Opinión

Publicado el marzo 13th, 2020 | Por Luis García Montero

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Lecciones del feminismo

Cuando se establecen malentendidos con peor o mejor intención, cuando se confunden las cosas con buena o mala voluntad, por imprudencia o por convicción, por torpeza o por compromiso, es muy recomendable intentar situarnos en la raíz más clara de las cosas. A veces surgen dificultades a la hora de llevar las teorías a la realidad. A la hora de encarnarse en los hechos, los programas políticos suelen padecer no sólo limitaciones, sino trampas o dinámicas turbias. El feminismo es ahora una buena brújula. Como sus reivindicaciones tienen que ver de forma clara con la vida cotidiana tanto en la alcoba como en el cuarto de estar o en la plaza, el pensamiento feminista ayuda con frecuencia a entender lo que de verdad está en discusión.

No es lo mismo un deseo que un derecho. Esta afirmación supone el eje de la democracia como orden social que necesita fundarse en dos valores principales: la libertad y la igualdad. Para que la libertad no se confunda con la ley del más fuerte, es decir, no rompa con la igualdad, resulta también imprescindible una tercera palabra: la fraternidad. La comunidad justa no la fundan los deseos, sino los derechos. No son justificables libertades que rompan la igualdad. Reivindicar libertades o identidades basadas en el deseo es camino peligroso cuando significa un desconocimiento del derecho.

La dinámica que en la actualidad intenta confundir la libertad con el deseo tiene mucho que ver con el dinero. El pensamiento crítico cae en una trampa si deja que el cuestionamiento de las convicciones injustas derive en un vacío, en el relativismo cínico de nada importa o todo vale. La ley del deseo es una formulación embellecedora de la ley del más fuerte. Pero cuidado: si no es lo mismo un deseo que un derecho, tampoco es lo mismo una idea atractiva que un buen verso. La lógica del esto quiero-esto exijo como norma de comportamiento lleva las discusiones teóricas a la angustia neoliberal y a la prepotencia del dinero. La libertad no puede sacrificar la igualdad y la fraternidad en nombre del dinero o del consumo. ¿De qué consumo? De cualquier consumo.

Esto es lo que está pasando en la deriva de las sociedades democráticas hacia el neoliberalismo. Digo que el feminismo da buenas lecciones por su cercanía a la vida cotidiana. Los debates sobre la prostitución y los vientres de alquiler ejemplifican bien hasta qué punto la confusión entre deseos y derechos tiene que ver con el imperio del dinero cuando se justifica la explotación de las personas y se confunde la libertad con el poder de compra.

 El sexo es un deseo, algo magnífico en la vida, pero no es un derecho. En la época represiva del franquismo se puso de moda el chiste de que en España follar no era un pecado, sino un milagro. Como tengo ya una edad, me tienta confiar en los milagros, pero no son razonables las conversiones de los milagros en derechos. Invocar la libertad del cuerpo o la atención caritativa a los necesitados (atención a los mayores, a los que tienen una discapacidad, a los enfermos) es un modo de legitimar con mala poesía la explotación. Eso es lo que hace el capitalismo cuando confunde la libertad con la ley de la selva.

Y ocurre lo mismo con los vientres de alquiler. Tener un hijo y dos hijas es una maravilla, aunque bien sabe el alma la lata que dan, sólo comparable a la lata que les doy yo. Tener hijos puede ser un buen deseo, pero no es un derecho. Y resulta muy grave situar el debate de la libertad en la dinámica de convertir a las personas en mercancías.

 El feminismo más inteligente, el que nos da lecciones a los demócratas sobre la igualdad, ha comprendido todas las trampas que el enemigo cuela en las buenas palabras. Así ocurre con la palabra libertad, y sucede lo mismo con la palabra tolerancia en unas sociedades cada vez más llamadas a unir convivencia con multiculturalidad. Asumir que la tolerancia obliga a respetar tradiciones basadas en la humillación de personas es otra de las grandes trampas a las que está siendo sometida la conciencia democrática en la actualidad.

El orgullo del 8 de marzo es decisivo para defender, gracias a la igualdad y la fraternidad, palabras tan importantes en una sociedad como libertad y justicia. Nada legitima la agresión a una persona, ni siquiera la noche de las normas, los deseos o la propia imprudencia. Rumbo a esta conciencia debe caminar el derecho, que en democracia suele fundarse en buenos deseos, pero pactados, convertidos en derechos, para ordenar la convivencia y acercarla a las virtudes públicas.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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