Opinión

Publicado el mayo 7th, 2018 | Por Luis García Montero

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El juramento de la sociedad

El compromiso, los vínculos, la amistad.


Llevo días dándole vueltas a una imagen. La memoria es un telar en el que trabajan de manera inevitable las manos del tiempo, la conciencia, la sentimentalidad, la incertidumbre, la imaginación…, y todo a la vez, hasta convertir el recuerdo en una posibilidad de meditación y las ideas en una experiencia ética de la sensibilidad. Hay días en los que no escribo ni leo poesía, pero me paso las horas intentando reconstruir en la memoria un poema de Gustavo Adolfo Bécquer, o de Rosalía de Castro, o de Antonio Machado, o de Rafael Alberti, o de Ángel González, o de Jaime Gil de Biedma, o de Wislava Szymborska, poemas leídos hace tiempo, medio borrados, medio sabidos, pero hechos parte de mí en cuerpo y alma.
 
A veces me pasa lo mismo con las imágenes. En medio de tanto debate sobre el éxito de las manifestaciones del 8 de marzo, el patriarcado, la violencia machista, las sentencias judiciales y el futuro de la sociedad, llevo días dándole vueltas a un cuadro, El juramento de los Horacios, que Jacques-Louis David pintó en 1784, a las puertas de la Revolución francesa. Esa imagen, que me asalta ahora, vive en mí desde los primeros años 80 cuando como joven profesor de literatura me preparaba mis clases sobre la Ilustración y leía con entusiasmo un libro del historiador suizo Jean Starobisnki titulado 1979. Los emblemas de la razón.

En esa imagen se ofrece una escena de juramento, propia de un tiempo en el que se querían fundar valores sólidos, deseos sociales de permanencia, algo cada vez más difícil en esta época acelerada de palabras de consumo y días de usar y tirar. Todos somos una mercancía, y siento que el pecado original responsable de esta situación está también en la imagen pintada por David. Los hijos con el brazo romano levantado juran su deber frente a las espadas que sostiene el padre en su mano. No se miran a los ojos, miran hacia las espadas en las que se reúnen el deber, el poder y el prestigio. A la derecha de la escena, las mujeres se dedican a sentir y lloran, temiendo las desgracias que se avecinan.

El lugar de la razón incubó su propio fracaso cuando aceptó ser separada del sentimiento. En una época en la que las pasiones dejaban de ser pecados del cuerpo contra el alma, fue necesario crear una nueva geografíaEl juramento de los Horacios fija la dinámica patriarcal: la condición masculina se define en la razón porque está destinada a lo público y la condición femenina se funda en los sentimientos porque se destina al ámbito de lo privado. Pero junto a la razón patriarcal se pone en marcha una manera de entender el prestigio con poder (la razón, las armas, la ciencia, la técnica, la ley) y el prestigio sin poder (el ángel del hogar, lo poético, la bondad, las humanidades, los sentimientos).

El gran acontecimiento que supuso la Ilustración, el deseo de acabar con las supersticiones y la obediencia a los dioses, cobró una deriva mercantilista, incapaz de ser detenida por sus propias barreras de vigilancia democrática, cuando el poder con prestigio pudo desentenderse de todos los sentimientos igualitarios y fraternales, empeñado sólo en producir, ser eficaz y barajar de la manera más rentable los valores de uso y los valores de cambio, sin responsabilizarse de ninguna de sus consecuencias éticas. Una tragedia, porque las aspiraciones de la Revolución (libertad, igualdad y fraternidad), no son una simple acumulación de deseos, sino un tejido de hilos que no pueden separarse. Sin igualdad no hay otra libertad que la ley del más fuerte y, sin libertad, la fraternidad se reduce a un vínculo privado de poca dimensión social. El deseo político de articular la independencia cívica y la comunidad sucumbe a otro tipo de Revolución: un capitalismo basado en la impunidad, la desigualdad y la avaricia.

Según sopla el viento en el mundo (escribo en Nueva York), necesitamos darle una segunda oportunidad a la Ilustración y a las Instituciones. Esa oportunidad exige que sus juramentos no separen el lugar de la razón y la esquina de las emociones. El deber no es una técnica sin ética, ni los sentimientos un impulso sin leyes ni barreras institucionales.

También he recordado estos días un grito que oí en la manifestación del 8 de marzo: “Lo baboso es acoso”. Una respuesta babosa y falta de respeto me parece esa moda masculina de decir que el mundo debe feminizarse. Ponerse en el lugar del otro no significa dejar al otro sin lugar. Lo acabarán pagando una vez más las mujeres. Cuidado con las propuestas babosas de fundar quimeras en el prestigio sin poder, es decir, en la desigualdad y la separación entre las razones y las emociones.

La tarea es construir una realidad ilustrada e igualitaria en la que razón y corazón pertenezcan a la vez a los hombres y las mujeres: una sociedad donde las razones de Estado no se separen de la vida de la gente. La política necesita reorganizar sus vínculos con las alcobas, los salones de estar y las plazas públicas.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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