Opinión

Publicado el junio 14th, 2020 | Por Luis García Montero

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Los señoritos y la muerte

Leo una reflexión de Antonio Machado: “Porque la muerte es cosa de hombres –digámoslo a la manera popular– o, como piensa Heidegger, una característica esencial de la existencia humana, de ningún modo un accidente de ella; y sólo el hombre –nunca el señorito–, el hombre íntimamente humano en cuanto ser consagrado a la muerte, puede mirarla cara a cara”.

Los hombres y las mujeres de la sociedad de consumo somos invitados por muchos caminos a definir la vida en una edad de la inocencia. Nos fundamos en la consigna de que el cliente siempre tiene razón y exigimos un plazo de arrepentimiento para devolver los objetos que compramos por error. El esto veo, esto quiero supone una idea del tiempo que cancela la memoria por la consagración del instante y que convierte el deseo en ley o derecho.

La infantilización de las sociedades interesa a los que quieren hacer de la política un juego para manipular a la ciudadanía o a los que crean modas y demandas en busca de beneficios mercantiles. El éxito de esta infantilización, mientras convierten en negocio hasta la salud y la vejez, genera una idea de triunfo que tiene que ver con la joven alegría del vivir. La enfermedad y la muerte se arrinconan, se privatizan, forman parte del fracaso. Y hay que pagar por ello.

No quiero hoy escribir sobre la cultura neoliberal capaz de convertir en negocio la sanidad, olvidando que, como ocurre con la educación, sólo un espacio público justo e igualitario puede asegurar las condiciones de la libertad. Si los defensores del estalinismo cayeron en la crueldad cínica de confundir la justicia social con la represión más feroz, los neoliberales de hoy son crueles con ferocidad al confundir la libertad con los monopolios, el soborno, las privatizaciones y los paraísos fiscales. Unos convirtieron la utopía en justificación del crimen; otros entienden la libertad como negocio de la corrupción organizada.

 Pero me olvido de los negociantes para pensar en mí, en nosotros, sus consumidores. Las palabras de Machado me hacen pensar en nuestra educación sentimental, en la forma de olvidarnos de que existe la muerte sin devolución. Cuando nos encontramos ante ella por sorpresa, nos consideramos con derecho a pedir un libro de reclamaciones. Aclaro que nunca he creído en la poética de la muerte. Mi novia está muy viva, y celebro la existencia desde el sol de los atardeceres marinos hasta la barra de los bares o las salas de espera de los aeropuertos (que me dan más miedo que los aviones). Aclaro también que creo en los derechos y que debemos exigir que haya normas de vigilancia para que nos traten como merecemos en fábricas, hospitales, agencias de viajes o supermercados.

Evitemos simplificaciones: no es eso. Lo que me interesa es meditar en una sociedad en la que el derecho cívico se confunde con el deseo del cliente irresponsable que siempre tiene razón y que convierte al destino en el mensajero pobre que cruza la ciudad con su bicicleta y su miseria para llevarle a casa cualquier pedido. La indignación explota cuando aparece la vida con un cristal roto, la muerte con sus sorpresas cortantes, y carecemos de vacunas y conocimientos contra el mal. Pedimos soluciones inmediatas como si la historia pudiese cancelar el pasado, las responsabilidades del ayer, y olvidarse del futuro, los compromisos con el mañana.

 No se trata de olvidarnos de la responsabilidad, sino de pensar en la mejor forma de responsabilizarnos. Los señoritos no querrán mirar a la muerte cara a cara, querrán soluciones espectaculares, mientras los amigos utilizan la tristeza para su negocio político o económico. Los hombres y las mujeres que no quieran o no puedan convertirse en señoritas y señoritos tendrán que comprender su fragilidad, y en ella encontrarán su fuerza, su voluntad de cuidarse en común, de salir juntos de las amenazas.

El Nazarín de Galdós le dijo a un señorito con malas pulgas al final del siglo XIX: “Después de los progresos de la mecánica, la humanidad es más desgraciada, el número de pobres y hambrientos mayor, los desequilibrios del bienestar más crueles”. Yo creo en el progreso y en la mecánica, creo en los derechos y en los libros de reclamaciones, creo en la dignidad de la vida… Pero mis mayores, Galdós y Machado entre ellos, me enseñaron que ante una amenaza conviene no acudir a la soberbia de los clientes que se creen con derecho a todo, sino utilizar un sentido inteligente de resistencia, el sentido de los no señoritos que aprendieron en la vida a defenderse juntos.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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