Opinión

Publicado el julio 22nd, 2020 | Por Ángel Viviente Core

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El homenaje de Estado que aún no hemos podido vivir

El pasado día 16 de este mes de julio, me emocionaba y se llenaba mi corazón de gozo y agradecimiento al contemplar el merecido, sentido, unitario y laico homenaje que todos los poderes del Estado, allí presentes, nos hicieron vivir. La lucha contra el maldito virus que a todos nos amenaza tuvo su más digna representación en la enfermera que homenajeó a todos estos luchadores a los que tan agradecidos hemos estado todos, en los aplausos y para siempre en un lugar de nuestros corazones.

Con este artículo no quisiera quitar la más mínima parte de valor en el homenaje a todos ellos, los que nos dejaron y los que aún siguen ahí, al pie del cañón. Pero una cosa no quita la otra y así, al ver lo del día 16, pensaba que hay otro homenaje que nos falta.

 Y es que en este día de hoy, 19 de julio, no puedo dejar de recordar a muchas otras víctimas cuya presencia sigue viva. Por estas mismas fechas, hace ya 84 años, las primeras víctimas de ese otro virus de la intolerancia y del odio comenzaban su triste deambular por este país. Andadura que en la mayoría de los casos les llevó a su desaparición e incluso a la negación de su existencia en algún momento.

En fechas como las de hoy de hace 84 años, comenzaban las rafias en las zonas que habían sido tomadas por los sublevados. Las familias veían, entre gritos, cómo unos individuos sacaban de sus casas a sus seres queridos para ya nunca más volver a verlos. Algunos afortunados pudieron encontrarlos al día siguiente, tirados al borde de los caminos, y así pudieron dedicarles el último adiós. Otros aún permanecen poblando las miles de fosas que, a lo ancho y a lo largo, recorren nuestro caritativo y católico país.

 Caían maestros por el simple hecho de serlo, alcaldes y concejales, médicos, sindicalistas y simples militantes de partidos de izquierda, o bien sus familiares, si es que aquellos no habían sido encontrados; familias enteras llegaron a caer. En definitiva, cualquiera que hubiera sido partidario y defensor de la legalidad establecida. De igual forma, también fueron pasados por las armas militares que se negaron a unirse a los sublevados y quisieron mantenerse fieles a la República, a la que habían jurado lealtad en sus graduaciones.

Y luego vinieron los miles y miles que fueron cayendo, no ya en acciones bélicas, sino al paso de los ejércitos por las zonas que iban siendo tomadas. La orden fue no dejar ningún enemigo en la retaguardia. “No podemos permitirnos cárceles detrás de nuestros frentes —decían—, hay que acabar con ellos y con su estirpe”.

 Todos sabemos lo que esto duró, durante la guerra y mucho tiempo después. En 1975 cayeron los últimos, aunque luego la represión se extendió más allá, en actos inspirados por el más puro instinto fascista. Vitoria, abogados de Atocha, etc.

Sin olvidarnos de los miles que cayeron o perdieron una gran parte de sus vidas en cárceles y campos de concentración, también víctimas de ese odio.

Todos ellos, cientos de miles, luchadores por algo tan elemental como la defensa de la legalidad establecida, o la lucha por restituirla, una vez había sido perdida, siguen agazapados en nuestras conciencias, esperando de nosotros un mínimo recuerdo, una mínima reparación, un mínimo homenaje.

Muchos de ellos permanecen enterrados en fosas comunes y cunetas que, en muchos casos, siempre se ha sabido dónde estaban, pero este país ha pasado de largo a su lado y ha mirado para otra parte.

Este país tiene sobre su conciencia una gran losa que, como el covid, le oprime el pecho y le está impidiendo respirar y realizarse como país, en una construcción sin rencores y plena de nuestra sociedad y así poder cerrar una página tan triste de nuestra historia. No es abrir heridas, la cuestión consiste en que nunca se han llegado a cerrar. No son odios, resquemores, cuentas pendientes… No, no es eso. Se trata de que podamos mirar al futuro con la luz que solo la justicia y la reparación pueden darnos a todos: víctimas y victimarios.

Por todos es sabido que una menor parte de las víctimas, la de los vencedores, ya tuvieron en su día, y durante mucho tiempo después, ese recuerdo y esos homenajes en todos y cada uno de los pueblos de nuestro país y sus familiares fueron suficientemente resarcidos. Los perdedores nunca lo han tenido.

Así es que hoy, tres días después del ejemplo de respeto y unidad que todos nos hemos dado en ese homenaje a la víctimas del covid, yo, aquí y ahora, exijo a todos los poderes del Estado, a los partidos políticos, a los sindicatos, a las asociaciones ciudadanas y ¿por qué no decirlo?, a la Iglesia, que voluntariamente se implicó en esa contienda, que en un acto firme de ejemplo democrático, unan sus fuerzas para la organización de un acto similar al del pasado día 16.

Pido que, pasado un tiempo prudencial pero que no puede ser eterno, para no mezclar ni quitar un ápice de valor al del pasado día 16, se realice un homenaje de Estado por todas las víctimas del franquismo.

Es una cuenta pendiente que no podemos dejar pasar por más tiempo.

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Ángel Viviente Core



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