Opinión

Publicado el diciembre 31st, 2017 | Por Luis García Montero

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Fin de año en familia

La política está triste, tiene frío, soporta los síntomas de la saturación y la fatiga. Las ilusiones se quedan secas, la ebriedad amanece en resaca, las palabras y los buenos deseos apenas soportan su cáscara mentirosa. El debate político recuerda mucho a esas cenas finales de las celebraciones navideñas donde la gente se reúne para contarse que está cansada de reuniones, cenas, bebidas, charlas y mantecados.

Siempre pienso que la gente podría dejar de quejarse y cenar menos, beber menos, charlotear menos. Así no perderían el deseo de la celebración, ni considerarían un incordio maldito el compartir mesa con los demás. Las personas solitarias y calladas no suelen ser enemigas de la sociedad y la conversación; en realidad, respetan de una forma íntima el sentirse junto a los demás, y por eso evitan convertir la compañía en ruido y la amistad en una versión particular de la multitud.

Triste por el estado triste de la política, sin noticias de la izquierda y de un horizonte con esperanzas verdaderas, me esfuerzo en celebrar la noche de fin de año con mi familia más cercana, mi mujer y mis hijos. Es una manera de confirmar los fundamentos de mi vida. Claro que al asumir la palabra fundamentos, tan querida en mi juventud universitaria, la familia adquiere otro tipo de significado, se mezcla con mi biblioteca, con mi historia, con el sedimento de verdad que dejan las pérdidas inevitables. Librepensadores, republicanos, rojos, progres, camaradas…, son mi familia.

Soy nieto de los republicanos españoles. Lo que pareció una primavera inesperada el 14 de abril de 1931, fue en realidad una historia de siglos y de pactos para oponerse al pensamiento reaccionario español. Se sentaron en la mesa los herederos de la cultura libre, la burguesía progresista y la clase obrera que buscaban una forma democrática de gobierno (para facilitar la aprobación de medidas laborales) y los hombres y las mujeres que comprendían la necesidad de reconocer la libertad, la igualdad y la fraternidad como una cuestión de género. Me siento heredero no sólo de esa ilusión, sino de la capacidad de resistencia que demostraron, en el interior y en el exilio, cuando la mezquindad del mundo se levantó en armas contra sus sueños.

Soy hijo de la lucha clandestina contra la dictadura franquista. La libertad civil y la dignidad laboral eran una ilusión que conducía a la tortura, la cárcel y la pena de muerte. Fue uno de los periodos más crueles de la historia, y no sólo por la sangre derramada, sino por la existencia cotidiana de la humillación. Cuando la industria de los años 60 entró por el norte, los deseos de libertad se apaciguaron ante la salida de la pobreza extrema que ofrecía Manuel Fraga Iribarne con sus 25 años de paz. Pero el Régimen siguió envejeciendo, el miedo dejó de ser el motivo único de la existencia y la gran mentira del franquismo se derrumbó para convertirse en humo.

Soy padre de hijos y de hijas que viven marcados por la incertidumbre. Me siento comprometido con el futuro a través de ellos. Ya no se trata del mundo que quiero conquistar, sino de la dignidad del mundo en el que ellos van a vivir. Es su tiempo, son sus miedos y sus ilusiones. Me limito a hacer memoria para contarles algunas cosas en las cenas de familia. Que no se crean que palabras como rojo, izquierda, igualdad, seguridad y pacto, están trasnochadas. Nos lo dijeron a sus bisabuelos, sus abuelos y sus padres muchas veces. Que no se crean que las cosas no cambian y que luchar y pactar no merece la pena. Las cosas cambian para bien o para mal, y si no se lucha o se pacta siempre cambian para mal. Dejarle libertad a la ley del más fuerte siempre va en contra de los débiles.

Verdad que hay políticos que actúan como herederos del franquismo; verdad que se ha sido injusto con la memoria de los antifranquistas. Pero decir que España sigue siendo franquista es hacerle un favor a Franco y es despreciar muchas conquistas decisivas para los hombres y las mujeres de nuestra sociedad. Después de un día, llega el siguiente.

Las decepciones y el fin de año no son el fin de la historia. Esta no es la democracia que queremos los que no estamos dispuestos a confundir la modernidad con el liberalismo, la mercantilización del mundo y de la opinión, la desigualdad naturalizada y el descrédito de la política y el Estado. Así que conviene volver a los fundamentos, sentarnos a cenar en familia, quitarnos la tristeza y desearnos un próspero 2018.

Publicado en InfoLibre.es

 

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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