Opinión

Publicado el enero 1st, 2021 | Por Luis García Montero

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Mi hija Elisa y el hijo del chofer

Ayer vino mi hija Elisa con su novio a comer a casa. Me trajo un táper con carne en salsa de las que hacía mi abuela Elisa. Desde que no vive con nosotros se ha hecho una magnífica cocinera. Almudena le enseñó muchas cosas, pero en su vida independiente ha perfeccionado por su cuenta el arte de dar bien de comer a los suyos. Pidió a mi madre, también Elisa, aunque todo el mundo la llama Chiqui, que le enseñase a hacer esa carne en salsa que a mí me gusta tanto.

Yo correspondo en la medida de lo posible, pero cocino muy mal. Lo poco que sé lo aprendí para preparar la cena de tres días a la semana en los que dormía conmigo, en Granada, mi hija Irene cuando su madre y yo nos separamos. Una sopa de arroz, un filete, tortilla de patatas, buenas tostadas para el desayuno… y poco más. Nunca temí por la alimentación de Irene, porque comía en el colegio, donde la recogía su madre a las tres de la tarde los jueves y viernes, y yo, o mis padres, los lunes, martes y miércoles. Cuando padre y madre trabajan, a veces en ciudades distintas, la vida se complica, pero con un poco de ayuda familiar, respeto y buena voluntad se sale adelante. Por ejemplo, yo cuelgo cuadros y monto muebles de Ikea cada vez que mis hijos hacen una mudanza en sus vidas.

 La carne en salsa de mi abuela me gusta mucho. Iba con frecuencia a comer a casa de mis abuelos. En las cenas de Navidad se comía pavo y se cantaba el Himno de los españoles patriotas, una composición que mi abuelo Adolfo, músico, había compuesto durante la Guerra Civil en Granada. Se comentaba en casa que Manuel de Falla no había acertado a componer el himno: por eso se lo habían encargado a mi abuelo y mi bisabuelo. No me gusta el pavo. Cuando cumplí años, seguí asistiendo a las grandes comidas navideñas de mi infancia, pero antes de subir a casa de los abuelos entraba en un bar y me pedía un buen bocadillo de atún. Luego me sentaba a la mesa con primas, primos, tías, tíos, padre, madre, abuela, abuelo y hermanos (ya por entonces creía en la igualdad de género), y picaba un poco de jamón y cantaba con todos ellos el Himno de los españoles patriotas. Así fue hasta que la muerte, la única catástrofe verdadera, me arrebató a mis abuelos. No resisto el grito de viva la muerte, ni me gusta ninguno de sus novios.

Mientras comemos la carne en salsa, dejo que mi hija saque el tema del día, un asunto familiar. Le digo que no se preocupe, que aunque los ataques van contra su padre y su madre, sólo a ella le pueden hacer daño, y si ella está bien podemos hasta reírnos y cantar cualquier himno. Como estamos hoy cuatro en la mesa y con el balcón abierto, no nos va a contaminar la pandemia. Mi hija pregunta por qué hay gente así. Le aconsejo la lectura de un libro de Jordi Amat, El hijo del chófer (Tusquets, 2020). Me levanto, lo busco en la biblioteca y leo: “Cada artículo oculta un parricidio”. Cuento la historia del periodista Alfons Quintà y vuelvo a leer: “Dañar. Intoxicar todo lo que pueda. Convertir la realidad en el cenegal donde habita su conciencia”. Un libro estupendo.

 El mundo que nos ha tocado vivir es así, dice mi hija, un barrizal. Yo le respondo que cada cual tiene y vive su suerte. Acabamos de ver en la televisión a una señora en las puertas del Congreso arremetiendo descompuesta contra la Ley de Muerte Digna. Nos van a matar a todos, estamos en peligro, repetía. El periodista Manuel Rico comentó poco después que esa señora no decía más que mentiras. Hay verdades propias que no son más que mentiras. Y hay gente que confunde la libertad con la ley del más fuerte y la dignidad con el derecho a imponerle al otro sus creencias. A mi hija Elisa le comento que podemos pedir que se respeten nuestras ideas siempre que no nos empeñemos en imponer nuestras ideas a los demás. Nadie va a imponerle a esa señora el uso de la eutanasia; por qué se empeña ella en imponernos sus ideas sobre el bautismo, el divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual y la eutanasia. Elisa y yo estamos de acuerdo.

Luego hago yo un chiste antes de abrir la caja de helado que me ha traído a casa mi hija Irene. Me gusta mucho la Stracciatella de Pallazzo. ¡Qué rica! Los que están en contra de la eutanasia o no se sienten capaces de morir con dignidad o no se fían de sus hijos. Igual uno se pone chocho y los suyos lo mandan a la otra vida sin necesidad. Yo estoy seguro de que Mauro y vosotras, aunque perdamos la cabeza, nos vais a tratar siempre con la dignidad que os merecéis y que Almudena y yo nos merecemos. Es un chiste, aclaro, sobre los que no confían en sus hijos. No vaya alguien a decir por ahí que considero la eutanasia como una invitación al asesinato. Tal y como está la cosa…

 

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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