Opinión

Publicado el septiembre 18th, 2017 | Por Antoni Cisteró

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DAVID Y GOLIAT.

Escribo esto para estructurar mis reflexiones, a menudo mediatizadas por mensajes que buscan, en la radicalidad, esconder su inconsistencia. No pretendo convencer a nadie, no quiero debatir en una esgrima de armas desiguales. Lo escribo para mí y, llegado el caso, para los amigos a los que pueda interesar.

Las sociedades, todas, tienen la vocación de mejorar. Esquivando los avatares de la historia, tienen como meta el que sus miembros avancen hacia una mayor libertad, que solo tiene sentido si se establece en condiciones de bienestar social, educación y convivencia consciente. No se alcanza nunca, es un proceso que dura tanto como la propia sociedad; siempre hay posibilidad de mejora, en una trayectoria oscilante, con los altos y bajos inherentes a la condición humana. El derecho de los pueblos, todos, a decidir su futuro no tiene nada que ver con las características de sus gobernantes de turno, ni con los momentos históricos teledirigidos y menos aún con astucias con preaviso.

Dentro de dicha evolución, que un grupo social determinado sea independiente o no, es una vía entre otras. Nos podríamos preguntar: ¿independencia para qué? Ante todo deberíamos ver, y no es éste el lugar, que quiere decir “independiente” en un mundo globalizado. Pero esta opción solo adquiere su sentido si se toma como un instrumento más, utilizado en el proceso de mejora del conjunto de la sociedad, que es lo verdaderamente relevante.

Asumiendo que se opta por una independencia política (la económica y la social son tema aparte, y más decisivos), también se presentan múltiples vías para conseguirla. Posiblemente solo una combinación de varias de ellas puede garantizar un mínimo de éxito en la operación. Un paso, solo un paso y no un valor absoluto, ni el único ni el más sólido, puede ser un referéndum. Pero este nunca será el objetivo final. La focalización excesiva en lo que solo es un paso, empaña e incluso prostituye lo que debería ser el verdadero objetivo: una libertad más grande para todos y cada uno de los miembros de la sociedad en cuestión.

La consideración es pertinente por lo que respecta a la situación que motiva este escrito: Cataluña. Hoy se están dedicando todos los esfuerzos a la realización de un referéndum, sin tener claras las etapas posteriores, o lo que es peor, escondiéndolas chapuceramente. Hay que recordar que esta etapa fue despreciada hasta hace poco tiempo por los mismos que hoy la presentan como la culminación de todas sus aspiraciones. Y no es así. Sería un paso, siempre que estuviera bien dado, y no me refiero solo a su legalidad, sino al hecho de que desgraciadamente, los mismos promotores lo están forzando y retorciendo tanto que anulan su eventual aportación hacia retos más sustanciales. La parcialidad por parte del Govern, a la que hay que añadir la de los medios que controla, y también los exabruptos de muchos de los mitificados líderes de la operación, impiden que esta primera etapa (que debería ser la última) tenga un mínimo valor democrático para hacerla reconocible aquí e internacionalmente. Saltándose las reglas de la propia “Ley del referéndum” (ya impugnada), y no digamos del Estatut y de las estructuras parlamentarias, difícilmente se podrá convencer a nadie. Ni el afán partidista de conseguir réditos cuando esta chapuza nos aboque a una elecciones, justifican quemar ya de entrada esta nave.

En Cataluña se está haciendo lo antes indicado. Todos los esfuerzos (y todos los maniqueísmos y marginaciones), van encaminados a conseguir un solo instrumento, no forzosamente necesario: el referéndum. Y además se quiere hacer deprisa, deprisa. ¿Alguna vez el trabajo hecho deprisa ha sido mejor que el hecho a conciencia y con el tiempo preciso? ¿Es éste el momento más adecuado (¿qué significa un momento en la historia de un pueblo?), o corresponde solo a la conjunción de diversas circunstancias: la caída de un partido en descomposición que intenta sobrevivir agarrándose a ideas que nunca han sido suyas; la voracidad de otro que, llamándose de izquierdas, no duda en apoyar políticas derechistas para recoger los restos del naufragio del primero; y lamentablemente, la coincidencia en el tiempo, en España y Cataluña, de los peores presidentes en los últimos cuarenta años. De otra forma no se explica que se lanzaran al ruedo en el momento de mayor poder del PP (conseguido en parte gracias a los reiterados apoyos de CiU).

Si la prisa es de eficacia dudosa, pasando continuamente de una “fecha histórica” a otra “fecha histórica”, el trabajo chapucero es evidente. Bocazas que echan a perder astucias de adolescente, desprecio por la labor parlamentaria y, lo que es peor, azuzamiento de los sentimientos discriminadores más primitivos, enturbian la legítima aspiración de los catalanes (de todos), de ver a su sociedad mejorar cada día. La esperpéntica sesión parlamentaria de hace unos días, cargándose no ya la unidad de España, sino la legalidad catalana, es un ejemplo que quita cualquier legitimidad a las maniobras independentistas actuales, y deja huérfanos a los que realmente sienten como necesario un proceso hacia dicha independencia.

Dice el sabio: “No hay malos negocios, sino negocios mal gestionados”. Y este tristemente famoso “procés”, es un ejemplo claro de la segunda opción. En el mundo empresarial se opera de distinta forma: si la empresa va mal, antes de cerrarla, se cambia al equipo directivo y la orientación del negocio. Quizá así pueda continuarse con la actividad, lo que debería ser el objetivo primordial de toda sociedad.

En el caso del “procés”, la tozudez grandilocuente y torpe, puede acarrear también la quiebra. Y de ella puede surgir el factor más temido: la tierra quemada social, de recelos y desconfianza, de divisiones y miedos. Por culpa del “tenemos prisa”, se tardarán décadas a rehacer los lazos entre ciudadanos que ahora han quedado en suspenso, a tejer de nuevo complicidades entre comunidades, a rehacer el tejido jurídico que sostiene todo Estado de derecho. Que las ambiciones personales y partidistas lleven al extremo de la ruptura (interna y externa), en un proceso que debiera ser continuado y compartido, es un pecado del que lamentablemente los responsables no pagarán los destrozos. Quizá aparezcan en un pie de página de algún libro de historia, pero será por el nivel del daño que han causado a Cataluña, atrasando gratuitamente su proceso de mejora histórica, y desde luego no por su aportación a la cohesión social.

No votaré. Yo no quiero que alguien sobreexcitado se juegue mi capital (social y anímico), a “todo o nada”, llevando solo ochos y nueves, frente a un tahúr que todo el mundo sabe que hace trampas y además tiene las cartas más altas. Si algún día necesitamos dicho capital, no lo vamos a encontrar, se habrá dilapidado por mucho tiempo. David podía ser muy fotogénico y hasta popular, pero a diferencia de hoy en día, él si sabía de la fuerza y de las malas artes del gigante, y le ganó porque supo encontrar el momento idóneo para tirar la piedra. Sin prisas.

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