Opinión

Publicado el agosto 29th, 2020 | Por Domingo Sanz

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Felipe VI debe pedir perdón a una niña de quince años.

“¿Qué quieres ser de mayor?”

Esta es, probablemente, una de las frases de cinco palabras más repetidas de todos los tiempos y en todos los países del mundo en los que existe futuro. Y puede que sea, también, una de las preguntas más optimistas de entre las que se le pueden hacer a cualquier niño o niña… aunque también sirve de comodín cuando no se sabe qué decir.

Es muy probable que solo vivan en el silencio duro de no escuchar nunca esa pregunta los menores que no pueden soñar con lo que serán de mayores porque no confían en llegar a serlo.

Como la pregunta es “¿Qué quieres ser de mayor?”, poder “querer” significa, además de futuro, libertad.

Ahora, compare usted “querer ser” con “tener que ser”, siempre desde lo que quiere que sea su vida alguien que ahora es menor de edad.

A mí, lo primero que me viene a la cabeza es la especie de cárcel mental que se va formando en un/a menor de edad sometida a la “ley” de lo que “tiene que ser” en el futuro, y no poder ni intentar ser cualquier otra cosa. Imagine usted a cualquier persona que ya no puede hacerse ilusiones con futuros similares a los de otras personas admirables de las que ha sabido leyendo en los libros, o que ha visto en las pantallas o, simplemente, que ha conocido un poco, y también si no son de su propia familia.

Veamos un ejemplo real.

Según la prensa de Mallorca, también la de papel, el pasado 11 de agosto Felipe VI, sus hijas y la reina consorte Letizia Ortiz Rocasolano, en adelante doña LOR para abreviar y para que no se sienta nominalmente ofendida en ningún momento, cursaron visita a un centro educativo en el barrio de Son Roca, de Palma, acompañados de la Ministra de Educación y las autoridades interinsulares. En un momento de la ronda de preguntas, la niña P.S. (elijo también las iniciales, aunque los medios reproducen el nombre completo) le preguntó a Leonor, la princesa, lo siguiente:

“¿Qué quieres ser de mayor?”

Al instante, y sin dejar que la interpelada contestara, interfirió doña LOR de 47 años, enmendando la pregunta de la niña de 15 con la siguiente frase:

“Lo que tiene que (ser), no lo que quiere (ser)”.

Hasta aquí, la descripción de los hechos. No se informa que hubiera ningún matiz ni ampliación de esas palabras, tan autoritarias y cortantes.

¿Qué clase de adoctrinamiento le han aplicado sus padres a Leonor para que, con catorce años, asuma que no puede “querer ser” por culpa de que “tiene que ser”, y que, además, ella ni siquiera sea capaz de ser un poco rebelde, y espontánea, aunque solo fuera por un error de código en la respuesta, cuando otra niña como ella le pregunta sobre su futuro y su madre le tapa la boca en público y, al mismo tiempo, corrige la pregunta de la otra, insisto, solo una niña, no vaya a ser que se destruya, supongo, el “pacto constitucional” firmado bajo amenaza hace más de cuarenta años, pero que tanto respeta el Gobierno?

¿Qué mentiras le están contando sus padres a Leonor como para que llegue a creerse que las leyes de su país le ordenan lo que ella “tiene que ser” cuando sea mayor?

¿Acaso la Constitución establece que alguien “tenga que ser” algo, aún en contra de su libre voluntad?

¿Qué castigo recibirá Leonor de este país si decide que no quiere reinar, como acaban de hacer los populares Megan y Harry en el Reino Unido? De este país, o de lo que quede de él tras tanto delito de privilegiados sin condena y el abuelo de la niña princesa huido, protegida su seguridad personal con nuestro dinero y con la inviolabilidad para poder gastar todo lo que se ha llevado.

¿Qué castigo podría recibir Leonor, que no sea el de recuperar la vergüenza de ser como todas las personas que le rodean?

¿Como se han atrevido, por muy padres suyos que sean, al riesgo de cultivar en el inconsciente de su hija el odio inducido hacia la misma sociedad que le da de comer, pues es a esa sociedad, y a sus normas, a las que sin duda han hecho, hacen y harán siempre responsable de lo que ella “tiene que ser” en el futuro, como si se tratara de un designio divino cuya contraparte consistirá en soportar el escarnio público que sin duda recibirá?

¿Es que estos reyes, sus padres, no se dan cuenta de que los lavados de cerebro que sustituyen el “querer ser” por el “tener que ser” son el primer escalón para cultivar en sus hijos, los herederos con una carga genética más que conocida, por cierto, los peores instintos contra el mundo que les rodea cuando se terminen convirtiendo en reyes o reinas porque, por ambición o cobardía, ni quisieron ni se atrevieron a renunciar?

Por si alguien piensa que se trata de carga genética particular de doña LOR, diré que me importan un bledo los incidentes que pueda tener con su suegra, como aquel de la Catedral de Mallorca. Esa señora mayor tiene que saber mucho más del dinero raro de su marido eterno, aunque huido, de lo que ha denunciado ante la Justicia, pues nunca lo hizo. Por eso, además de ser posible beneficiaria de dineros sucios en un nivel aún desconocido, si quiere seguir viviendo en un Palacio de la Zarzuela que sería mucho más rentable convertido en museo, allá ella. Lo hace porque le interesa, y su interés perjudica el de decenas de millones de contribuyentes, y más estando en medio de la ruina pandémica.

También me importan poco, aunque sí me dan vergüenza ajena, tantos profesionales que, a pesar del mea culpa entonado hace unos días por Iñaki Gabilondo, siguen sin vigilar los movimientos de Felipe VI, tanto del pasado como en el presente, al igual que hacían la vista gorda con todo lo que veían de su padre, hoy bien protegido en un lugar tan especial como son los Emiratos Árabes Unidos. Muchos de ellos ex compañeros de profesión de doña LOR hasta que abandonó el trabajo para tener hijos con alguien que es rey en segunda generación gracias a la mayor carnicería de españoles de la historia, ejecutada, entre otras desgracias, para restaurar a toda prisa, en 1947 para quien no lo recuerde, esta monarquía gracias a la cual hoy se ríen de España millones de personas en todo el mundo, y aplauden cínicos los que salen ganando de nuestro ridículo institucional, que nos debilita absolutamente.

Pero esta vez estamos hablando de menores, y eso son palabras mayores. Doña LOR es culpable de decirle a la niña P.S., mallorquina de 15 años, que su hija Leonor no puede “querer ser”, sino que “tiene que ser”. Evidentemente, para ella, lo que “tiene que ser” es la protagonista de la tercera generación de la misma monarquía, restaurada mientras se torturaba y asesinaba a quienes “querían ser” distintos a los que la restauraban. La monarquía, en España, además, envenena.

Felipe VI es culpable de no pedir perdón en público y allí mismo, en el acto, a la niña P.S. y a los presentes. En ese caso, que hubiera sido lo correcto, al coincidir en el tiempo con la impertinencia de doña LOR, habría sido igualmente noticia y todo resuelto.

Como no lo hizo, ya van diez días en los que el autoritarismo abusón (con el agravante de infantil), prepotente, barriobajero y Borbón lleva ganando la partida y, con ello, Felipe VI se convierte en culpable por no emitir un comunicado oficial de la Casa Real pidiendo perdón. No se trata de un asunto personal, pues los agredidos por esa afirmación de una miembro relevante de la Familia Real como doña LOR, y por el silencio cómplice del jefe de esa Familia, son muchos y muchas.

Por si las moscas, que no lo resuelvan ordenando a Leonor que escriba una carta a la niña P.S., que no está bien aprovecharse de su condición de menor. Los únicos responsables, como en todo el mundo, son los padres. Ya escribí en enero de 2018 pidiendo protección para la cara de la misma Leonor cuando, con solo doce años, sus padres ya comenzaban a abusar de enseñarla, quizás para así decirles a otros niños lo que ella, tan diferente al resto de niños y niñas del mundo entero, “tiene que ser”.

Y siguiendo con otras versiones de Leonor convendría que alguien, que podría ser cualquier policía de tráfico o el mismo Pedro Sánchez, le dijera a Felipe VI que no está bien sentar a esa niña en el asiento más peligroso del coche, que como todo el mundo sabe es el que está junto al del conductor. Estamos hartos de verla de copiloto cuando están de vacaciones en Mallorca, mientras detrás van su madre y su hermana.

Ya sabemos que lo hacen para que nos vayamos enterando que “tiene que ser” la reina de España, pero ¿acaso sus padres no la prefieren hoy niña con vida y que así mañana pueda ser lo que quiera?

O lo que pueda ser excepto lo que la sociedad no quiera que ni ella ni nadie sean, que también esto sería digno y decente.

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Acerca del Colaborador

Domingo Sanz

Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid.



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