Opinión

Publicado el abril 16th, 2017 | Por Luis García Montero

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España republicana

La señora ministra del ejército se ha saltado a la torera la norma de que un Estado democrático no puede tener una religión oficial. Ha ordenado en esta Semana Santa que las banderas ondeen a media asta en los acuartelamientos españoles. Cristo murió en acto de servicio. Como todavía hay libertad de sentimiento en mi casa –en España, no–, hemos decidido llevar el luto a otra parte: la muerte de la II República que se proclamó un 14 de abril de 1931. En el patio hemos colocado una bandera tricolor que brilla a salvo de la vigilancia de las subdelegaciones del Gobierno. Abril es mucho abril.

En los últimos meses he asistido con tristeza a discusiones y comentarios sobre la traición del Partido Comunista cuando aceptó la monarquía después de la muerte de Franco. Siempre hay quien está dispuesto a sacarse de su chistera de duende la palabra traición, borrando con abstracciones morales un análisis serio de la historia y de sus correlaciones de fuerzas. Para la población española hubiese sido un problema serio que, tal como estaba el país en 1975, el PCE jugara la baza de entorpecer la transición democrática. La verdad es que la izquierda española no tenía peso en la sociedad de entonces para intentar otra cosa, es decir, otra democracia. Los puristas contra Carrillo me recuerdan mucho a los que llamaron traición a las negociaciones con ETA para intentar el fin de la violencia y la entrega de las armas.

Sería muy conveniente –ahora, en 2017, en esta situación, digo– dejar que fuese la derecha la que siguiese llamando a Carrillo traidor a la patria, asesino, mezquino y camaleón. Y sería muy conveniente para la izquierda española –ahora, en 2017, en esta situación, digo– recordar la figura de Manuel Azaña, el político que se definió a sí mismo frente a la monarquía como “demócrata intransigente y radical”. Porque el debate ahora es otro: ¿qué sentido tiene la monarquía 42 años después de la muerte del dictador que la impuso? ¿No es conveniente cambiar algunas cosas de la Constitución de 1978 que pudieron servir para una Transición, pero que hoy son un obstáculo para una democracia plena?
Las palabras intransigente y radical dan miedo, pero quizá deba dar más miedo la palabra tolerancia si nos atenemos a la realidad de la vida pública española: tolerancia con la corrupción, con el poder económico e ideológico de la Iglesia Católica, con la judicialización de la política, con la politización de la justicia, con los ataques a la libertad de expresión, con el desmantelamiento de los derechos laborales, con la desigualdad y el simulacro de la igualdad de género, con el deterioro de la información, con el traslado de los paradigmas de la telebasura y los bajos instintos a los debates públicos, con los privilegios estatales para las grandes empresas, con la fiscalidad clasista, con la manipulación de las fuerzas de seguridad del Estado, con la violación de los derechos humanos…

Si se aplican a una renovación democrática, las palabras intransigencia y radical pueden jugar hoy un papel decisivo, como lo jugó la figura de Manuel Azaña en 1931. La consolidación de un pensamiento democrático serio en España es una ilusión revolucionaria y pacífica en un país que sufre la impunidad de los gobernantes ante la corrupción y que alarga hasta una penosa agonía cada escándalo. No hay que aguantar sólo el mal comportamiento, es que después llega el circo del soy inocente, el tuyo sí, el mío no, yo no dimito y –tal vez– yo dimito por el bien de la patria…

Las cosas han llegado hasta tal punto en España que al presidente Mariano Rajoy se le define como inteligente por quedarse quieto, por transigir con todo, por no tener ninguna raíz en su conciencia, por dejar que las cosas evoluciones mientras él flota. Frente a su ejemplo parece necesaria la intransigencia y la radicalidad si queremos tomar postura contra la mentira que es la vida oficial en España.

Ahora, en 2017, el sentimiento republicano de transparencia democrática puede ser un ámbito de confluencia para todos los sentimientos políticos que quieran dar respuesta a la agonía de la dignidad democrática y la justicia social. El deseo de República puede ser un antídoto contra la perpetuación de la mentira y contra el cansancio y el desencanto que provoca esa perpetuación. Nos reclama la obligación de dejar de ser súbditos para ser ciudadanos. También lo dijo Azaña.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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