Opinión

Publicado el enero 22nd, 2019 | Por Luis García Montero

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Niebla, mi camarada.

He estado dos días en Burdeos para participar en un curso sobre Rafael Alberti que organizaron la Université Bordeaux Montaigne y el Instituto Cervantes. La lluvia minuciosa del invierno francés caía este jueves sobre el año 1990. La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado, escribió Borges en un soneto memorable.

 Hace casi 30 años acompañé a Rafael Alberti a Burdeos con motivo del Doctorado Honoris Causa que le concedió la Universidad. La lluvia de esta semana, después de tanta vida y tanta muerte, caía sobre las plazas de Burdeos caminadas en 1990, y sobre las aguas del río Garona en el que la memoria pudo bañarse por segunda vez, y sobre la casa en la que Goya vivió hasta su muerte, acompañado de Leocadia Weiss, la mujer con la que huyó del absolutismo de Fernando VII.

La lluvia es minuciosa, empapa el pasado y penetra hasta sus últimas habitaciones. La lluvia caía también sobre los cristales de muchas ventanas de El Puerto de Santa María, Cádiz, Granada, Madrid, Barcelona, Turín, Praga y otras ciudades que compartí con mi maestro. Caía sobre un viejo amor, sobre la Residencia donde fuimos una mañana a despedirnos de María Teresa León poco antes de su muerte desmemoriada. Caía sobre el aula de la Universidad donde leí en 1986 la tesis doctoral dedicada a sus libros escritos antes del exilio, entre 1924 y 1939. Y caía sobre las playas de un verano de 1977 en el que yo, estudiante universitario y joven con aspiraciones de poeta, aprendí con él a elegir palabras y guardar silencios como un marinero en tierra dispuesto a mezclarse con los ángeles hasta bajar al infierno.

En una ciudad y en una gota de lluvia caben muchas cosas. Vivo como la lluvia, Rafael Alberti es uno de los grandes poetas del siglo XX, aunque muchos prejuicios de carácter político y literario hayan querido cubrirlo de sombras. Frente a la pulcritud de los mediocres, los riesgos asumidos por su temeridad conquistaron esa antología de poemas imprescindibles que convierten una voz en un lugar decisivo. Un estilo de estar ante los estilos, esa fue la lección que nos dejó Rafael mientras leía todas las tradiciones con ojos de vanguardia.

Cuando yo empecé a escribir, me ayudó a comprender que el compromiso político no era incompatible con Garcilaso o Baudelaire. Cuando algunos camaradas disciplinados te acusaban de revisionista o pequeño burgués por escribir palabras heridas de intimidad, Alberti daba un buen ejemplo: había asumido a lo largo de su obra el conflicto histórico que hay en los sentimientos y el valor rebelde de la belleza, la verdad y la música. La verdad no siempre es bella, pero hay emociones propias que convierten la verdad descarnada en una forma de belleza. Un buen poema nunca es un panfleto, aunque el poeta baje a la calle y caiga a veces en la tentación de escribir panfletos de emociones retóricas. La retórica suena a falso si pierde la compañía honesta de su intimidad.

El abrazo entre poesía y realidad tiene mucho que ver con la alianza entre la vida y la historia. Los poemas de guerra se llenan de himnos, generales, insultos al enemigo y promesas de gloria eterna a los caídos bajo las banderas propias. Los mejores poemas escritos por Rafael Alberti en la guerra civil no están dedicados a un general victorioso, sino a unos soldados dormidos en una hora de calma, a una noche de amor en medio de un asedio o a un perro desorientado por un bombardeo. Rafael Alberti es un poeta decisivo porque puede tocar la vida que late por debajo de las metáforas y las consignas. Se mira a los ojos y se pregunta quién soy.

Pablo Neruda le regaló un perro durante los meses más duros de la defensa de Madrid. María Teresa y Rafael le llamaron Niebla, porque había aparecido en medio de la niebla. El poeta Javier Egea y yo recitamos muchas veces con Rafael los últimos versos de un poema que le dedicó en 1937: “Niebla, mi camarada, / aunque tú no lo sabes, nos queda todavía, / en medio de esta heroica pena bombardeada, / la fe, que es alegría, alegría, alegría”.

La verdad es que no tengo mucha fe, pero mi escepticismo y mi desorientación en la niebla de hoy se empeñan en conservar valores. Soy un escéptico con creencias. Por eso la lluvia que cae sobre 2019 moja en mi memoria años del pasado y del futuro. Y por eso recuerdo a un poeta comprometido que me enseñó a no olvidarme de la vida bajo las consignas de los comisarios políticos, más dañinos siempre que los indiferentes ante el dolor ajeno. Quien aprende a mojarse con la lluvia de la vida puede bañarse muchas veces en el mismo río.

En InfoLibrehttps://www.infolibre.es/noticias/opinion/columnas/2019/01/20/niebla_camarada_90958_1023.html

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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