Opinión

Publicado el septiembre 5th, 2020 | Por Luis García Montero

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La verdadera nación

Poco sabe de amor quien no comprende que es la debilidad la que nos une. Hablamos con toda razón de la fuerza del amor, pero se trata de una fuerza que nace de no sabernos autosuficientes, de nuestra necesidad de sentir al otro, nuestra necesidad de ser cuidados y de cuidar. Aunque pasan los años, uno no se olvida del sexo. Por la cuenta que me trae, siempre que actúen con educación y prudencia, yo soy cada vez más partidario, pese a su mala fama, de los viejos y las viejas verdes. Como decía Bergamín, cuesta toda una vida alcanzar ese grado. Está bien que brillen los ojos. Pero uno se mira en el espejo, vuelve la vista hacia atrás y comprende que, junto al deseo carnal, el amor escribe sus historias con otros recursos.

Puestos a buscar imágenes de amor, me llegan de la memoria algunas ventanas de hospital, una rosa en un vaso de agua, algunas salas de espera, algunas conversaciones al final de la noche en la cocina y en voz baja para no despertar a los niños, los números del termómetro, el despacho de una profesora muy seria, un salón de actos en el que soportar representaciones navideñas, la tristeza de un cementerio, la tumba a la que habrá que añadir un nombre muy querido, las noticias envenenadas del teléfono, el mundo que se parte a trozos, una cabeza en el pecho, el abrazo de quien comparte un insomnio y la luz del amanecer que raya en la ventana y que nos recuerda que la vida sigue, que un suspenso no interrumpe nada, que ni siquiera una muerte lo interrumpe todo, porque otra parte de nosotros está viva todavía, y hay que prepararle el desayuno, y darle compañía, y preguntarle si hace falta algo, y decirle te quiero. Es la misma persona que está ahí, que se queda a los pies de la cama cuando una anestesia nos cierra los párpados.

Quien sabe de amor comprende que la debilidad es la verdadera razón de estar unidos. Los seres humanos han podido sobrevivir a lo largo de milenios de intemperie porque inventaron el lenguaje para compartir sus miedos y sus esperanzas. Es verdad que inventar el lenguaje supone también dar paso al insulto, la maldad, la amenaza, pero esa violencia es una cáscara sucia que intenta ocultar el desamparo que va con cada uno de nosotros. Es verdad que en la vida familiar o de pareja brotan los enfados, la prepotencia machista, la mezquindad, los usos del poder, pero siempre es una máscara innoble de inseguridad y dogmatismo que manipula la verdadera materia del amor: no es bueno estar solos, necesitamos cuidar y que nos cuiden, nos hace personas la palabra juntos.

Y en la palabra juntos, vivida de manera decente, no cabe la desigualdad, ni la indiferencia. La democracia social intenta llevar al espacio público el sentido de los cuidados familiares. Amar a una nación es compartir sus debilidades, comprender que necesitamos ayudarnos, organizar la vida de manera transversal para que el niño que hoy cuidamos nos cuide mañana y la abuela que nos cuidó durante años sienta que forma parte de nuestro presente y nuestras atenciones.

 Sentirse miembro de una comunidad es saber que más allá de los negocios y las razones individuales formamos parte del nosotros y el nosotras que late como un corazón en la palabra juntos. España ha fantaseado muchas veces con el relato de su historia. Hazañas, héroes, derrotas y triunfos han llenado una y otra vez el recuerdo de sus días de gloria y sus mentiras. Novelistas como Cervantes, Galdós y Marsé, sin embargo, quisieron decirnos que detrás de cada fracaso nacional (el humanismo al final del XVI, el liberalismo al final del XIX, el republicanismo en 1939), el verdadero sentido de la esperanza sólo se dio con desinterés y energía en el pueblo. ¿Qué es hoy el pueblo? No lo sé bien, o sólo tengo una idea, o una esperanza, pero debemos escribir el relato optimista de un pueblo capaz de creer en sí mismo. Y para eso, para la salvación conjunta, hay tres requisitos indispensables: negarnos a la desigualdad, sentir amor y defender la cultura, la cultura, la cultura, capaz de escribir, representar y cantar el relato de un pueblo enamorado.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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