Opinión

Publicado el febrero 14th, 2021 | Por Luis García Montero

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Memoria y democracia

El valor decisivo de la memoria colectiva se ha unido casi siempre en los debates españoles a las reivindicaciones de la izquierda. Se trata de una dinámica lógica porque durante muchos años la dictadura de Franco legitimó su poder en el olvido y en la manipulación de los hechos. Luchar contra el silencio suponía una hermandad imprescindible entre el conocimiento, las libertades y el homenaje a las víctimas.

Que los restos del dictador permaneciesen más de 40 años en un monumento nacional para recibir las devociones de sus deudos y nostálgicos, ejemplifica bien la extraña relación de la democracia española con la memoria. Que esa anormalidad se haya solucionado por fin, puede ejemplificar también que las cosas cambian, deben y pueden cambiar para el bien de la nación que compartimos.

 Creo que una de las tareas fundamentales que la memoria política tiene ahora por delante es la de ayudar a consolidar una necesaria derecha democrática. La extensión de los irracionalismos y el descrédito de las instituciones son enfermedades que afectan a las democracias más importantes del mundo. Los procesos comparten muchos códigos que van desde la demagogia mediática del expresidente Trump hasta el resurgimiento neonazi en Alemania o las otras mareas racistas que se extienden por Europa. Pero dentro de los códigos compartidos cobran valor las historias particulares, y España tiene la suya.

Me preocupa, por ejemplo, que los nuevos discursos antidemocráticos coincidan en España con la pérdida inevitable de la memoria viva de lo que fue la dictadura franquista. Han pasado muchos años y tenemos ya muchos inviernos encima los que experimentamos aquella realidad. Con frecuencia se cae en la trampa de comparar acontecimientos como si nada hubiese cambiado. Cuando se dice que en la democracia hay la misma corrupción que en la dictadura, cuando se confunde un error judicial con una justicia dictatorial o cuando se define como fascista a alguien que defiende ideas de derechas que caben en una democracia, se mezclan realidades que tienen muy poco que ver. La otra cara de la moneda es el consabido estalinismo-comunista-socialista-bolivariano de toda persona empeñada en no separar mucho los valores de la igualdad y la libertad.

 Creo que, a la hora de caer en los discursos del odio y las identidades cerradas, son hoy más peligrosos para la democracia española los que ya no pueden tener memoria viva de lo que supone en realidad una dictadura que los melancólicos atrapados en la nebulosa de sus recuerdos y sus hazañas bélicas.

La política española le debe a Adolfo Suárez la creación imprescindible de una derecha democrática. Más grave para la democracia que la personalidad de Trump ha sido la descomposición del Partido Republicano. La derecha política española debería ser consciente de que hay dinámicas corrosivas. La obligación de ejercer una oposición legítima a un gobierno de izquierdas no puede confundirse con un vértigo de desestabilización que ponga en peligro los intereses nacionales y nuestro crédito internacional. Lo pagamos todos desde un punto de vista social; pero desde una perspectiva política, lo acaba pagando en primer lugar la propia derecha democrática, desbordada por dinámicas de radicalización incompatibles con la convivencia y el intercambio de ideas.

 Aquí la memoria democrática tiene mucho que recordar. Cuando en las cortes republicanas los ámbitos más conservadores se movilizaron contra Azaña identificándose con Gil Robles, facilitaron un estallido golpista que acabó con la República y con el propio Gil Robles. Años después, al principio de nuestra democracia, Adolfo Suárez tuvo que dimitir para evitar un golpe de Estado, sintiéndose muy solo, porque nadie de su alrededor, y nadie es nadie, fue capaz de analizar, al margen de sus intereses más egoístas, lo que ocurría en España.

Ahora no existe peligro ninguno de golpe de Estado. Pero hay una dinámica de descrédito de la democracia y la política que está deslegitimando las instituciones y confundiendo la diversidad ideológica con una pulsión desquiciada. Tampoco viene mal aquí el recuerdo de otra lección de la memoria política: el derecho al voto es una exigencia de los demócratas, pero no una garantía de que un país sea gobernado por valores democráticos. En las urnas cabe todo. Así que la prudencia debe formar parte del equipaje de una democracia.

Si la memoria histórica sirve para recordar los campos de exterminio o las barbaries fascistas, debe servirnos también para aprender y recordar los errores de los demócratas. En este sentido, todos tenemos mucha tarea por delante.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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