Opinión

Publicado el octubre 30th, 2020 | Por Luis García Montero

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Hasta aquí hemos llegado

Agradecí la intervención de Pablo Casado con motivo de la moción de censura presentada por Vox. He leído muchas opiniones escépticas, voces que recuerdan las comunidades autónomas o los ayuntamientos en los que el PP gobierna con la extrema derecha. Comprendo las razones que se esconden en frases como “flor de un día”, “pan para hoy y hambre para mañana” o “todo es política”.

Pero, en efecto, todo es política, y la política tiene sus consecuencias. Creo que uno de los principales problemas de la realidad mundial es la dinámica de malestar democrático que se ha extendido en nuestras sociedades. La desconfianza en la política es el principal problema de las democracias. La desautorización sentimental de la gestión pública y el funcionamiento de las instituciones es el caldo de cultivo para todo tipo de mentiras y de sentimientos irracionales.

 El malestar democrático se ha aprovechado del desamparo que el neoliberalismo impuso sobre las mayorías a través de unas reglas de juego pensadas en favor de las grandes fortunas. El desamparo provoca miedo y favorece las banderas del odio. Frente al sálvese quien pueda, surgen las tentaciones de unas consignas autoritarias, un nosotros engañoso que funda enemigos allí donde sólo hay una parte más del desamparo.

La democracia social se legitima en dos certezas:

  1. La autoridad del Estado debe respetar los derechos cívicos.
  2. Los vacíos del Estado acaban siendo ocupados por la avaricia y la barbarie.

Esta enfermedad política llegó también a Europa y se estaba haciendo especialmente grave en España por la dependencia que la derecha democrática había asumido respecto a la extrema derecha. La soberbia de Santiago Abascal expuso sin tapujos en el parlamento un programa basado en la desarticulación de Europa en favor de los nacionalismos autoritarios, el racismo, el machismo y una nostalgia histórica incapaz de comprender la verdadera realidad de la patria que dicen defender.

 Todos estos discursos llevan meses haciendo mucho daño. Las mentiras impunes, los insultos como argumento político y los bloqueos conscientes de algunas instituciones generan día a día un clima de peligroso descrédito político. España tiene, además, el grave problema de una degradación periodística que ha dejado de informar para hacer ruido. La cuestión no happy wheels demo es sólo que el ruido sea sectario, sino que todo ruido provoca el malestar democrático, la idea de que todos los políticos son iguales, de que no merece la pena respetar las instituciones, de que es mejor acabar con lo que sea y unificar el griterío en una voz de mando. El griterío del malestar democrático no quiere convertirse en conversación, sino en voz de mando.

Ya sé que no van a cambiar los Gobiernos autonómicos de Madrid y Andalucía. Pero creo que es importante el hecho de que los conservadores democráticos españoles acepten los votos extremistas sin perder el pudor y digan “hasta aquí hemos llegado” ante los discursos de unos fanáticos capaces de afirmar que en la dictadura había elecciones y que el Gobierno de hoy es peor que los gobiernos de Franco. Vuelvo a insistir: el problema no es sólo el falseamiento del pasado, sino la falta escrúpulos al anunciar el tipo de elecciones y de gobiernos que quieren imponernos. Del Tribunal de Orden Público de 1963 pasaríamos a los Consejos de Guerra y la quema de libros de 1936 y desde el tercio familiar de las Cortes franquistas alcanzaríamos los Tercios de Flandes como propuesta de futuro.

En una situación de crisis pandémica, mientras la España progresista aprueba medidas para amparar a los necesitados y favorecer la igualdad, la derecha estaba entrando en una dinámica desoladora. No discutía de política, sembraba vientos y tempestades. Que se estén quitando recuerdos públicos a Largo Caballero, Indalecio Prieto, Miguel Hernández o Tierno Galván es para mí no ya un asunto de malestar, sino de angustia democrática.

Por eso celebro el “hasta aquí hemos llegado”. Es verdad que el ruido vale para camuflar tremendas herencias de corrupción, pero el ruido y el malestar democrático como sistema de actuación sólo sirven para sacrificar poco a poco a la necesaria derecha democrática de un país en favor de la barbarie ultraderechista. Es un camino que acaba con cualquier democracia y cualquier economía.

Deseo vivamente que el nuevo Pablo Casado tenga suerte y astucia en su andadura. ¿Soy ingenuo? Quizá, pero he aprendido a comprender el suelo que piso. Sus ideas no son las mías, pero sí lo es su país: España.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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