Opinión

Publicado el enero 14th, 2019 | Por Luis García Montero

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En defensa, sin entusiasmo, de los Reyes Católicos.

Decir que las lecturas del pasado sirven para definir el presente parece una obviedad. Pero en esa obviedad caben muchos matices y cada cual, según sus estados de ánimo, debe responsabilizarse de las gafas que elige para leer la historia. ¿Dónde situar la mirada democrática? Esa es la pregunta que me interesa en estos tiempos de vértigo, discusiones manipuladas y evidencias con veneno.

 La lectura del pasado nunca es desinteresada. Cualquier historiador tiene mil ejemplos al alcance de la mano. Los profesores de literatura saben que los ilustrados defendían la cultura grecolatina para encarnar los equilibrios de la razón contra las supersticiones medievales, que los románticos volvían a la Edad Media para denunciar el fracaso del contrato social ilustrado y que los poetas de la generación del 27 celebraron a Góngora para defender las metáforas del vanguardismo cubista frente a las efusividades del simbolismo. La vuelta al pasado tiene mucho de conquista del futuro.

Cuando un partido de extrema derecha propone fijar el día 2 de enero, aniversario de la Toma de Granada, como fiesta de Andalucía, uno tiende a reaccionar ante la provocación. La estrategia franquista de apropiarse del pasado de España, su lectura imperial de la Reconquista y del Descubrimiento de América, dio buenos resultados a la hora de afianzar una interpretación totalitaria de nuestra historia. ¿Pero la mirada democrática del presente puede asumir esos resultados como una evidencia? ¿Son patrimonio del fascismo los Reyes Católicos?

A una conciencia democrática le conviene asumir que, aunque la historia también ha estado llena de buenas intenciones, siempre fue definida por la violencia más cruel. La llamada Conquista americana reprodujo, desde el punto de vista cultural y militar, muchas dinámicas cultivadas con anterioridad en la llamada Reconquista. Negar la barbarie es ponerse de parte de la mentira y la falsificación de los hechos.

En segundo lugar, conviene localizar y comprender los momentos históricos si queremos formular una sentencia. Quien caiga en la curiosidad de leer la Nueva crónica y buen gobierno de Felipe Human Poma de Ayala, testimonio andino escrito a principios del siglo XVII, encontrará muchas huellas de sueños rotos y de injusticias rotundas. Pero no sé si tenemos derecho a ser muy duros con la colonia española del siglo XVIIcuando hemos visto a lo largo del XX catástrofes humanas como los campos de concentración, la bomba atómica o las dictaduras repletas de desaparecidos. Me parece más oportuno comprender la violencia sin límites como un mecanismo generalizado de poder capaz de infectar incluso a las sociedades democráticas. ¿No se acaba de caracterizar —en la cuna del Humanismo— a los barcos de socorro como cargamentos de carne humana?

Y en tercer lugar, conviene también comprender que la nostalgia por una época inocente es otra forma de ponerse de parte de la falsificación de los hechos. ¿Es que la sociedad islámica granadina era más humana que la católica de Isabel y Fernando? ¿Es que los indígenas americanos eran más compasivos y admirables en sus costumbres que Hernán Cortes? Una conciencia democrática debe cultivar la solidaridad del débil contra el fuerte o la compasión por el vencido, pero sublimar la bondad natural de un indígena del siglo XV o de un soldado de Boabdil es otra forma de engaño.

Los Reyes Católicos no representaron en su tiempo la bondad, ni la grandeza hispánica, sino la lucha de un poder social moderno contra los señores feudales, es decir, un paso importante hacia la construcción de la idea de Estado. A mí me caen más simpáticos que sus enemigos, pero no se trata de tener simpatías, sino de comprender los pasos de la historia. Ni la extrema derecha de hoy, ni los poemas imperiales de Pemán jugaban con la verdad al apropiarse del pasado de España y de los Reyes Católicos como símbolo de una voluntad reaccionaria.

El presente no puede ser una herencia de la barbarie; tampoco un caldo impreciso de nostalgias y de falsas inocencias. Sólo resulta precavido un presente dispuesto a entenderse como perpetua responsabilidad, como una exigencia de actuaciones y valores. Defender de modo radical la ética democrática y los derechos humanos me parece mucho más interesante que falsear la historia en una manipulación de buenos y malos. Por ejemplo, en mi ciudad, Granada, me gustaría que hubiese una fiesta para celebrar la convivencia de culturas, más que la capitulación del 2 de enero; pero no por amor a Boabdil, sino por responsabilidad de presente y futuro.

Y, por supuesto, más que el 2 de enero, me parece mejor que los andaluces celebremos la fiesta del 28 de febrero, día en el que mostramos la voluntad de articular, en condiciones de igualdad, una Andalucía digna y democrática dentro del Estado español.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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