Opinión

Publicado el febrero 27th, 2019 | Por Luis García Montero

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Invitación a la alegría.

El sentimiento ético de implicación con el mundo evita caer en la renuncia o en el cinismo. Si todo da igual, si nada tiene importancia, si es lo mismo respetar o no la condición humana, defender o no los derechos sociales, se diluyen todas las fronteras, no existen ni el bien ni el mal, ni la verdad ni la mentira, y cualquier barbaridad se justifica con un relativismo espumoso y superficial. Esta es la cara más peligrosa de la prisa en la sociedad del espectáculo: la invitación a evitar cualquier conciencia de responsabilidad en los individuos.

Pero ni siquiera la desesperanza o el escepticismo justifican el cinismo. La renuncia propia tiene más que ver con la decencia personal que con las victorias y las derrotas colectivas. Se pueden perder las esperanzas sin necesidad de traicionar las convicciones. Sin esperanza, con convencimiento, tituló Ángel González uno de sus libros escritos bajo el desamparo de la posguerra franquista.

Y algo más: en 2019, después de 40 años de Constitución, la memoria democrática puede legitimar también en la alegría, en una alegría sincera, su negación a la renuncia o al cinismo. Hay luchas que se han ganado, esfuerzos que han merecido la pena, momentos de emoción que justifican el compromiso ético con el futuro. La voluntad de no darse por perdidos no sólo es una estrategia de la ingenuidad optimista, sino una cuestión de memoria democrática.

Empecé a sentir la implicación política en los años 70. Los curas progres de mi colegio y después los profesores marxistas de la Universidad me acercaron a la solidaridad humana y a la lucha contra los últimos coletazos de la dictadura. Hubo momentos difíciles, muy difíciles. Al salir de clase podías enterarte de que asesinos fascistas habían ametrallado a unos camaradas en un despacho de abogados. Pero el progreso democrático se hizo realidad, llegaron las urnas, los derechos laborales, las libertades sociales y la dignificación de los servicios públicos. No es que no haya que cambiar cosas en la Constitución o que no haya peligro de retrocesos en nuestra democracia o en cualquier otra. Pero se equivoca quien desprecia lo conseguido o quien olvida que muchas batallas se ganan.

En los años finales de la banda terrorista ETA, la derecha crispó mucho la atmósfera, manipuló el dolor de las víctimas, llamó asesinos y cómplices a los que buscaban una solución al problema, convirtió un asunto de todos en un eslogan electoral propio, mintió, gritó, insultó, llenó las plazas de banderas dispuestas a eternizar el conflicto por sus intereses más egoístas. Es verdad. Pero al final se venció a ETA, hemos dejado de llorar a nuevas víctimas, da gusto pasear en libertad por el País Vasco. Por eso se equivoca quien desprecia lo conseguido o quien olvida que muchas batallas se ganan.

Cuando el Partido Socialista e Izquierda Unida asumieron la necesidad de cambiar la ley para que pudieran celebrarse matrimonios entre personas del mismo sexo, la derecha escandalizó una vez más las plazas públicas, sacó el clericalismo combativo a la calle, extendió en la prensa discusiones filológicas sobre la palabra matrimonio y anunció que se rompían las columnas de la sociedad. ¿Y qué pasó? Pues que la sociedad se acostumbró a las nuevas uniones familiares con la misma naturalidad feliz con la que se ha acostumbrado a la democracia o a vivir sin las bombas de ETA. Hay muchas familias conservadoras que se alegran con la felicidad íntima de sus hijas o sus hijos, personas queridas que viven con amparo legal la libertad de su amor. Por eso se equivoca quien desprecia lo conseguido o quien olvida que muchas batallas se ganan.

Yo no sé cuánto tiempo tardará la derecha española en aprender que la democracia es una forma de decencia personal, un modo de trabajar en contra del odio, de no convertir en enemigo público al que piensa de forma diferente, una conciencia de que hay cosas (el dolor de las víctimas, los derechos laborales, los sentimientos colectivos, la dignidad individual, los intereses nacionales) con las que no se puede jugar si se quiere lograr un marco de convivencia.

No lo sé, igual un día alcanzo a ver en España una derecha civilizada. Pero si sigo implicado con el futuro político de mi sociedad, no es porque tenga miedo de los bárbaros, sino porque he vivido momentos de mucha alegría democrática, y soy consciente de lo conseguido, y sé que muchas batallas se ganan. Eso sí, con un poquito de sensatez y de unidad.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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