Opinión

Publicado el julio 13th, 2019 | Por Luis García Montero

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Las conquistas de la igualdad

En la sala de operaciones del Instituto Cervantes hay una exposición dedicada a “Los viajes de Ramón Menéndez Pidal”. Entre los documentos que muestran las escalas del español en el mundo, la internacionalización de nuestra filología y la obra de don Ramón, se muestra un informe policial que me conmueve. Alude a doña María, doña María Goyri, o mejor a “Menéndez Pidal, señora de”. Se trata de una nota escrita por Enrique Súñer, Presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza del Gobierno de Burgos, para dar cuenta de la personalidad de la filóloga que en 1900 se había casado con el insigne autor de La España del Cid.

Al informe no le falta precisión: “Menéndez Pidal, señora de: Persona de gran talento, de gran cultura, de una energía extraordinaria, que ha pervertido a su marido y a sus hijos. Muy persuasiva y de las personas más peligrosas de España. Es sin duda una de las raíces más robustas de la revolución”.

 El modo de presentar a María Goyri, por supuesto, recoge una larga tradición misógina en la que el mal vive encarnado en la presencia femenina. El Arcipreste de Hita compuso su elogio de las mujeres pequeñas porque en un frasco pequeño cabe menos veneno que en uno grande. Las inteligentes son las peores. Pero escrito en medio de una represión cruel, además de lo de siempre, me conmueve sobre todo el aire de vida privada que tiene la delación. Son compañeros de trabajo, aparentes amigos, conocidos de casa, los que vengan sus rencores con palabras que pueden costar la cárcel o la muerte de la persona sobre la que se permiten opinar en relación a su marido y sus hijos.
Cuenta Fernando Rodríguez Lafuente que Fernando Vela, secretario de redacción de la Revista de Occidente, se atemorizó mucho con el golpe de Estado de 1936, sin saber de qué bando iba a llegar el ataque. Ortega y Gasset le aconsejó que se defendiera de los conocidos a los que había rechazado una colaboración. Vestidos de uniforme y con pistola podían ser muy peligrosos. “¡Al suelo, que vienen los nuestros!”, dicen que dijo Pío Cabanillas. Es una buena frase para resumir la vida de aparato de los partidos y algunas negociaciones políticas.

María Goyri, que hizo su viaje de novios con Menéndez Pidal por Castilla, realizando trabajos filológicos en aldeas perdidas, se especializó en el Romancero y en Lope de Vega. Pero supongo que la inquina reflejada en las palabras de Enrique Súñer se debe a que fue una de las primeras mujeres decididas a cursar estudios universitarios, algo escandaloso en el curso 1891-1892.

Jesús Antonio Cid, director de la Fundación Menéndez Pidal, publicó el libro María Goyri. Mujer y pedagogía (2016), en el que se ofrecen recuerdos personales de su experiencia pionera. Después de conseguir que cada profesor firmase un documento admitiendo en clase a una mujer, la facultad de Filosofía y Letras aceptó la matrícula. La rutina acordada fue la siguiente: al llegar a la facultad era conducida al Decanato, allí la recogía el profesor, la colocaba en el primer pupitre para vigilar cualquier exceso de sus compañeros y la devolvía al Decanato una vez que el bedel anunciaba el fin de la clase. Allí esperaba al profesor siguiente.

La inteligencia y el buen orgullo conmueven igual que la maldad. Algunos detalles de los recuerdos de María Goyri, defensora de la educación de la mujer y de la emancipación femenina, emocionan. El primero es que comprendió que tanta vigilancia sobre su persona al entrar en las aulas era un insulto a los hombres: “Consideraban al estudiante español insuficientemente civilizado para permanecer correcto ante una muchacha”. La voluntad represiva suele ser en el fondo una evidencia de la corrupción de aquello que se pretender defender.

El otro detalle tiene que ver con el orgullo de lo conseguido. Al cabo de los años y al recordar aquellos catedráticos que la llevaban del Decanato al aula, le confesó al periodista Luis González de Linares en 1929: “Yo le aseguro a usted que si hoy quisieran seguir esta costumbre que acabo de referirle, no bastarían los catedráticos de todas las Universidades españolas para acompañar a las estudiantes de la Universidad Central”.

Así es. Las transformaciones de lo privado son la única manera de sostener la emancipación pública. Le debemos mucho a hombres y mujeres de gran talento y energía extraordinaria, muy peligrosas por lo visto para España, que son capaces de pervertir lo que tienen al lado y de convertirse en las raíces más robustas de la revolución… Cada vez creo más en eso que en las grandes proclamas sin raíz.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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