Opinión

Publicado el enero 26th, 2020 | Por Luis García Montero

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Las niñas siempre dicen la verda

El viernes pasado presenté en la Librería Alberti un libro de poemas de Flora Jordán que se titula El mal hábito de ser a cuatro manos (Maremagnum, 2019). La conozco a ella y a los editores asturianos de la colección, Lorenzo, Rocío y Mario, jóvenes poetas con los que coincido en Oviedo y en los cursos de verano de la Universidad Internacional de Andalucía en Baeza. El libro de Flora apunta a la mediocridad que se instala en las parejas obligadas por inercia a hacerlo todo juntos, cocina, viajes, lecturas, borrando la libertad y el interés individual.

Yo le comenté que tenía razón y que el asunto me resultaba serio porque la necesidad de configurar un nosotros sin disolver la conciencia individual y la verdad del deseo marca todos los horizontes que me interesan en la vida, desde la convivencia familiar a la profesional, desde la poesía a la política. Ni se puede vivir sin nosotros, ni se puede vivir sin yo. Escribir poemas significa buscar una identidad en esa frontera.

 Por eso destaqué un poema de Flora, Alma mater, en el que se siente heredera de sus abuelas y de las madres de sus abuelas, mujeres que necesitaron luchar con la vida en la dureza rural de la posguerra española. Ella se acerca ahora al fuego para recibir una herencia, contar y buscar su futuro. El tiempo de la literatura no es la noticia, el instante de usar y tirar como una mercancía barata, sino el proceso de la memoria, la reflexión y la imaginación. El arte es ficción, pero la palabra poética no se puede fundar en la deshonestidad o en la mentira. Tampoco en la soledad. El hecho poético sólo existe cuando las palabras son habitadas por el lector.

En la presentación Flora citó a otra poeta joven, Rosa Berbel, nacida en 1997, que ha estudiado literatura en la Universidad de Granada. Busqué su primer libro al terminar el acto, Las niñas siempre dicen la verdad ( Hiperión, 2018), lo compré y caminé hacia casa para compartir el fin de semana con la poesía y la gripe. Sumergido en otras tareas, no estoy ahora muy al tanto de la actualidad literaria. Lo abro al azar y me encuentro con el poema Árbol genealógico, en el que se hace un homenaje a las manos que durante muchos años “alimentaron hijos / construyeron ciudades / en civilizaciones olvidadas, / acariciaron cuerpos infelices. / Durante tantos años escogieron / meticulosamente, / la ropa de los otros. / Cultivaron la tierra, / sustentaron desnudas columnas y familias”.

La memoria colectiva es el mejor espacio para ordenar la intimidad en el fluir de la existencia. Veo que Rosa Berbel nació en Estepa, y mientras voy leyendo su poesía, siento que la vida me devuelve algo, porque hace unos meses murió Rafael Juárez, un buen poeta nacido también en Estepa. No es, claro, un consuelo, sino un modo de reescribir el presente, de tratar con la melancolía y con la realidad.

La poesía de Rosa Berbel tiene un orgullo lírico sin trampas. Conoce la música de la meditación, sin permitir que el dogma sustituya a sus imaginaciones. Ejerce la inteligencia sin caer en la engurruñida pretensión de la pedantería intelectual o el miedo a los sentimientos. Es dueña de estrategias formales, sin caer en el manierismo de las habilidades multiusos. Sus poemas son una pregunta directa sobre la identidad que se configura entre los episodios del pasado y las incertidumbres del futuro.

La lucidez supone la pérdida de la inocencia infantil con el descubrimiento de la muerte, la violencia y el sexo, a veces muy unidos. Hace 40 años, cuando yo escribía mis primeros poemas y paseaba por los pasillos de la misma Universidad, las preguntas de mi identidad tenían que ver con el fin de una dictadura, la reivindicación de los silenciados y el futuro de una democracia que necesitaba extender la libertad social en la vida pública y en los sentimientos más íntimos. Hoy las preguntas de una joven de 23 años tienen mucho que ver, pero formuladas desde una perspectiva distinta ante planes de futuro marcados por la precariedad laboral, la inestabilidad, los equilibrios entre la abstracción y la carnalidad, las mentiras estancadas y los fracasos heredados. La experiencia feminista es también un valor inexcusable para mirar y dar el paso siguiente. Desde ahí se piensa el futuro en un nuevo Oráculo de Delfos: “Cuando digo mañana nos convoco”.

Durante unos años se ha puesto de moda criticar a la poesía joven y denunciar los peligros de Internet. Es un prejuicio típico de los que pretenden detener la poesía y olvidar que está siempre pegada a la piel de la vida. Los jóvenes de hoy son inseparables de la realidad digital. Pero la buena poesía joven convive también con García Lorca, Aleixandre, Silvya Plath, Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Anne Sexton o Idea Vilariño. Rosa Berbel es uno de los buenos ejemplos que pueden encontrarse en las librerías.En InfoLibre https://www.infolibre.es/noticias/opinion/columnas/2020/01/19/las_ninas_siempre_dicen_verdad_102987_1023.html

 

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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