Opinión

Publicado el junio 14th, 2019 | Por Luis García Montero

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Feria del libro, feria de la vida

Ya está el Retiro de Madrid lleno otra vez de mundo, de gente y de libros.Garcilaso y Quevedo vuelven abrazarse. Por no hacer mudanza en su costumbre, la primavera nos permite dialogar con los difuntos, una buena forma de mantener la conversación sobre la vida.

Veo en una caseta El cuento de la criada de Margaret Atwood. La novela se cierra con un capítulo que lleva la historia terrible al Duodécimo Simposio de Estudios Gileadianos celebrado en la Universidad de Denay, Nunavit, el 25 de junio de 2195. Después de haber leído la dureza de una existencia cotidiana marcada por la opresión y el dolor normalizado, una forma de barbarie convertida en leyes capaces de violar las intimidades más profundas, la palabra del historiador analiza con objetividad los testimonios de un tiempo que fue vida y ahora es pasado remoto: “La sociedad gileadiana se encontraba bajo una fuerte presión, demográfica y de otro tipo, y sujeta a factores de los que nosotros mismos estamos libres. Nuestra misión no consiste en censurar, sino en comprender”.

 ¿Es posible que el conocimiento y la comprensión de la historia queden al margen de la obligación ética de censurar la injusticia? El profesor que clausura el congreso de Nunavit en la novela de Atwood se acoge a una tranquilidad demasiado consoladora. La historia está hecha de experiencias personales que merecen un respeto. Analizar causas no supone evitar la responsabilidad, sino buscar un compromiso entre la verdad, la razón y los sentimientos. La historia de esa criada sigue formando parte del presente, nos interpela desde su dolor.
Resulta imposible no recordar aquí la vitalidad desesperada de Walter Benjamin y la metáfora del Ángel de la historia, su tesis basada en un dibujo de Paul Klee. El huracán del progreso empuja hacia el futuro a un ángel de alas abiertas y con la mirada vuelta hacia el pasado. Ve los escombros, siente la historia como una catástrofe única. Cualquier tentación de inocencia es negada por la comprensión de una herida perpetua. No poder resucitar a los muertos no significa desentenderse de su dolor. Significa ser conscientes de lo que puede ocurrir, convertir el pensamiento en una forma de precaución.

¿Inocencia? Más que la tranquilidad del profesor de El cuento de la criada, quizá sea necesario recordar la cita de Sartre con la que Mario Vargas Llosa abrió La ciudad y los perros. Habla el actor Kean con voz shakesperiana: “Jugamos a ser héroes porque somos cobardes y a ser santos porque somos malvados; jugamos a ser asesinos porque nos morimos de ganas de matar al prójimo, jugamos porque somos mentirosos de nacimiento”. A solas con nuestra libertad y nuestra conciencia, las preguntas ¿quién soy? y ¿qué debo hacer? son inseparables de otras: ¿qué hemos hecho? y ¿qué podemos hacer?

La inocencia y la responsabilidad tienen mucho más que ver con el presente y el futuro que con el pasado. Se trata de justificar la barbarie para convivir con ella o de conocerla para tomar decisiones sobre la realidad que tenemos en nuestras manos, una herencia que llamamos siglo XXI. Son consideraciones que me hago con frecuencia al pensar en la historia, las conquistas, los imperios, las lenguas, los campos de concentración, los golpes de estado, las tumbas de los dictadores, las fosas comunes, esa catástrofe única que le dolía al ángel de Benjamin.

Pero creo que todo el dolor se queda sin horizonte y sin reparación si no somos capaces de volver la cabeza hacia el futuro. Mirar con cuidado el futuro es vivir la historia por dentro, una forma de responsabilidad. Y vivir la historia por dentro es la gran experiencia de la literatura. Frente a la mercantilización del tiempo de usar y tirar, el tiempo que olvida el pasado para no comprometerse con el futuro, la voz del relato convierte la conversación de los difuntos en una alianza con la vida. Aquí se unen conciencia, razón y sentimientos. Nadie que haya habitado el corazón de una criada, su amor, su maternidad, su humillación, su miedo, podrá pensar que comprender no significa censurar la barbarie. Por eso, y por la primavera de todos los años, la feria de los libros es la feria de la vida.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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