Opinión

Publicado el junio 7th, 2020 | Por Luis García Montero

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Más que cargarnos de razón, debemos descargarnos de sinrazones

Leo la frase que titula este artículo en una carta de María Zambrano sobre la experiencia del exilio español. Como la lectura y las palabras son rabos de lagartija que no pueden quedarse quietos, la frase tira de mí hacia el presente y me pone a pensar en el hoy de la realidad política española.

Con ánimo de imparcialidad, decimos que la política está crispada. Pero a veces la apariencia de imparcialidad es una máscara, una mentira suave, porque lo sucedido en nuestra realidad es algo más preciso: la derecha española está crispada, vive en el delirio de la ofensa y se define en la pérdida del sentido de Estado y del pudor político. Sus adversarios han pasado a ser enemigos, delincuentes que merecen la acusación de terroristas, falsificadores y culpables de la epidemia.

 Pero el extremo nos sirve también para pensar en la historia inmediata que explica el presente, el tiempo de hoy en el que la preocupación verdadera no es el extremismo, sino la carencia de una derecha democrática honesta desde el punto de vista político e intelectual. Derecha extrema hay en Francia, Alemania, Austria o Bélgica, pero los demócratas establecen con naturalidad líneas de contención. Lo que resulta una desgracia es que en España el extremismo faccioso marque el rumbo de una derecha democrática sin duda imprescindible.

La derecha española no acepta su papel en la oposición. Creo que la razón principal deriva de una debilidad: durante años ha tendido a desbordar el parlamento y la legítima representación política, confundiéndolo con el Estado y el funcionamiento de las instituciones públicas. Así, por ejemplo, un gobierno conservador gestionó la crisis económica de la pasada década y aumentó las desigualdades en su dinámica neoliberal. Al mismo tiempo, para defenderse, procuró invadir las instituciones del Estado, controlando sectariamente el poder judicial o poniendo en marcha una policía patriótica a juego con las cloacas del periodismo.

 Parte de las disparatadas acusaciones y estrategias que se han lanzado estos días en la prensa y en el parlamento tienen que ver con ese sentido del Estado como propiedad particular. Y aquí me parece que radica el verdadero problema de la actualidad española, que no es la crispación de la derecha, sino su estrategia de utilizar las instituciones del Estado para actuar al margen del parlamento y compensar así la pérdida de las últimas elecciones. Hay que vivir con la esperanza de que no puedan conseguirlo, pero en el intento se degradan espacios tan importantes para la democracia como las Fuerzas de Seguridad y el Poder Judicial. Su buena imagen es imprescindible para sostener el prestigio cívico que necesita su labor. Después de los años duros de la represión franquista, la democracia consiguió dignificar la imagen de la Guardia Civil. Utilizarla sectariamente es una operación demasiado triste.

Triste también es el uso de los muertos. Víctimas que son de todos se aprovechan con intereses sectarios. Además de la penosa manipulación de los dolores causados por ETA, esgrimidos a veces contra aquellos que lograron acabar con ella, soportamos después la escandalosa mentira política en los atentados del 11 de marzo de 2004. Con los cadáveres todavía encima de los andenes, se buscó apoyo en la prensa para culpar a quien no correspondía con un electoralismo sin pudor y macabro. Los mismos periódicos de entonces pretenden ahora culpar de la gravedad de la pandemia a la gestión del Gobierno, olvidándose de nuevo de todas las noticias que llegan del resto del mundo.

 Los procesos corruptos de privatización, la confusión de la política con el crimen organizado en instituciones de Madrid y Valencia, la manipulación identitaria de las diferencias nacionalistas para encubrir sus desafueros y el empobrecimiento de la mayoría social provocaron una dinámica en la que el PP perdió las elecciones. Hoy no puede hablar con las derechas vascas y catalanas. Y por el camino, además, se partió en tres debido a los rencoreLeo la frase que titula este artículo en una carta de María Zambrano sobre la experiencia del exilio español. Como la lectura y las palabras son rabos de lagartija que no pueden quedarse quietos, la frase tira de mí hacia el presente y me pone a pensar en el hoy de la realidad política española.

Con ánimo de imparcialidad, decimos que la política está crispada. Pero a veces la apariencia de imparcialidad es una máscara, una mentira suave, porque lo sucedido en nuestra realidad es algo más preciso: la derecha española está crispada, vive en el delirio de la ofensa y se define en la pérdida del sentido de Estado y del pudor político. Sus adversarios han pasado a ser enemigos, delincuentes que merecen la acusación de terroristas, falsificadores y culpables de la epidemia.

 Pero el extremo nos sirve también para pensar en la historia inmediata que explica el presente, el tiempo de hoy en el que la preocupación verdadera no es el extremismo, sino la carencia de una derecha democrática honesta desde el punto de vista político e intelectual. Derecha extrema hay en Francia, Alemania, Austria o Bélgica, pero los demócratas establecen con naturalidad líneas de contención. Lo que resulta una desgracia es que en España el extremismo faccioso marque el rumbo de una derecha democrática sin duda imprescindible.

La derecha española no acepta su papel en la oposición. Creo que la razón principal deriva de una debilidad: durante años ha tendido a desbordar el parlamento y la legítima representación política, confundiéndolo con el Estado y el funcionamiento de las instituciones públicas. Así, por ejemplo, un gobierno conservador gestionó la crisis económica de la pasada década y aumentó las desigualdades en su dinámica neoliberal. Al mismo tiempo, para defenderse, procuró invadir las instituciones del Estado, controlando sectariamente el poder judicial o poniendo en marcha una policía patriótica a juego con las cloacas del periodismo.

 Parte de las disparatadas acusaciones y estrategias que se han lanzado estos días en la prensa y en el parlamento tienen que ver con ese sentido del Estado como propiedad particular. Y aquí me parece que radica el verdadero problema de la actualidad española, que no es la crispación de la derecha, sino su estrategia de utilizar las instituciones del Estado para actuar al margen del parlamento y compensar así la pérdida de las últimas elecciones. Hay que vivir con la esperanza de que no puedan conseguirlo, pero en el intento se degradan espacios tan importantes para la democracia como las Fuerzas de Seguridad y el Poder Judicial. Su buena imagen es imprescindible para sostener el prestigio cívico que necesita su labor. Después de los años duros de la represión franquista, la democracia consiguió dignificar la imagen de la Guardia Civil. Utilizarla sectariamente es una operación demasiado triste.

Triste también es el uso de los muertos. Víctimas que son de todos se aprovechan con intereses sectarios. Además de la penosa manipulación de los dolores causados por ETA, esgrimidos a veces contra aquellos que lograron acabar con ella, soportamos después la escandalosa mentira política en los atentados del 11 de marzo de 2004. Con los cadáveres todavía encima de los andenes, se buscó apoyo en la prensa para culpar a quien no correspondía con un electoralismo sin pudor y macabro. Los mismos periódicos de entonces pretenden ahora culpar de la gravedad de la pandemia a la gestión del Gobierno, olvidándose de nuevo de todas las noticias que llegan del resto del mundo.

 Los procesos corruptos de privatización, la confusión de la política con el crimen organizado en instituciones de Madrid y Valencia, la manipulación identitaria de las diferencias nacionalistas para encubrir sus desafueros y el empobrecimiento de la mayoría social provocaron una dinámica en la que el PP perdió las elecciones. Hoy no puede hablar con las derechas vascas y catalanas. Y por el camino, además, se partió en tres debido a los rencores de un líder que no acepta haber pasado a la historia como una calamidad internacional. Para volver al poder, junto a la grave imprudencia de socavar el prestigio de instituciones públicas necesarias, sus herederos pretenden cargarse de razón con viejas mentiras, encubriendo a voces crispadas la responsabilidad de sus mayores en la degradación de la sanidad pública y de las residencias de ancianos.

No es eso lo que necesita la democracia española. Tampoco lo que necesita la consolidación de una derecha democrática. Más que cargarse de razón, conviene que se despoje de sus sinrazones. Y si se compromete a este proceso, creo que nos ayudará a todos, ayudará a la nación, tan necesitada de despojarse de sinrazones para cargarse de razón. Razón poética, por acabar como empecé, y volver a la lectura de María Zambrano.

s de un líder que no acepta haber pasado a la historia como una calamidad internacional. Para volver al poder, junto a la grave imprudencia de socavar el prestigio de instituciones públicas necesarias, sus herederos pretenden cargarse de razón con viejas mentiras, encubriendo a voces crispadas la responsabilidad de sus mayores en la degradación de la sanidad pública y de las residencias de ancianos.

No es eso lo que necesita la democracia española. Tampoco lo que necesita la consolidación de una derecha democrática. Más que cargarse de razón, conviene que se despoje de sus sinrazones. Y si se compromete a este proceso, creo que nos ayudará a todos, ayudará a la nación, tan necesitada de despojarse de sinrazones para cargarse de razón. Razón poética, por acabar como empecé, y volver a la lectura de María Zambrano.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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