Opinión

Publicado el marzo 21st, 2017 | Por Antoni Cisteró

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LA FALACIA DEL OLVIDO

Escribo esto a raíz del artículo “Cumplir con el deber de olvidar” de David Rieff. Entiendo que la presentación de su libro Elogio del olvido merezca un artículo en IDEAS[1] de El País, pero no que se base en una premisa falsa. Y más aún cuando su argumento viene acompañado de la reflexión de un neurocientífico, afirmando que el cerebro necesita olvidar tanto como recordar, ya que el juego entre el plano individual (el cerebro) y la sociedad (la memoria histórica) no es asimilable.

En efecto, Rieff empieza preguntando: “¿qué ocurre si la memoria histórica colectiva, tal como la emplean las comunidades y las naciones, ha conducido demasiadas veces a la guerra más que a la paz, al rencor y al resentimiento…?” No es difícil responder que la memoria histórica “honesta”, hubiera podido evitar también tales guerras, rencores y resentimientos.

He escrito “honesta”, parámetro que para Rieff parece casi inexistente. Califica a la MH de arma de los nacionalismos,  que malintencionadamente la tergiversan y amañan en aras de alentar sus movilizaciones. Convencido de ello, afirma: “dadas las tendencias agresivas  de la humanidad, es posible como mínimo que el olvido, a pesar de todos los sacrificios que impone, sea la única respuesta prudente”. Respuesta: ¿Es conveniente no recordar precisamente esas tendencias agresivas que han asolado tan frecuentemente la humanidad, en pos de beneficios espurios de una minoría? ¿No es preciso saber cómo son los huevos de la serpiente, antes de que ésta nos asfixie?

Pero la falacia va más allá. ¿Podemos olvidar a voluntad? No hay un mecanismo mediante el cual los recuerdos propios o las informaciones recibidas de otros, puedan borrarse intencionadamente de la memoria. Los olvidamos, sí, pero a menudo a nuestro pesar. Y tiempo después, al calor de alguna emoción, de alguna sensación, sin saber cómo, regresan. No podemos olvidar por decreto. Podemos silenciar, eso sí, pero ello provocará una degradación del recuerdo, que se irá sosteniendo con los alfileres de informaciones sesgadas o directamente falseadas. Pero lo que Rieff llama olvido, por lo que deduzco de su artículo, tiene más a ver con la imposición del silencio que con la memoria en sí. Pero afortunadamente el silencio sólo será parcialmente eficaz, dado que el hecho del pasado está ahí, existe y existirá siempre. Sólo un silencio impuesto logrará, quizás, relegarlo, por un tiempo, al rincón de lo que está en desuso.

Tuve la oportunidad de comentar el mismo problema con Jorge Semprún, en un encuentro sobre memoria en Cotllioure, Francia. Su libro La escritura o la vida, afirmaba que, para poder sobrevivir, había optado por el silencio, que él también llamaba olvido. ¿Cómo puede decirse que se ha olvidado algo sobre lo que se ha escrito un libro?, le objeté. Habla del recuerdo del olor y el humo que desprendía el crematorio de Buchenwald. ¿Lo había olvidado? No. ¿Había decidido no hablar de él? Eso decía, aunque lo dudo, a la vista del libro y de sus conferencias.

Que Action Française o Vichy utilizaran la memoria de Juana de Arco, es una utilización partidista e interesada de la historia. Pero la solución no es borrar a la santa guerrera de los

libros de historia, sino profundizar en el estudio de su biografía y contexto, desde todos los puntos de vista, por contradictorios que parezcan.

La memoria no es sólo campos de concentración o hazañas bélicas, la memoria deja en nuestro interior, y en el de las sociedades, un poso, la percepción del flujo de la historia, los vientos que empujaron, o hundieron a distintos navegantes. Mirando honestamente la veleta, podremos tener alguna intuición de por dónde irán los derroteros del futuro inmediato. Y con ella, estaremos en disposición de tomar una actitud determinada ante hechos que a día de hoy solo intuimos. A nivel personal y, en cierto modo colectivo, es la emoción la que contribuye a fijar más o menos un hecho en la memoria. Comprendemos mejor el drama de Siria y sus refugiados, los que directa o indirectamente tenemos recuerdo de la Retirada de 1939 y quizá ello nos lleve a actuar en consecuencia.

El autor rememora las masacres de Bosnia (1992-1995), que atribuye a la “incapacidad de olvidar”. ¿Cómo se hubiera conseguido? ¿Imponiéndolo en las escuelas, en las celebraciones, castigando al que mencionara algún hecho del pasado? No, no se puede olvidar a voluntad. Lo que sí se puede, o debiera, es exigir honestidad a los historiadores, políticos y medios de comunicación, en aras de una información ecuánime y abierta a actualizaciones y revisiones.

Como autor de Fill de la memoria[1], novela que reflexiona sobre el fenómeno de la memoria, y después de más de cuatro años de trabajar en ella, quisiera afirmar que tan dañina es la historia contada parcial o sesgadamente, como la imposición de un silencio que, a su vez, sólo podrá ser también parcial y por lo tanto recortado en función de unos intereses concretos y no de la sociedad en su conjunto. Incluso en el caso de la Ley de Amnistía, lo que hizo fue salvar a unos presuntos asesinos de su pena, pero no borrar de la historia unos hechos deleznables. Las fosas siguen ahí, se hable o no de ellas. Sin memoria que detecte los trazos comunes entre el presente y el pasado, estaremos condenados a tropezar siempre en la misma piedra.

Dice Stefan Zweig[2]: “Obedeciendo a una ley irrevocable, la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus inicios los grandes movimientos de una época. Por esta razón, no recuerdo cuando oí por primera vez el nombre de Adolf Hitler… el nombre de quién ha traído más calamidades al mundo que ningún otro de todos los tiempos”. No reconoció los huevos, los indicios cada vez más patentes, y la serpiente acabó con él.

La solución no era, ni es, ocultarlos bajo el heno del silencio impuesto, donde se incubarían más y mejor. La memoria mantiene alerta a las nuevas generaciones sobre los distintos peligros que ha generado la historia. ¿No será la represión sufrida por el juez Garzón por haber pretendido romper el “pacto del olvido”, un indicio de que el cascarón vuelve, de nuevo, a resquebrajarse?


[1] CISTERÓ, Antoni. Ed. Cossetània, Valls. 2017 (Hijo de la memoria, en vías de ser traducido al español y al francés)

[2] ZWEIG, Stefan. El mundo de ayer. Acantilado. Barcelona 2002. Pág. 45

[1] RIEFF, David. “Cumplir con el deber de olvidar”. EL PAIS. IDEAS. 19.3.2017. Pág. 2

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