Opinión

Publicado el noviembre 16th, 2020 | Por Luis García Montero

0

Negrín, mis hijos, la democracia y el presidente de EEUU

El jueves amaneció moribundo nuestro gato. La veterinaria nos había aconsejado hace semanas que le pusiésemos la inyección de despedida. Pero, como no estaba sufriendo, retrasamos la decisión, aunque era triste verlo cada vez más vencido y apenas alimentado de caricias.

Llevaba con nosotros 17 años. Mi hija Elisa lo encontró abandonado por su madre, lo trajo a casa y con la ayuda de sus dos hermanos nos convenció a Almudena y a mí de que debíamos quedárnoslo. Cuando estábamos argumentando todas las dificultades familiares para cuidar bien a un animal en nuestra situación, nos dijeron que habían decidido llamarle Negrín, ocurrencia que cortó en seco cualquier condena de exilio. No nos quedó otra respuesta que ponerle un plato de leche y aceptar que ya formaba parte de nuestra vida.

Quien haya tenido un animal en su existencia cotidiana sabe el vacío que deja su desaparición. No se trata de comparar con las vidas humanas, ni de perder las perspectivas de un mundo habitado por huracanes de injusticias, pero hay cosas humildes que también tienen su valor tremendo y que forman parte de los muebles, los rincones, las sábanas y el alma de nuestra casa. Son parte de nosotros y te dejan vacío cuando su enfermedad no es una molestia sino una preocupación íntima y su muerte no provoca una carroña sino un cadáver.

Mentiría si dijese que nada puede llenar el vacío que me ha dejado Negrín. Mis tres hijos viven ya fuera de casa, cada cual con su vida y sus animales. Pero estas últimas noches, cuando me acuesto sin tener que cerrar la puerta del dormitorio para que Negrín no se nos cuele en la cama, he tenido la sensación de que mis hijos estaban en casa, cada uno en su cuarto. Siento que Mauro, silencioso y meditativo, sigue ahí con su videoconsola y sus ordenadores. Siento que Irene baja a la biblioteca a buscar un libro para comprobar por décima vez un dato sobre el que duda en su historia de pintores y poetas vanguardistas. Y siento la risa limpia de Elisa que acaba de recibir un mensaje de cualquier amigo haciendo bromas sobre cualquier filósofo de la posmodernidad, uno de esos que antes estaban de moda y que ahora pertenecen al pasado, a mi pasado.

 Los tres están en casa, con nosotros, llenando el hueco que ha dejado Negrín, y apago la luz y pienso en su futuro y en las cosas que pudimos hacer mejor, que pude yo hacer mejor mientras ellos crecían, buscaban su vida, se iban de casa y nos dejaban con el gato. Pensar en el futuro supone siempre una meditación sobre el pasado. Es algo que merece la pena considerar tanto en la vida privada como en la pública. Se me cuela así, en esta melancolía familiar, la preocupación por la democracia, como un ruido nocturno o como la respiración de mi mujer, en parte porque se trata del futuro de mis hijos y en parte porque estos días que llevamos con las elecciones norteamericanas parecen una feliz pesadilla.

¿Qué está haciendo mal la democracia para que un personaje como Trump, con su maleta de odios, ridículos y mentiras, sea votado por tanta gente? Hablo de feliz pesadilla, me parece que la democracia ha conseguido derrotar a Trump, una nueva victoria del Demagogo hubiera significado el abismo. Ha vencido la democracia, eso es importante, pero no soluciona el problema, sólo nos da una nueva y feliz oportunidad para que pensemos en lo que estamos haciendo mal, muy mal, en los países democráticos. ¿Qué entendemos por libertad, igualdad, fraternidad, justicia, educación, cultura, información, trabajo, identidad, llaves de casa, peinados, mascotas, horarios nocturnos, estudios, regalos, amistades …? Aquí no hablamos de biología, no esperemos a que sea necesaria la inyección letal.

 La desaparición de Trump deja un vacío muy consolable que deberemos llenar con un ejercicio de conciencia si queremos que el mundo de nuestros hijos no sea una película de terror.

El mundo de nuestros hijos, la habitación de mis hijos, la muerte de Negrín, la democracia, murmullos de una noche de otoño, miedo y esperanza en las cañerías. La experiencia es una sabiduría que nace de lo que se pierde o de lo que se está a punto de perder. Una experiencia del amor y de la muerte. Tengo ganas de que amanezca para llamar por teléfono.

Tags:


Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver al Principio ↑

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.Convocatoria Cívica

ACEPTAR
Aviso de cookies