Opinión

Publicado el junio 28th, 2020 | Por Luis García Montero

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¿Pero de verdad vas a ponerte a escribir un poema?

Theodor Adorno, herido por el curso de la modernidad y por los pasos descarnados de sus sociedades, nos lanzó una famosa afirmación: escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie. Los campos de concentración y los bombardeos crueles de la Segunda Guerra Mundial, con el final aterrador de la violencia atómica, obligaban a sentir vergüenza humana de palabras como ciencia, tecnología, cultura y progreso.

Detrás de la ciencia y la tecnología está el ser humano, es decir, los sentimientos y los intereses que legitiman sus razones. Fue todo un espectáculo ver a oficiales nazis conmovidos en un concierto de música clásica antes de apretar el botón de la cámara de gas. ¿Podía respetarse la cultura de una sociedad que desembocó en la matanza científicamente organizada?

Y se trataba de una pregunta en el siglo XX. Hay muchos motivos para sentirse avergonzados por la condición humana. Volver la vista al pasado es enfrentarse a una sucesión de dogmas, avaricias y ambiciones de poder resuelta en sangre. Pero Adorno no sentía vergüenza sólo como ser humano, sino como miembro de nuestra cultura de la modernidad, esa que había cultivado palabras como libertad, igualdad, fraternidad, democracia, socialismo, progreso… ¿Era posible seguir creyendo en ellas?

Hay preguntas que no perturban en la intimidad a no ser que uno quiera abandonarse a la demagogia. Estos días hemos visto que en los EEUU se dieron agresiones contra la memoria de Cervantes y Fray Junípero Serra. Resulta curioso que se metan por medio en la lucha contra el racismo a personas que en sus vidas y labores apostaron de manera clara por la dignidad humana.

 Había escrito que este tipo de acciones eran el resultado de una falta de cultura, propia del nuevo analfabetismo programado en las sociedades contemporáneas. Pero he vuelto atrás en la pantalla para borrar, porque me parece que criticar a Cervantes o a Fray Junípero no es propio de la incultura, sino de un peligroso movimiento intelectual crítico que se ha convertido en el mejor aliado de la cultura neoliberal. Perderle el respeto a la historia sacraliza un presente en el que siempre se ve favorecida la ley del más fuerte. Trump debe estar muy divertido al ver que las denuncias legítimas contra su racismo se enturbian y enmascaran gracias a actos disparatados contra Cervantes.

Los peor es que no se trata de una estrategia sólo coyuntural. No tiene ningún sentido pedirle cuentas, estén bien o mal pedidas (en este caso muy mal pedidas), a un personaje del siglo XVI, después de haber visto a Hitler, Stalin, Franco, Videla o Pinochet en el siglo XX. Porque esos nombres sí rozan la intimidad del mundo en el que vivimos. El mundo en el que George Floyd, mientras agonizaba con una rodilla blanca y uniformada sobre su cuello, gritó no puedo respirar ante las pantallas y la tecnología modernísima de una realidad llena de miseria, que destruye los cuidados públicos y favorece las muertes por hambre de millones de personas. No, no podemos respirar, el neoliberalismo está destruyendo nuestras sociedades y nuestro planeta. Y ahora, cuando el neoliberalismo ha quedado desmentido de manera radical por la pandemia, es de temer una reacción también radical para no verse privado de sus privilegios.

 Por eso hay que preguntarle al pensamiento crítico si sus sospechas sobre el poder, el amo, el Estado, la autoridad van a seguir defendiendo el fluido de un deseo libre incontrolado o si es pertinente darle una segunda oportunidad a la Ilustración. Claro que no puede ser una reivindicación ingenua de la Verdades razonables. Hemos aprendido bien los intereses de predominio económico, patriarcal y colonial que había en la defensa de muchas Verdades eternas y naturales. Pero la sospecha debe también sospechar sobre sí misma y calcular el momento en el que pasa de crítica del poder establecido a aliada contra cualquier poder que intente solucionar las injusticias establecidas.

Sí, me voy a poner a escribir un poema después de Auschwitz, el neoliberalismo y el coronavirus. La catástrofe no se combate con la negación del mal, pero tampoco con la renuncia a una intervención del ser humano para poner la casa en orden. Escribo ese poema porque necesito una política, un Estado, unas instituciones, una ciencia y una tecnología que necesiten un poema y trabajen en favor de la dignidad humana.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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