Opinión

Publicado el marzo 12th, 2021 | Por Luis García Montero

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La democracia necesita al PP

El PP necesita a la democracia y la democracia necesita al PP. El debate entre ideas conservadoras, centristas o progresistas sólo es fructífero cuando se da con libertad en un marco de convivencia democrática, alejado de los tonos incendiarios, las polarizaciones y las mentiras propias de un activismo antisistema.

No hay un peligro político real cuando se produce una manifestación en la que algunos incendiarios desesperados o descerebrados queman contenedores, rompen escaparates y dañan coches en las calles de una ciudad. Se trata de una desgracia para los propietarios y para el dinero público, pero nunca de la puesta en peligro de la democracia, un bien social más sólido que las iras de unos cuantos.

El verdadero problema empieza cuando el sistema se comporta como los antisistemas. Perdón por el galimatías, pero al final acaban ganando las partes del sistema que van falsamente de antisistema para conectar en la ira con los sectores sociales más abandonadas por el sistema. Es decir, la parte más negra del sistema se apodera de las indignaciones populares, generando odios y desprestigios que sí ponen en peligro la democracia cuando marcan las políticas sociales de las instituciones. El ejemplo más claro lo tenemos en Vox, cuyos políticos van por la extrema derecha como antisistema cuando sus líderes forman parte del sistema y han vivido de él a lo largo de los años. Si con esa táctica consiguen dominar las instituciones, la democracia sufre una degradación más grave que la quema de un contenedor.

El PP vive una situación difícil. La tremenda realidad judicial que soporta, causas antiguas de corrupción que se enredan en causas nuevas, plantea la tentación de asumir estrategias muy nocivas para su futuro y para la democracia. Hay dos que me parecen graves: provocar ruido mediático para desviar la atención y un descarado esfuerzo por controlar el poder judicial.

 Los descalificaciones del adversario, los insultos, la manipulación exaltada de los sentimientos, la conversión de la política en un circo mediático, las mentiras y tergiversaciones, corrompen el espacio público y agitan discursos extremos. El uso continuado de estas formas, aprovechadas para tapar sus casos de corrupción en Madrid y Valencia gracias al agravamiento de la crisis independentistas en Cataluña, se ha ido de las manos. Primero, porque el PP casi ha desaparecido de Cataluña, y es muy difícil aspirar al gobierno de un país cuando se está ausente de parte de sus territorios. Y, después, porque el discurso extremo ha animado la creación de un partido como Vox que poco a poco ha ido quitándole terreno. Esta dinámica beneficia a la parte del sistema que quiere ir de antisistema y proclama discursos de odio racistas, machistas e identitarios. Son quema-contenedores, pero con escaños en el Parlamento. Ese camino es suicida para el PP.

El otro gran error es el intento descarado de controlar el Poder Judicial que debe juzgarlo. Así mancha su presente con las culpas de ayer y pone en peligro el crédito de la Justicia, un valor imprescindible para la democracia. El bloqueo del mandato constitucional sobre el CGPJ es dañino, pero la situación se agrava con el intento de justificar la maniobra. Nos dicen que tienen la voluntad de defender la independencia judicial. Esa mentira es tan manifiesta que sólo puede aceptarla la parte de la ciudadanía dispuesta a ser indiferente y convivir con la corrupción, otra actitud menos ruidosa, pero más perjudicial que la quema de contenedores.

 En sus negociaciones, el PP veta a Podemos y a un juez como José Ricardo de Prada. No creo que haya ninguna justificación para vetar a un partido democrático con representación en muchas instituciones del Estado, pero más grave es cortar el paso a un juez de prestigio internacional como José Ricardo de Prada. Su decencia profesional a la hora de condenar la trama Gürtel le ha valido una persecución del PP. Movió influencias para evitar su regreso a la Audiencia Nacional, después de participar en el Tribunal Penal de La Haya que juzgó las políticas genocidas del líder serbobosnio Karadzic. Después, apostó por separarlo del tribunal que juzga los escándalos de Bárcenas y, ahora, pretende impedir su nombramiento como vocal del CGPJ.

El mensaje es gravísimo para el prestigio de la Justicia. Manda a la ciudadanía una carta de descrédito institucional y a los jueces una advertencia: si alguien se atreve a condenarme cuando robo, cortaré de raíz su carrera profesional. ¿Cómo quedan los jueces? Los puestos, más que un reconocimiento de la carrera profesional, parecen un premio a la complicidad política. Y la democracia necesita de verdad una Justicia independiente.

El PP lo tiene muy difícil, pero enmascararse en el ruido y la manipulación puede ser suicida en una situación de crisis. La parte más oscura del sistema saca provecho. Alguien pensará que estoy mintiendo, pero confieso que uno de mis mayores deseos en los últimos meses es que el PP encuentre soluciones y consiga configurar un marco democrático para el pensamiento conservador. Le deseo suerte. El PP necesita a la democracia y la democracia necesita al PP.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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