Opinión

Publicado el noviembre 28th, 2018 | Por Luis García Montero

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Sobre el amor

Hay escenas de la vida cotidiana que parecen una intervención en un museo de arte efímero o un documento para meditar en un congreso filosófico sobre lo inmediato. Camino de la estación de Sants, el tráfico en las calles de Barcelona es cada vez más lento. Por eso el viajero puede entretener la mirada en los detalles que rodean el andar del taxi. De pronto ve a un mendigo que duerme sobre un banco cubierto de cartones. En uno de ellos puede leerse un aviso fuerte: “Muy frágil”.

 No sé qué tipo de mercancía transportó la caja de cartón que hoy sirve para defender del frío y la llovizna a un cuerpo humano. Tal vez llevara un cargamento de esos aparatos tecnológicos tan perfectos en su modernidad que están diseñados con una fecha veloz de objeto caduco. La candente actualidad se llena de acontecimientos ruidosos como las bocinas de los coches. Discusiones airadas, malentendidos, mentiras galopantes, banderines de enganche, pitos y palmas, que pasan con prisa, aunque estén detenidos, junto a la fragilidad de un cuerpo.

¿Qué aporta la paciencia necesaria para atender la fragilidad de los cuerpos? Sólo el amor, su conciencia de que necesitamos vivir juntos por pura dependencia, por una verdadera debilidad. Las bocinas de los coches suenan a líder carismático, joven sin complejos, voz capaz de cantar las cuarenta, personalidad prepotente y ufana tan exigida por tiempos que dicen correr en medio del atasco y la incertidumbre. El amor, sin embargo, reúne a los cuerpos y las ilusiones por pura necesidad del otro. No la audiencia capaz de aplaudir, sino el otro dispuesto a sonreír mientras comparte su necesidad de cuidar o de ser cuidado. Nos reúne la debilidad.

La palabra compromiso murmura a la vez el vínculo y la promesa, el con de estar juntos y el pro del progreso. Sentir amor es tomar conciencia de un futuro compartido. Es significativo que el lenguaje haya unido en la palabra compromiso la vocación social y el acuerdo amoroso. Los enamorados y los activistas son personas comprometidas, personas que buscan su fuerza en la fragilidad. El deseo de sacar al espacio público los cuidados que suelen darse en un hogar convierte a la salud, la educación y la justicia en una aspiración política. Son la intimidad de la política, su razón de ser, la vacuna contra el sectarismo, la corrupción y las vanidades.

Son las personas que nos necesitan las que nos hacen como somos. La verdad del amor no tiene que ver con la fidelidad, sino con la lealtad. Que cada cual organice sus relaciones privadas como quiera, pero la fidelidad política corre el peligro de convertirse en consigna, en obediencia convencional o ciega, en instinto capaz de matar. La lealtad es compatible con la libertad y aporta otros matices, otro instinto, la fuerza de estar dispuesto a sacrificarse por alguien, un acto de entrega cuando resulta necesario, no de conquista.

Es la metáfora callejera que vuelve a mi recuerdo: un cartón con el aviso de “muy frágil” cubre al ser humano en las primeras décadas del siglo XXI. Siempre ha sido así, pero llevamos tiempo empeñados en olvidarlo. El orgullo que quiso convertir en máquinas a los cuerpos y a los Estados corre el peligro de desembocar en una fecha de caducidad calculada, un desierto de ruidos sin memoria, sin amparos, sin entendimientos, sin cuidados, sin amor. Escribir es cuidar las palabras para darse al otro, preparar una habitación en espera del otro. Necesitamos aprender a esperar y aprender a llegar.

Alguien abre con su llave la puerta de una casa o alguien que espera sentado junto a una ventana oye el rumor de unos pasos en la entrada. Hola, hola, suenan las palabras en la penumbra. El hola del que llega es una pregunta en forma de saludo, ¿estás ahí? En forma de hospitalidad, también es una pregunta el hola del que espera, ¿has llegado? Abrir un libro o una conversación supone un decirse hola entre el autor y el lector en una casa común, un deseo de cuidar las palabras, cuidar la casa para la cita, cuidarse. ¿Nos entendemos?

Escribo de amor porque estoy fatigado de la actualidad candente, de la prepotencia de los ruidos mentirosos. Escribo de amor porque me gusta tocar y ser tocado cuando hablo de libertad, miedo, humillación o dignidad. Escribo de amor porque celebro el olor a tierra húmeda y el aire limpio de la mañana. Escribo de amor porque cada vez soy más revolucionario con las cosas de nunca y más cuidadoso con las cosas de siempre. Escribo de amor porque he visto el cuerpo de un mendigo olvidado por el tráfico de la ciudad, un cuerpo muy frágil cubierto de cartones.

En InfoLibre https://www.infolibre.es/noticias/opinion/columnas/2018/11/18/sobre_amor_88929_1023.html

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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