Opinión

Publicado el octubre 24th, 2019 | Por Luis García Montero

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El prior del Valle de los Caídos

Un asunto por desgracia frecuente y asumido en los exámenes de la conciencia progresista es la condena de la división de la izquierda. No parece que se busque demasiado remedio, ni que se saquen consecuencias, pero ya resulta costumbre el lamento de la discordia. Voces que saltan con facilidad la barrera para despreciar, denunciar o insultar, después se apenan mucho de la división de la izquierda.

No seré yo el que niegue esa dinámica autodestructiva que en vez de buscar puntos de acuerdo siembra distancias. Pero hoy escribo para decir que más dividida que la izquierda está la gente religiosa. Llevan siglos matándose unos a otros y no han desaparecido. Eso supone un pequeño consuelo para mi corazón. Hay futuro detrás de las habitaciones contaminadas por humos turbios y enemistades íntimas.

Y hay más variedad de dioses que ofertas en unos grandes almacenes. Divinidades para todos los gustos, jerarquías llenas de matices y ropajes, devociones a medida de cada sentimiento, altares para cualquier tipo de rodillas, promesas de salvación sobrecargadas de las más diversas tradiciones literarias, sacrificios que se adaptan a las raíces más íntimas del ser y el estar, desde la oración que exige sangre humana hasta el rito que convive con el hedonismo cultivado por la sociedad consumista.

La variedad de credos y hechicerías puede competir con la fauna del planeta en la riqueza de su infinito. Resulta muy aburrida la mirada científica que estudia la evolución del mono al ser humano si se compara con los procesos evolutivos que van del poder prehistórico de la luna y las águilas hasta las sectas o religiones de hoy. La mitología clásica no para de dar sorpresas.

Y si nos centramos en el credo tradicional de la historia de España, tampoco podemos quejarnos de la pluralidad del catolicismo en sus desemejanzas. No me refiero a las diferencias entre papas, cardenales, arzobispos, obispos, canónigos, párrocos, abades, priores, capellanes, ordenes calzadas, descalzas, mendicantes, cartujos, dominicos, franciscanos, jesuitas, carmelitas, agustinos recoletos, abadesas y monjas muy variadas en diversas órdenes y actitudes, monjas misioneras, monjas de hospital, monjas para colegios con uniformes de señoritas, monjas de clausura y monjas cinematográficas como la querida Sor Citroen. No me digan ustedes que la izquierda no es una simple aficionada en divisiones junto a esta riquísima biodiversidad.

He observado estos días al  prior de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Su silueta fría como un ciprés de hielo se corresponde bien con su vocación de alma nacida para cuidar tumbas de dictadores. Vaya estampa…

Qué diferente es este ciudadano de la buena monja que se dedica a cuidar enfermos, o del misionero que contrae la malaria por atender la miseria a orillas del río Níger, o del sacerdote que trabaja para defender la dignidad de los indocumentados, la gente sin papeles que cruza las fronteras, los mares y los naufragios en busca de un poco de paz. Qué diferente de los cristianos que creen en el amaos los unos a los otros cuando echan del templo a los mercaderes y piensan que el reino de su Dios pertenece los pobres. La diferencia entre la caridad y el amor es semejante a la que existe entre una consigna y una experiencia de vida. Los burócratas de las revoluciones suelen formar parte de la biodiversidad religiosa.

Se equivoca el prior de hielo al pregonar que su vocación de cuidador de tumbas está por encima de la ley. ¡En qué cueva se cree que vive! Defender la libertad de conciencia supone respetar los marcos sociales para convivir, no considerarse con derecho a imponerle a los demás las exigencias de los credos particulares. La ley es el único marco democrático que puede ordenar en paz la biodiversidad religiosa. Y también la política.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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