Opinión

Publicado el febrero 28th, 2017 | Por Luis García Montero

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La cuestión catalana

Me resulta triste que el debate sobre la articulación territorial de España esté alcanzando en Cataluña un tono tan sucio. La falta de voluntad del gobierno del PP y la sobreactuación de los responsables de la Generalitat han llevado las cosas a un extremo en el que parece muy difícil el diálogo. Esto es grave en un asunto que afecta a la vida cotidiana, a los sentimientos y a una posible fractura social en la convivencia.

Las cosas son tan feas que una sencilla reflexión sobre el sentido de la democracia puede indisponerte con unos y con otros. No es fácil que una meditación serena se abra paso en la inercia de la confrontación. El asunto catalán es ya tan complicado que el simple hecho de ser honesto puede convertirse en una provocación ante la ira ajena. Y el problema es que un asunto como este sólo puede resolverse con honestidad democrática. Así que considero indecente no comprometerse, lavarse las manos y salvarse de la quema.

La situación es más grave aún para la ciudadanía que se siente ligada a la izquierda política y social. Está claro que la manipulación del legítimo problema de la identidad ha servido no sólo para ocultar en buena parte la lucha social, sino también para establecer líneas rojas que impiden acuerdos para una alternativa de gobierno frente a la derecha, la gran vencedora de esta dinámica.

¿Es posible una meditación democrática que nos ayude a salir de la judicialización de la política y de la sustitución de la ley por impulsos y poderes salvajes?

Sería importante no olvidar dos perspectivas inseparables en el siglo XXI de la experiencia democrática:

1.- Romper las leyes y los marcos jurídicos establece una inercia peligrosa. El marco constituyente es una exigencia imprescindible para salvar los derechos cívicos y sociales de la ley del más fuerte y de la prepotencia de los iluminados. La figura fascista del presidente Trump sirve de recuerdo demasiado cercano. No se puede jugar a saltarse las leyes a la torera.

2.- Las leyes y las constituciones no son dogmas religiosos, verdades inmutables ajenas a los sentimientos y a la voluntad de los ciudadanos. Una constitución es un libro abierto que se debe ir escribiendo según las necesidades de la sociedad. Una ley acaba por convertirse en papel muerto si se aleja de la ética y de los valores de la ciudadanía.

Estas dos simplezas democráticas son un buen equipaje para afrontar situaciones difíciles. Me parece un derecho democrático de la sociedad catalana la demanda de un referéndum sobre su definición territorial. La gran mayoría de los políticos que forman el parlamento de Cataluña así lo pide. Judicializar este deseo me parece una artimaña quizá legal, pero sin legitimidad. Por otra parte, la actuación de Mas y de Convergencia imponiendo respuestas al margen de la ley es un callejón sin salida, una trampa que degrada la situación y convierte la política catalana en un Régimen. Sugerir a los funcionarios que pidan un día libre en el trabajo para apoyar con banderas al jefe en las puertas de los juzgados nos habla de una manipulación política propia de países totalitarios. Y como Cataluña no es un país totalitario, la consecuencia más peligrosa es la fractura social: una fractura no ya entre España y Cataluña, sino en la propia realidad catalana empujada al odio.

Resolver esta situación implica reconocer tanto que las leyes están para cumplirlas como que las leyes democráticas son inseparables de las razones y los sentimientos de la ciudadanía. Más que saltarse las leyes a la torera o que condenar a los representantes políticos a la inhabilitación, conviene crear un marco de entendimiento que permita los cambios legales necesarios para que una ciudadanía libre pueda decidir. Separar la legalidad de la legitimidad democrática supone una degradación peligrosa del Estado de Derecho.

Para ser honesto debo hacer una última confesión: si yo tuviese que participar en el debate político de un referéndum de autodeterminación que considero legítimo, defendería la permanencia de Cataluña en un Estado Federal español. Creo que en la realidad histórica del siglo XXI hay que tener en cuenta tres asuntos:

1.- La derecha utiliza el debate de la identidad nacional para ocultar el impudor de sus explotaciones económicas. Ni España tiene la culpa de las desigualdades en Cataluña, ni Cataluña tiene la culpa de las injusticias en España.

2.- El mundo que se está construyendo necesita identidades integradoras, no la fractura de fronteras que llenan occidente de refugiados, sin papeles y leyes injustas de extranjería. Un síntoma más no deja de ser un síntoma.

3.- En la situación económica del siglo XXI, centrar el debate en los nacionalismos es parecido a querer viajar a Estados Unidos en barco cuando hace muchos años que se ha inventado el avión. Puede ser un capricho, pero no tiene relación con los verdaderos debates que impone la realidad actual. La vida está ya colocada en otros medios de comunicación.

Aunque sé que mis opiniones no gustarán ni a unos ni a otros, necesito ser sincero por respeto a España y a Cataluña, y porque espero que un día seamos entre todos capaces de construir un marco de acuerdo que le arrebate el gobierno del Estado a una derecha manipuladora y corrupta. Los juzgados están muy bien para investigar a los ladrones del 3% en Cataluña, en Mallorca o en Madrid, no para sentenciar las ilusiones políticas de la gente.


Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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