Opinión

Publicado el enero 3rd, 2020 | Por Luis García Montero

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No es tiempo para radicalismos

De los muchos significados de la palabra radical, pienso ahora en el que tiene que ver con adjetivos como intransigente, extremoso, tajante o exagerado. Es verdad que las posturas extremas ayudan a entender con frecuencia la verdadera raíz de una ideología; pero prefiero quedarme ahora en la piel más ruidosa y visible del mundo que habitamos. Si la historia nos ha dado ejemplos abundantes de regresiones éticas hacia la injusticia, no resulta descabellado sentir que la voluntad democrática unida a lo mejor de los progresos sociales humanos vuelve a vivir momentos difíciles. Los viejos sermones del miedo y la soledad cuentan hoy con recursos tecnológicos que multiplican su poder frente a la razón. Por eso conviene ser prudentes y no caer en radicalismos.

 Creo que las grandes fortunas deberían sosegar sus ansias radicales de acumular riquezas. El emprendimiento, la creación de trabajo y la apertura de nuevos horizontes no puede confundirse con el empobrecimiento sistemático de las mayorías. Querer que las leyes, los partidos, las universidades, la ciencia y hasta las costumbres sociales con sus calendarios festivos se pongan al servicio de sus ganancias, me parece un ejemplo de radicalismo perverso.

También es un caso de radicalismo fundamentalista el empeño de acumular negocios millonarios sin pagar los impuestos justos que necesitan la convivencia y el sostén de los servicios públicos. Que la clase media sostenga el Estado, mientras las multinacionales deslocalizan sus contratos y navegan por los paraísos y las ingenierías fiscales es una dinámica de radicalismo neoliberal fundamentalista.

No es menor el radicalismo de los empresarios que hacen incompatibles sus proyectos económicos con el trabajo decente y la dignidad laboral. Quien deteriora el mundo del trabajo ataca el ámbito más importante de articulación social y los horarios cotidianos en los que las personas pueden realizar su vocación de vida.

Tampoco es mal ejemplo de radicalismo la actitud temeraria de desconocer la degradación del planeta. Negar los avisos de la ciencia, los efectos visibles en el clima, la contaminación de las ciudades, los abusos del tráfico, los deshielos, la desaparición de especies, la destrucción de selvas, la inestabilidad de las aguas y el avance de los desiertos es hoy una postura de radicalismo temerario.

Y para qué hablar del radicalismo que supone el empeño de mantener la desigualdad entre hombres y mujeres en la brecha salarial, la conciliación del trabajo y la vida privada y las condiciones de maternidad. Mientras la democracia lleva años demostrando que la verdadera libertad es inseparable de la igualdad y la fraternidad, vuelven a alimentarse posturas radicales de machismo que consideran ofensas de género los más justos avances sociales.

Otro síntoma de radicalismo abusivo es la falta de respeto a las creencias individuales. La cúpula de la Iglesia Católica está empeñada en mantener privilegios frente a otras creencias, manteniendo su verdad espiritual y mezclando aquello que es propio del museo global de divinidades con lo que es del César. Confundir la voluntad laica del Estado, máximo compromiso con la tolerancia de las creencias individuales, con una falta de respeto a la religión es otro caso extremo de radicalismo fundamentalista. La compasión con los pobres es incompatible con la apetencia radical de propiedades inmobiliarias.

Y también merece la pena señalar el radicalismo extremoso, tajante, intransigente y exagerado de los que pierden la vergüenza a la hora de mentir, falsear la realidad y anunciar catástrofes por culpa de unos acuerdos políticos oportunos y naturales para que las grandes fortunas paguen impuestos algo más justos, las grandes multinacionales no destruyan el planeta y las grandes mayorías sociales no sean desamparadas en sus condiciones de trabajo. Confundir la normalidad democrática y constitucional con una amenaza de catástrofes irreversibles es un ejercicio propio de radicales sin pudor.

La democracia progresista debe hacerse dueña del sentido común para establecer una vida común con sentido. El capitalismo neoliberal es hoy la única ideología revolucionaria, rupturista y radical que amenaza a las sociedades europeas. Por eso es importante que los defensores de la democracia social sean prudentes y defiendan con una firmeza tranquila su herencia ética y su compromiso solidario de futuro.

En el caso de España, el impudor neoliberal tiene como gran aliada la disputa nacionalista. Siempre ha venido muy bien enmascarar el deseo supremacista de no pagar impuestos y de acumular riquezas con exaltados debates de identidad nacional. Las palabras suelen saber mucho más de lo que dicen. Parece inevitable que el sentido superficial de la palabra radical (extremoso, intransigente, tajante o exagerado) acabe apuntando a la verdadera raíz de los asuntos.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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