trabajo de las personas. Regular el teletrabajo un día a la semana, como una conquista para la conciliación familiar, es una cosa. Sustituir los centros de trabajo por una pantalla es otra decisión muy diferente.

 4.- Todo tiene que ver con la liquidez del deseo que quiere negar los cuerpos, la realidad de carne y hueso. El deseo existe y puede ser una pulsión sin objeto, pero asusta convertir su dinámica en una negación de la realidad más que en una necesidad de dar respuestas justas. Cualquier detalle merece atención, pero nadie puede pretender que un árbol oculte los bosques o que el capricho se convierta en reclamación de un cliente poco satisfecho. Es el deseo que alquila vientres, compra cuerpos, niega la biología, se permite despreciar las vacunas y coloca evangélicamente en red las nuevas supersticiones.

Todas estas inquietudes nacen de la conciencia de que la nueva cultura democrática necesita establecer un diálogo, inevitable e imprescindible, con la ciencia y la tecnología. Siempre ha sido así y ahora resulta más necesario que nunca. Por eso es tan importante que no se confunda el futuro tecnológico con una supresión de la experiencia carnal, es decir, que no se confunda la tecnología con la especulación virtual de las supersticiones tecnológicas. Esas supersticiones nos citan para trabajar y emocionarnos allí donde no somos, allí donde perdemos el sentido de la explotación o de la convivencia.

Atravesé la pandemia como un optimista melancólico. Me adentro ahora en las vacaciones como un pesimista esperanzado, porque necesito negarme a estar cada vez más solo, más lejos, más débil, más líquido y más superficial.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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