Opinión

Publicado el abril 1st, 2020 | Por Luis García Montero

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Los sindicalistas

Conviene pensar bien qué significan los aplausos desde los balcones y las calles dedicados a los trabajadores de la sanidad. Porque significan muchas cosas. En primer lugar, reconocimiento a personas con nombres y apellidos que se arriesgan y esfuerzan en los hospitales para atender a otras personas enfermas, también con nombres y apellidos. Por eso cualquier solución que pase por debilitar o poner en duda los derechos sociales de las personas deja de tener sentido.

En segundo lugar, se reconoce la importancia de la salud como espacio que vertebra todos los sectores de la sociedad: economía, trabajo, ocio, vida social y familiar… Por eso también deja de tener sentido cualquier tentación política de debilitar la sanidad pública para convertir la salud en negocio privado. Las ovaciones son un reconocimiento claro de que contamos con uno de los mejores servicios de sanidad pública del mundo y que es un verdadero disparate degradarlo a través de recortes y privatizaciones. Todas las autoridades que hacen declaraciones estos días deberían revisar su comportamientos anteriores bien para sentirse satisfechos o bien para avergonzarse. En la enfermedad y en la salud, la salida más lógica de esta crisis es la consolidación de lo público. ¿Pero en qué Estado?

 Pues en tercer lugar, se reconoce que una sociedad, un país, un Estado, se fundamenta en el mundo del trabajo y que no hay mejor patriotismo que el respeto a los derechos laborales de sus habitantes. Los equipos médicos, la administración, los recepcionistas de los hospitales, las conductoras de las ambulancias, los limpiadores son personas que trabajan y que reconocen su ámbito profesional como el mayor compromiso cívico con la sociedad. “A mi trabajo acudo, con mi dinero pago…”, escribió Antonio Machado en su famoso Retrato poco después de haber conseguido una plaza de profesor de instituto.

Este país lo hacen los profesionales dedicados a la medicina, y las personas que se dedican a la enseñanza, y los albañiles que levantan casas, y las cajeras de supermercados, y las manos con nombres y apellidos que abren los comercios, que conducen el transporte público, que mantienen en funcionamiento los telares y las fábricas, que informan desde las redacciones, que atienden las oficinas y cuidan los parques y barren las calles. Respetarlos a través de una fiscalidad justa y la defensa de unas condiciones laborales decentes es la forma más leal de patriotismo. Y la mejor medida contra cualquier ambición totalitaria.

 En estos días, veo con desconfianza los comentarios de admiración que provoca la gestión de la crisis realizada en China. Para los que estamos convencidos desde hace años de que no puede haber justicia social sin libertad, ni verdadera libertad sin justicia social, no deja de ser un motivo de preocupación que la crisis del coronavirus quiera resolverse planteando una vez más el dilema de la seguridad contra los derechos o de la autoridad absoluta contra la libertad. Más que personas obedientes en una dictadura, me interesa la conciencia cívica de las sociedades democráticas, la defensa de las realizaciones personales como compromiso con las ilusiones colectivas.

Y, como he dicho, el primer ámbito cívico de compromiso social es el mundo del trabajo. Es también el mayor factor de conciencia democrática. Por eso aplaudo todas las tardes a los trabajadores de la sanidad y por eso aplaudo también en este artículo a los miles de sindicalistas que están dedicados en cuerpo y alma a defender la dignidad laboral de las mujeres y los hombres que ahora trabajan o que ya no pueden trabajar. Su militancia es un eje de la democracia social y de un tipo de seguridad compatible con la justicia: llamar la atención a los jefes, negociar las condiciones de salud laboral, fijar servicios mínimos, atender en despachos laboralistas durante 24 horas al día las situaciones de miles de afectados, plantear salidas acordadas con las empresas, pedirle al Gobierno que tenga en cuenta los intereses de los más desfavorecidos, procurar que las ayudas acaben sirviendo para mantener un empleo digno y no para especulaciones bancarias, recordar que la economía está al servicio de las personas y que las personas no pueden convivir sin economía. Esa es su militancia, su democracias social.

 Abro el balcón y aplaudo a las batas blancas y verdes de los hospitales. Abro mi ordenador y aplaudo a la ropa de calle de los sindicalistas de clase. Y, por supuesto, que en vez de insultar, gritar, mentir y manipular, cada uno aplauda lo que quiera. Así nos cuidamos.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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