Opinión

Publicado el mayo 10th, 2020 | Por Luis García Montero

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El orgullo político de la bondad contra el baile de la viuda negra

El espacio social de la política es un lugar de encuentro en el que los diversos intereses pueden llegar a acuerdos. Se trata de una encarnación del contrato social que nació para equilibrar los intereses privados y el bien colectivo. En esta dinámica se fundan la convivencia y la libertad.

Me levanto esta mañana con el deseo optimista e ingenuo de repetirme el abecé de la democracia porque me ha parecido una noticia importante el acuerdo social entre sindicatos y empresarios. Comprendiendo las demandas de una realidad difícil, se han dejado algunos de sus deseos particulares en el cajón para afianzar la respuesta unitaria que necesitamos. Quiero mostrar hoy mi especial agradecimiento a los representantes del mundo empresarial, porque en este ejercicio de cordura han sufrido las presiones de una parte del mundo político que prefiere el caos a la esperanza. Algo incomprensible: el acuerdo entre todos es un acto de solidaridad con cada uno de nosotros. Como se ha repetido, o salimos juntos de esta amenaza, o no salimos.

 España necesita una derecha tan razonable como el mundo empresarial democrático para no caer en las tentaciones de la economía fascista.

Si queremos que la democracia y los valores europeos sean un punto de referencia destacado, en medio del disparate evangélico de los púlpitos en red, resulta necesario que la política recuerde su orgullo y su bondad: el bien común. El mejor camino para conseguirlo es conectar con la realidad, con la historia de carne y hueso, con la vida de la gente. El ingreso mínimo vital es el símbolo de un Estado que no quiere que se quede atrás ninguno de sus ciudadanos. Organizar la política fiscal y las ayudas personales es el mejor modo de invertir en la realidad. Ni las familias que pierden sus empleos, ni las pequeñas y medianas empresas que deben suspender su actividad, pueden sentirse abandonadas en la miseria.

 Y la inversión en la realidad es el mejor antídoto para combatir el virus de falsas noticias, bulos, espectáculos virtuales y maniobras de viuda negra que degradan la política y la sociedad real.

Creo que los hechos están demostrando esta lógica sencilla. Cuando la pandemia llegó a España, todo un aparato político y mediático se lanzó a buscar culpables. Más que comprender la realidad y facilitar soluciones, se prefirió crear escándalo, ridiculizar a las personas encargadas de protegernos y provocar divisiones en el Gobierno. Pero a día de hoy, después de tanta farsa, no creo equivocarme si pienso que puestos a elegir culpables, personajes desatinados, fanáticos fuera de lugar o vientos que soplan a tontas y locas, la mayoría del país tiene candidatos que están más en los círculos de la oposición que en los del Gobierno.

 Las campañas han sido duras. Me sorprendió mucho, por ejemplo, la rabia con la que se criticó a un responsable de la Guardia Civil por afirmar que se estaban estudiando los bulos creados para desatar opiniones negativas ante las gestiones del Gobierno. Resulta increíble que tanto profesional del periodismo se prestara a confundir la libertad de expresión con los bulos. ¿Pero dónde se han dejado la dignidad profesional los que justifican la mezcla de periodistas y sinvergüenzas, informaciones y bulos? Y teniendo en cuenta que en un estado de alarma la autoridad del Gobierno democrático es el mayor requisito de la salvación común, ¿quién puede extrañarse de que la policía investigue a los que están provocando la inseguridad de la ciudadanía y entorpeciendo las soluciones con mentiras y datos falsos? El buen guardia civil pidió disculpas. Yo, poeta y rabioso defensor de la libertad de expresión (no de las canallerías), los hubiese mandado a freír puñetas por confundir una epidemia con una campaña electoral.

Protagonismo triste ha tenido la actuación nerviosa de los que volaron como buitres sobre los cadáveres españoles para sacar ganancias partidistas. También buscaron su momento los corruptos tradicionales que hicieron negocios con la privatización de la sanidad pública y aparecen ahora como defensores de médicos y enfermeros, o los que se han levantado como defensores de la libertad sin dejar de abrazarse con los representantes de los nuevos totalitarismos. Pero creo que no les va a salir la jugada. No es que tenga una gran ilusión de cambios en el mundo, pero mis convicciones se conforman con la esperanza de que el neoliberalismo desmentido no desemboque en fascismo y la pandemia nos fuerce a comprender que la libertad depende de la defensa pública de la salud, la educación, la ciencia, la cultura, el trabajo y el bien común.

Y, como digo, no hay mejor manera de combatir las falacias virtuales que la inversión en la realidad de carne y hueso, el respeto a la vida cotidiana. La política recupera su orgullo y su bondad cuando ofrece amparo a todos los que con la razón y el sentimiento creen en la justicia, los derechos humanos y la necesidad de crear marcos de acuerdo entre los intereses personales y el bien común. Ni viudas negras, ni estrategias carroñeras, ni evangelistas en red.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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