Opinión

Publicado el abril 2nd, 2017 | Por Luis García Montero

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Manuela y la democracia fuerte

Creo que Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, es el único referente de mi iniciación juvenil a la política que sigue en activo. Su nombre suponía en los años 70 la presencia del Partido Comunista de la clandestinidad en los ámbitos del derecho. Bajo la espesa nube de la dictadura, los comunistas habían ido creando zonas de libertad y solidaridad cívica. Los despachos laboralistas formaban parte de esas zonas de manera muy significativa. Buenos profesionales llegaban hasta donde se podía, buscaban grietas en el muro del franquismo para defender los derechos de los trabajadores y legitimar los movimientos vecinales. Manuela Carmena era el referente.

Los que aprendimos a sentir la vinculación cívica en aquellos años desde la perspectiva de la izquierda no podemos separar la lucha por la justicia social y la defensa de las libertades democráticas. Ya sé que es un abuso hablar en plural, porque en todas las generaciones hay gentes muy diversas. Pero me atrevo a tomarme esta libertad porque observo que la fractura generacional en los debates políticos ha cobrado peso. Aunque tampoco me importa ser más preciso: un grupo numeroso de personas con las que suelo hablar o suelo leer, nacidas en España, en los años 40 y 50, no podemos separar la lucha por la justicia social y la defensa de las libertades democráticas.

Para este grupo de personas es inconcebible que se pueda condenar a una estudiante de historia a un año de cárcel y siete de inhabilitación por hacer comentarios chistosos sobre el atentado contra Carrero Blanco, uno de los más significativos colaboradores de Franco. No creo que fuese posible en la Alemania de 2017 condenar a una estudiante por hacer un chiste sobre la muerte de Hitler o de uno de sus colaboradores. Aquí ha sucedido por culpa de un Código Penal que se convirtió en un arma de degradación democrática al castigar la libertad de expresión y el derecho de huelga.

En medio de la confusión reinante, las leyes mordazas del PP y sus políticas de desigualdad, mi melancolía se reconoce en la firmeza de Manuela Carmena cuando protesta por la existencia de presos políticos en cualquier parte del mundo o por el asalto a la sede del Partido Popular de Barcelona. Y no comprendo que un grupo de concejales de izquierda se ausente del pleno para no votar en contra de un atropello democrático.

Que el PP deteriore la democracia con sus actuaciones y sus leyes no puede ser una coartada para que la oposición entre en el juego de la irracionalidad. Del mismo modo que defiendo la libertad de expresión de una estudiante que hace chistes sobre un atentado frente a la barbarie penal que la condena, defiendo al PP de la barbarie de cualquier agresión sufrida en sus sedes. Y es que el asunto es muy serio: estamos asistiendo a la agonía de la dignidad democrática. El dinero quiere las manos libres para cancelar cualquier tipo de soberanía cívica.

Ya sé que ahora se lleva la energía adánica, ya sé que bajo las siglas del PC de hoy queda muy poco del ayer… Pero quizá los jóvenes que asumen la tarea política deberían considerar también algunas de las experiencias de sus mayores. Tan peligrosos son para el diálogo generacional los viejos cascarrabias como los jóvenes sin memoria.

La izquierda siempre sale perdiendo cuando desaparece la capacidad de imaginarnos como comunidad. La firmeza democrática será la única capaz de enfrentarse al mundo de privilegios que ahora tienen las élites económicas. Y no se trata de sustituir unas élites por otras, sino de institucionalizar una comunidad capaz de defender la igualdad, el trabajo decente y la transparencia democrática. Merece la pena seguir intentándolo.

Hay radicalidades que sólo suponen una forma de darse por vencidos.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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