Opinión

Publicado el julio 11th, 2018 | Por Luis García Montero

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Invitación a tocarse el cuerpo

Los primeros paseos por la playa me devuelven a la costumbre de mirar los cuerpos. Las orillas del mar mantienen un calor o una humedad democrática que reúne cuerpos de toda condición, realidades masculinas, femeninas, gordas, delgadas, jóvenes, viejas, guapas, feas, orgullosas o tímidas. La realidad es flexible porque está acostumbrada a existir y a gobernarnos.

De pronto me saluda una vieja amiga a la que tardo en reconocer. Qué bárbaro, que mal le ha quedado esa operación en la cara, me dice después el cuerpo de mi mujer que camina al lado de mi cuerpo. Los seres humanos han querido aprovecharse de las flexibilidades de la realidad para intervenir en ella, y a veces con poca prudencia. Religiones, credos políticos, sueños patrióticos y raciales saltaron del pasado al futuro para reescribir la historia o imponer un destino.

Según las posibilidades tecnológicas avanzaban, las intervenciones se hicieron más desfiguradoras. El filósofo Alain Badiou caracterizó el siglo XX por una fascinación de lo real que desembocó en las grandes tentaciones totalitarias. De forma apresurada, sin tiempo de espera, se intervino en la realidad para cambiarlo todo en la búsqueda de un orden nuevo e, incluso, de un hombre nuevo. Las proclamas del ser y las invenciones tecnológicas provocaron una discusión seria entre la historia, la naturaleza y la vida.

Pero como la realidad es flexible, resulta también muy paradójica. Otro filósofo, Slavoj Žižek, señaló que esta fascinación por lo real ha desembocado en un mundo virtual que tiende a sustituir esa misma experiencia de la realidad por una composición de imágenes animadas en los reinos abstractos. Somos una tarjeta de crédito.

Del deseo de intervenir hemos pasado a la conciencia de nuestra propia invisibilidad, la misma del dinero que no se ve cuando juega a la bolsa con más rapidez que el tiempo propio de lo humano. Ya, sí, no, bien, mal, ay, oh: basta con monosílabos o exclamaciones, porque ni siquiera queda hueco en la prisa para la brevedad de un fragmento. Sin dioses, sin credos políticos, sin la lentitud del cuerpo, en cuanto nos separamos de la orilla del mar, nos sentimos tan solos que no nos acompaña ni nuestra soledad. La pantalla del ordenador o del móvil están ahí, nos ofrecen de todo, nos instalan en lo que no puede tocarse, incluso en el interior de una vagina o en unos labios manchados de semen.

Conscientes de esa sustitución de lo real por lo virtual, los cuerpos necesitan instalarse en el espectáculo, irrumpir ante nosotros más allá de su simple presencia. Los tatuajes de los futbolistas y de otros luceros de la espuma mediática cubren también la piel de muchos cuerpos que se acercan a la espuma del mar. Estamos tan solos y tan limitados, somos tan invisibles, que el tatuaje moderno no fija un compromiso de amor eterno, sino que procura dar gritos en la propia piel con el deseo de hacerla visible.

Y es que el cuerpo sólo es ya visible como irrupción, como impertinencia. Algunas series policiacas convierten la autopsia del cadáver en una parte central del argumento para enseñarnos la carne. Aquí el hígado roto, el pulmón atravesado, la masa encefálica destrozada. La verdad es que uno se siente más seguro en el reino de lo invisible, porque cada vez que irrumpe el cuerpo es en forma de catástrofe con el impudor de la violencia y la pornografía. Violentas y pornográficas son las apariciones mediáticas de los cuerpos humanos que luchan contra el mar en nuestras costas, migrantes de lo invisible a lo visible, tarjetas sin crédito que sólo pueden aspirar a los fondos del mar o a ser considerados cargamentos de carne humana. La carta de ciudadanía no es más que una mezquina superstición virtual si la separamos de la carta humana. Europa se muere de miedo y de vergüenza.

Es la realidad del mundo que hace acto de presencia en la superstición virtual que nos gobierna. Y no hace falta que llegue la catástrofe desde las afueras. Si nos atreviésemos a mirarnos a nosotros mismos, encontraríamos un paisaje sin pudor de miserias y avaricias insaciables.

Elijo mis tareas políticas para este verano: mirar, mirarme, tocar, tocarme. Aprender a envejecer, sentir la existencia del cuerpo en el paso del tiempo, observar las arrugas, las manchas en la piel. Pedir que me toquen, tocar, compartir la vida más allá de las realidades virtuales. Entre el miedo y la vergüenza, tal vez exista el camino de la serenidad comprometida. Meditaciones, me digo a mí mismo, de un cuerpo fatigado y conmovido.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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