Opinión

Publicado el octubre 16th, 2020 | Por Luis García Montero

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La discapacidad

Cuando un problema es grave conviene mirarlo cara a cara, fijarse en sus ojos, en su modo de estar ausente cuando se acerca, o presente después de haberse ido; en la manera de guardar silencios o discursear. El pelo, la boca, el estilo de los problemas siempre apuntan detalles en los que resulta útil fijarse.

Si se trata de una palabra, la mejor forma de mirarla a la cara es buscar en el Diccionario de la Lengua. Se llega así a una visión fría, alejada de la historia personal o las implicaciones sentimentales. La discapacidad, según el diccionario, es la falta o limitación de alguna facultad física o mental que imposibilita o dificulta el desarrollo normal de la actividad de una persona.

De alguna manera, todas las personas tenemos limitaciones. Del mismo modo que ciertas virtudes o habilidades pueden sobresalir de la norma, también es frecuente que pesen en las existencias cortapisas o barreras. El valor, el miedo, la ingenuidad, la desconfianza, la inteligencia, la torpeza, la generosidad, el egoísmo, la movilidad o las trabas pesan de diferente manera en la vida de los individuos. Por eso es tan antipática la incomprensión de algunas personas ante las restricciones y los obstáculos en las experiencias ajenas.

Y si salimos del ámbito personal y pasamos al social, nada es más cruel que la indiferencia ante la incapacidad. Una sociedad justa no puede basarse en el reparto helado de reglas y exigencias iguales para todos, porque la diversidad humana necesita una voluntad inclusiva. Sólo la inclusión nos salva de la soledad y de la profunda inmoralidad que late en la crueldad de los indiferentes. La falta de cuidados y ayudas públicas a quien las necesita es una forma de crueldad política.

 La voluntad inclusiva y los programas de ayuda enriquecen los comportamientos políticos con los valores más altos del ser humano: la solidez ética, la bondad, la comprensión y la solidaridad. Se trata de sacar al escenario social la capacidad de cuidados que de un modo natural define los amparos familiares. Todos necesitamos cuidar, todos necesitamos que nos cuiden. De una forma o de otra es cuestión de tiempos y de oportunidades. El amor nos hace mejores y un buen Estado es aquel capaz de asumir en la escena pública la voluntad de cuidados, la obligación inclusiva, que se pone en movimiento en la mayoría de las familias cuando hay que superar una crisis o una enfermedad.

No hay mejor manera de encarnar el respeto a lo común que un urbanismo dispuesto a suprimir barreras para las personas que necesitan moverse en una silla de ruedas. Cruzar un semáforo, salir de un portal, entrar en un teatro o en una sala de conciertos, con una silla de ruedas puede ser un infierno o una sencilla facultad cotidiana.

 Las numerosísimas posibilidades que, por ejemplo, tienen las personas invidentes en nuestro país representan una buena bandera para la inclusión. Caminan por la calle, son independientes, leen, viajan, hacen los más variados deportes… Perder la visión sigue siendo una desgracia y nada es más ridículo que pintar de rosa una contrariedad grave. Pero las contrariedades a veces son una condena al desamparo y, otras veces, pierden su capacidad ofensiva de humillación y daño si se convierten en un reto de la vida en común, de la defensa de la dignidad humana.

El respeto inclusivo, eso sí, supone ayudar con sentido común a los que sufren una limitación física o mental para que puedan integrarse allí donde les corresponde. Eso lo cuidan los mejores programas institucionales o de asociaciones particulares que ayudan a la integración laboral, estudiando bien las exigencias de las capacidades y discapacidades.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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