Opinión

Publicado el marzo 5th, 2017 | Por Luis García Montero

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Perder el juicio

Juan de Valdés hizo unas distinciones interesantes entre el ingenio y el juicio en su Diálogo de la lengua. Se refería a asuntos de estilo emparentados con las formas de pensamiento. Las ocurrencias llamativas del ingenio le interesaban menos que el buen juicio, la sostenida modestia de pensar de una manera más coherente que llamativa.

Me acuerdo del humanista español al escuchar las conversaciones que se han puesto de moda en España a la hora de valorar las sentencias de los tribunales o de exigir que se aplique la ley contra algunos comentarios de Twitter o contra un autobús adornado por el integrismo católico. En España se están encontrando argumentos muy ingeniosos para justificarlo todo, pero estamos perdiendo el juicio (o los juicios).

La ley es el marco de la vida social. En sociedades feudales o totalitarias, domina la ley del más fuerte. En sociedades democráticas, se procura una ley justa que dibuje un marco de convivencia. Pero como las situaciones reales no son justas y como la igualdad es un deseo más que un hecho, las interpretaciones de las leyes, incluso en la democracia, son un síntoma de los vientos que corren. Sí, las leyes del derecho y el deber no son leyes físicas, dependen de la interpretación humana y siempre queda un margen para la voluntad del que toma decisiones sobre los delitos y las penas.

Durante las épocas progresistas el derecho se fuerza dentro de la ley para favorecer la libertad de la ciudadanía y el apoyo a los de abajo; durante las épocas reaccionarias, la ley se fuerza, e incluso la ley queda fuera de la ley en defensa de las élites, convierte los derechos en delitos y trata con mano dura a los más desfavorecidos. Mientras se flexibilizan las posibilidades fiscales para que las grandes fortunas eviten pagar impuestos justos, se rompen los convenios internacionales a la hora de tratar de forma digna a los refugiados. Mientras se juzga de manera blanda a los corruptos que saquean el patrimonio público, se emplea una contundencia desmedida para una sindicalista que participa en una huelga general o para el ratero que roba en un supermercado o que intenta sacar 100 euros del banco con una tarjeta que acaba de encontrarse.

Leyes duras para los desahucios, leyes mordazas para la libertad de expresión y protesta, leyes justicieras para impedir la reinserción de los condenados o convertir en un infierno la vida en las cárceles, leyes…

La ley es algo más que una noticia en la prensa. Una vez olvidados los titulares, el espíritu de la ley marca happy wheels demo la vida cotidiana de las personas. Llegamos a respirar su aire limpio o su humo contaminante.

Aunque haya dejado de ser actualidad, recuerdo con frecuencia a Alfonso Fernández Ortega, Alfon, un muchacho de Vallecas que fue detenido el 14 de noviembre de 2012, un día de huelga general. La policía lo acusó de llevar en la mochila dos aerosoles, dos botellas de gasolina y petardos. Pasó 56 día en la Prisión de Soto del Real hasta salir en libertad condicional. El juicio se celebró en noviembre de 2014 y la Audiencia Provincial de Madrid lo condenó a 4 años de cárcel. Muchos representantes de la izquierda política y de la cultura nos movilizamos para protestar por el trato que se le daba a Alfon. Como demostraron otros casos de sindicalistas, se había puesto de moda que la policía inventase pruebas falsas para cumplir las órdenes de un ministerio decidido a autodefenderse de sus excesos y a convertir la protesta política en delito.

El espíritu de las leyes mordaza se encarnó en la figura del ministro Fernández Díaz, católico integrista capaz de justificar que las fuerzas de seguridad cumplían con su obligación cuando disparan balas de goma sobre inmigrantes que se estaban ahogando en las costas de Ceuta, o capaz de montar una policía paralela para incriminar a políticos de ideología contraria, o capaz de poner multas desorbitadas por un chiste en una red social o por la participación en una protesta pública.

Esta interpretación reaccionaria de la ley es la que estos días estamos viendo en los tribunales. Se puede ser durísimo con un muchacho activista, pero la blandura se adueña de las sentencias, las libertades condicionales y las fianzas cuando se trata de juzgar al cuñado de un rey o al entramado económico del PP.

Me temo que el humo nocivo de Fernández Díaz se apodera de nosotros cuando pedimos la criminalización de un autobús propiedad del integrismo católico que expresa sus ideas sobre la sexualidad y la educación de los niños y las niñas. Tenemos derecho a exigir al Gobierno que deje de prestar ayudas públicas a fundaciones de carácter cavernícola. Pero no podemos convertir en delito la expresión pública de un credo religioso. Si amparar los derechos de las minorías es un signo de interpretación progresista de la ley, convertir en delito la libertad de opinión puede empujarnos a un vértigo contrario.

Conviene delimitar muy bien lo que es la libertad de expresión, el atentado contra la inocencia infantil o la incitación al odio y la violencia… A ver si vamos a acabar todos en la cárcel.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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