Opinión

Publicado el febrero 7th, 2020 | Por Luis García Montero

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El pudor como compromiso político

La consulta no vinculante que la dirección del PSOE ha planteado a su militancia sobre el acuerdo con Ciudadanos sitúa el panorama político español en los territorios del ridículo. El pacto de una investidura imposible se redactó para que cada parte contratante pudiera interpretar la letra inútil según le diese la gana. La opinión de la militancia fue pedida, además, en términos de inutilidad con una respuesta no decisiva a una pregunta fantasma sobre algo que no se sabe bien qué es.

La espuma mediática del ruido sin nueces afecta en este caso a un peligro grave: la oquedad de las palabras. Si dejamos vacío el sentido de palabras como acuerdo, negociación y participación, pierden realidad los debates y expresiones como tiempo nuevo o regeneración democrática. Confieso que el vacío de las palabras es un mal que padece todo el mundo, pero duele de manera particular en los oídos del escritor.

 Esta consulta ridícula puede relacionarse con el carácter gaseoso de Pedro Sánchez y su equipo, aunque me temo que es una perspectiva demasiado corta. Lo gaseoso caracteriza con sus dinámicas de ida y vuelta la política española desde que el paradigma de la telebasura se apoderó del paisaje. Las indignaciones, los instintos, las embestidas y las furias suelen acabar en una plaza de toros. El diestro que sale al ruedo asume como primera obligación salvar la vida toreando al animal. La idea de que la ciudadanía es tonta y que se puede representar mal teatro, diciendo lo contrario de lo que se ha dicho o se hace, no deja de ser una respuesta a la idea ciudadana de que todos los políticos son iguales, nada merece respeto, viva la liquidación por saldo y vamos a inventarnos el mar Mediterráneo en un nuevo amanecer.
Quizá sea el momento de que la política española se esfuerce por recuperar el pudor. El sentimiento pudoroso es una buena medicina para las opiniones tajantes, los matonismos y los ataques de cólera: esto lo arreglo yo en un segundo… El compromiso político de la militancia cotidiana enseña el pudor como una forma de autovigilancia, algo que suele perderse en el mundo abstracto de las redes y la telepolítica. ¿Tiene la sanidad pública problemas? Claro que sí, pero basta haber colaborado con la defensa de la sanidad pública en unas cuantas ocasiones para saber el beneficio que las descalificaciones rotundas aportan a los partidarios de la privatización. Ocurre lo mismo con las escuelas, los institutos, las universidades… ¿Deficiencias?, claro. ¿Pero qué pasa con sus valores y con los posibles progresos que se empeñan en desconocer, en beneficio siempre del negocio privado, los que llenan de improperios la educación española?

Matizar supone algo así como el sindicalismo de la propia conciencia, el esfuerzo por negociar la propia opinión para asegurarle un salario digno a las ideas que uno quiere argumentar y defender. El pudor es imprescindible para huir de las embestidas retóricas y de los tiros que salen por la culata.

Propongo con pudor algunos asuntos en los que debemos autovigilarnos llegados a este punto:

1. Evitar el descrédito acelerado de la política. Dedicarse a la representación pública no es un camino asfaltado hacia la mentira y las corrupciones. El reconocimiento de los problemas y las malas prácticas resulta imprescindible para dignificar la democracia. Pero es muy peligroso convertir la escena pública en un circo, abriéndole la puerta a las payasadas a cuenta de las descalificaciones generales. Esto afecta tanto a la presión sin límites del mundo del dinero como a las reacciones de sus víctimas.

2. Devolver el sentido a las palabras izquierda y derecha. Lo estamos viendo ahora. En un reino de palabras huecas, derecha e izquierda significan poco cuando un político que se llama socialdemócrata está más cerca de los intereses del IBEX-35 y de sus puertas giratorias que de los trabajadores. Pero en la realidad, a la hora de pensar en la legislación laboral o en los servicios públicos, hay distintas formas de entender la vida, formas que responden a lo que de manera tradicional se llama la izquierda y la derecha. Así que renunciar a las palabras puede ser la forma extrema de cumplir con su vaciado a la hora de intervenir en la realidad. ¿Quién gana? Yo prefiero decir que el PSOE se ha comportado en el pacto con Ciudadanos como un partido de derechas en vez de sostener que no existen la derecha y la izquierda.

3. Tan peligrosos son los viejos cascarrabias como los jóvenes sin memoria. Ni cualquier tiempo pasado fue mejor, ni la mochila de los años es por definición un peso muerto. La juventud convertida en ideología es tan peligrosa como el tiempo viejo convertido en dogma tradicionalista. Temo el adanismo de Ciudadanos tanto como la mochila ideológica del PP. Y que cada organización se aplique el cuento, porque…

4. hay que volver a tomarse en serio la palabra organización. Las bases no pueden ser el fantasma no vinculante que responde a las preguntas forjadas en los espectáculos televisivos. Una cosa es la audiencia y otra la militancia. ¿Problemas en los aparatos? ¡Díganmelo ustedes a mí! Pero se trata de democratizar las organizaciones, no de sustituirlas por tácticas populistas, navajazos y estrellas.

5. Un compromiso con la verdad y la palabra contra el silencio y la demagogia. España, por ejemplo, tiene hoy un problema grave de articulación territorial. Cerrar los ojos sólo sirve para que se pudra el aire. En este debate hay muchas sensibilidades legítimas: el independentismo, el nacionalismo, la conciencia democrática, el miedo a que los derechos históricos se conviertan en privilegios económicos o la inquietud de que el respeto a la singularidad se transforme en desigualdad. El problema de la articulación territorial en España no puede ser una línea roja, ni un tabú, ni un río revuelto, ni una urgencia desesperada que nos haga olvidar otros asuntos. Se trata nada más, pero nada menos, de una realidad seria que merece abordarse políticamente en un marco adecuado.

Ser pudorosos ayuda a negociar nuestras propias ideas con la realidad para buscarles una formulación política. No me parece mal equipaje en tiempos de incertidumbre.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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