Opinión

Publicado el enero 6th, 2020 | Por Luis García Montero

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Querido don Antonio, querido don Manuel

En la sede central del Instituto Cervantes se ha abierto una exposición sobre sus vidas y sus ilusiones literarias gracias al archivo familiar que custodia la Fundación Unicaja. Se ha abierto también con este motivo un buzón permanente para que sus lectores puedan escribirles a ustedes algunos de esos recuerdos inolvidables que nacen con un libro entre las manos y las consideraciones que cada cual considere oportunas. Ya saben la significación histórica que alcanzaron sus personalidades a raíz del desgraciado golpe militar de 1936 y de los años posteriores de guerra y dictadura. Son ustedes algo más que dos buenos poetas.

Resulta difícil que los documentos despierten emociones en una exposición. En este caso brotan una y otra vez en la memoria de una familia marcada por la Institución Libre de Enseñanza, en los detalles editoriales de sus primeros libros, sus colaboraciones teatrales y las distancias abiertas por la maldita guerra civil. Es emocionante que el respeto mutuo y el amor fraternal que se demostraron en la vida, incluso cuando el levantamiento militar los situó en bandos distintos, quede reflejado también en los papeles familiares más íntimos. Vivimos tiempos en los que se agradece cualquier condición que nos salve del odio, las mentiras y las crispaciones.

Yo tengo demasiada edad para creer buena una equidistancia que suponga el olvido, el relativismo y el perdón sin memoria. Como me conocen los dos por las muchas horas que hemos pasado juntos durante más de 50 años, saben que siento mucha más cercanía con don Antonio, su Leonor, su Juan de Mairena y su destino. Pero también he leído y vivido demasiado como para asumir caricaturas que impidan comprender la realidad compleja de los demás. Por mucho que firmase su adhesión al Régimen militar y escribiese en honor de Franco, lo conozco demasiado, don Manuel, como para saber que usted nunca fue un fascista.

Cuando le sorprendió el golpe en Burgos y los facciosos le detuvieron para fusilarlo, comprendo que quisiera salvar la vida y que se valiese de las amistades religiosas de su mujer y de sus amigos poetas que sí eran fascistas. Sigue siendo una maravilla el soneto que escribió en Apolo (1910) sobre Goya y los fusilamientos del 2 de mayo. Su mirada compasiva sobre la gente de abajo que en cualquier guerra es “carne de cañón” se corresponde con su identificación bohemia en la mala vida y la precariedad de los habitantes nocturnos de las ciudades. La misma verdad con la que valoro el sacrificio de los que perdieron su vida por ser leales a sus ideas, me sirve para comprender a quien se vio arrastrado por las circunstancias. Muchos torturados del franquismo me enseñaron que la entereza más profunda no viene de la soberbia de los héroes, sino de la resistencia del amor.

Hay que tener mucho cuidado con las circunstancias, nos diría aquí Juan de Mairena, ese escéptico con creencias que nunca quiso sentirse superior a la historia, pero que tampoco se dejó arrastrar por la fuerza de los acontecimientos. Y ya sabemos que los acontecimientos suelen ser o presentarse como fuertes en manos de los que revuelven las aguas del río en busca de sus propias ganancias. Por eso nunca viene mal poner los pies en tierra firme y sentarse a hablar. Conversar es decir y escuchar. Se trata de una voluntad en la que conviene insistir hoy más que nunca.

Hijos de Demófilo, ustedes dos creyeron en el pueblo y su folclore como un tesoro humano de sabiduría. Pero los vientos actuales se han llevado el folclore y extienden por las redes muchos malos instintos de gente invitada a decir lo que piensa sin pensar lo que dice. Somos carne de desamparo y de falsas noticias. Por eso debemos poner los pies y las manos en la tierra. No podemos dejar que las realidades virtuales sustituyan a las experiencias de carne y hueso. Y tenemos que echar al agua nuestras propias redes. En el buzón del Instituto Cervantes se ha colocado también una urna que junta tierra del Palacio de las Dueñas de Sevilla, la antigua Biblioteca Municipal de Madrid en la que trabajó don Manuel, el cementerio civil en el que descansan Francisco Giner de los Ríos y Antonio Machado Núñez y el cementerio de Colliure.

Uno de los documentos más emocionantes de la exposición es la carta de José Machado en la que cuenta a la familia la muerte de la abuela Ana y el tío Antonio en el exilio de Colliure. Con dudas y tachones escribe que está preparando las cosas para que, si llegase un día favorable, sus restos puedan volver a su patria. Hoy, y usted estará de acuerdo, don Antonio, el cementerio de Colliure se ha convertido en un testimonio histórico para la memoria del exilio republicano. No sería justo borrar esa huella. Pero también da rabia no poder cumplir su deseo de regresar a casa ahora que la historia ya es favorable. Habrá que inventarse algo.

Mientras tanto, don Antonio, le gustará saber que su patria no sólo vive en una democracia equiparable a las del resto del mundo, con sus luces y sus sombras, sino que está a punto de convertirse en la vanguardia de una Europa social dispuesta a defender los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad frente a los nuevos brotes de supremacismo e intolerancia. El reto, como siempre, está en conseguir que las gotas necesarias de sangre jacobina no pierdan su voluntad de ser buenas, en el buen sentido de la palabra bueno. Les confieso a los dos que yo, otro escéptico con creencias, estoy ahora ilusionado.

Con esa ilusión, don Antonio, don Manuel, me despido de ustedes y les envío un abrazo agradecido.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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