Opinión

Publicado el octubre 25th, 2019 | Por Luis García Montero

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La sensatez como firmeza democrática

Vuelvo a cagarme por última vez en todos vuestros muertos, / en este mismo instante en que las armaduras se desploman en la casa del rey. Son dos versos de la “Elegía cívica” de Rafael Alberti, firmada en 1930.

No valía la pena de ir poco a poco olvidando la realidad para que ahora fuese a recordarla, y ante qué gentes. La detesto como detesto todo lo que a ella pertenece: mis amigos, mi familia, mi país. Es una de las confesiones que Luis Cernuda envió a Gerardo Diego para su antología de Poesía española de 1934.

 El acto surrealista más simple consiste en salir a la calle con un revolver en cada mano y, a ciegas, disparar cuanto se pueda contra la multitud. Quien nunca en la vida haya sentido ganas de acabar de este modo con el principio de degradación y embrutecimiento existente hoy en día, pertenece claramente a esa multitud y tiene la panza a la altura del disparo. Se trata de una famosa declaración del Segundo manifiesto surrealista de André Breton.
 Me alegra ver la bomba caer mansa del cielo, e inmóvil en el suelo, sin mecha al parecer, y luego embravecida que estalla y que se agita y rayos mil vomita y muertos por doquier. “La desesperación”, poema atribuido a Espronceda, era una de las canciones que prefería mi padre cuando estaba de buen humor para leer en alto y entretener a sus hijos. La llama de un incendio que corra devorando y muertos apilando quisiera yo encender; tostarse allí un anciano, volverse todo tea, y oír cómo chirrea ¡qué gusto!, ¡qué placer!

La poesía contemporánea ha sido la gran aliada del exceso. Su energía quiso presentarse como un disturbio contra el sentido común desde que el Romanticismo expresivo se sintió en la obligación de denunciar el fracaso del contrato social. Muy mal deben andar las cosas cuando alguien como yo, alguien que no es más que un poeta, necesita pedir sensatez.

La verdad es que mi inclinación desesperada hacia la sensatez no responde sólo a la coyuntura de estos últimos días metidos en declaraciones incendiarias, argumentos ridículos, actuaciones irresponsables y espectáculos televisivos con la retransmisión en directo de asonadas, perturbaciones, revueltas, desórdenes, demagogias políticas, remolinos y entretenimientos juveniles. Puestos a confesar, asumo que desde hace años sólo me emociona de verdad la poesía escrita con sensatez en un orden inteligente. La retórica del estruendo efusivo, la ruptura vocinglera o la palabrería que confunde oscuridad con sabiduría me cansa como el berrinche de un niño mal criado.

Tal vez son lecciones de un poeta catalán que escribió en catalán, como Gabriel Ferrater. O de un poeta catalán que escribió en español, como Jaime Gil de Biedma. Pero también es posible que sean lecciones de Pier Paolo Pasolini, un poeta comunista y homosexual, acostumbrado a la rebeldía, que de pronto tomó una conciencia difícil: los disturbios sociales estaban sufriendo una mutación antropológica y ya no eran el fruto de un compromiso socialista con la justicia y la igualdad, sino la intransigencia consumista de unos niños de papá educados en el capitalismo avanzado y en la falta de respeto del cliente que se cree con derecho a todo.

El narcisismo de esos jóvenes insolentes, alentados por el poder del dinero y el desprecio a los pobres, provocó páginas de Pasolini inolvidables en solidaridad con el muchacho humilde del sur que necesita ganarse la vida como policía y aguanta las pedradas revolucionarias de los hijos de la alta burguesía del norte. Hablaba de Italia, aunque en una de sus obras dedicadas a España ya en los años 70, titulada Calderón, hizo predicciones interesantes sobre los descendientes de la burguesía catalana y la suerte de la clase obrera andaluza.

A Pasolini no le gustarían hoy los jóvenes que salen de su casa con los pantalones rotos porque la moda clasista ha sido capaz de convertir la pobreza en signo de consumo. A mí tampoco. Pero no sigo por ahí. Ahora me callo. Tiempo habrá de meditar sobre las cortinas de humo, los efectos colaterales de la corrupción, las manipulaciones electorales de las ofensas identitarias, la liquidación de lo público, la irresponsabilidad populista de una izquierda capaz de abandonar la cuestión social en nombre de una discusión territorial flotante o el derecho que tiene España de sentir un miedo democrático ante la violencia. Ahora sólo quiero decir que soy un poeta que pide sensatez a los burgueses pragmáticos, un ciudadano que no quiere que su destino lo marque la disputa entre una violencia ilegal y una violencia institucional.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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