Opinión

Publicado el noviembre 12th, 2018 | Por Luis García Montero

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Somos como niños

En el otoño de 2005 viajé por primera vez a Morelia. El cambio de horario hizo que me despertara muy pronto y salí a pasear por la ciudad mexicana casi con el amanecer pegado en los talones. Un azar provocado me llevó hasta el colegio en el que fueron acogidos 456 niños españoles por el gobierno de Lázaro Cárdenas en junio de 1937.

 Después del golpe de Estado de 1936, las democracias europeas, encerradas en sus miedos y en sus mezquindades, abandonaron a la República española. Suerte difícil la de un país dejado en manos de Hitler, Mussolini y Franco. México fue uno de los pocos apoyos desinteresados que tuvo el Gobierno legítimo. Emociona revisar en los fondos documentales de la Biblioteca Nacional de este país, memoria preservada hoy por la UNAM, las cartas en las que los diplomáticos españoles y mexicanos intentaron ayudar a la gente durante la Guerra Civil y en los años siguientes, cuando se produjo la Victoria del ejército golpista. Las razones de Estado pueden servir para provocar canalladas o para salvar vidas.

Cuando hacemos memoria, los ojos se nos suelen ir a los grandes líderes, los escritores famosos y los héroes o los canallas. Pero esa Historia se convierte en una falsificación si la separamos de la vida de la gente, del tejido anónimo de las personas que se levantan cada amanecer para recorrer las ciudades con sus ilusiones y sus miedos. Aquel amanecer de 2005 me llevó al internado y al barrio en el que los niños de Morelia fueron acogidos para salvarlos del hambre y los bombardeos de una guerra salvaje. La derrota hizo que la distancia fuera a veces definitiva.

Preciso que no sólo fui al internado, sino al barrio, porque la solidaridad tiene siempre su cara y su cruz. El vecindario de Morelia se escandalizó del poco respeto que mostraban esos niños por las iglesias y los nombres sagrados. Los que se acercaban a la adolescencia, dejaron claro desde el primer momento a qué cultura combativa y anticlerical pertenecían. El ser humano está lleno no sólo de luces y sombras, algo en el fondo fácil de comprender y llevar, sino de sombras luminosas y luces sombrías, realidad que hace mucho más complejo el devenir de la Historia y las situaciones de la Vida.

Desde aquel 2005 he tenido oportunidad de hablar con alguno de aquellos niños o con sus descendientes. La historia hermosa de la solidaridad y de la dignidad antifranquista conoció también sombras, recuerdos punzantes, la dureza a la hora de juzgar las múltiples razones de unos padres que se separaban de sus hijos, la actitud de algún maestro republicano capaz de robar las pocas pertenencias de los alumnos durante la travesía, las ardientes incomprensiones ya en Morelia, a veces el maltrato, los abusos sexuales que llegaron a sufrirse. Sombras en el deseo luminoso de salvar del horror y darle un oficio a un grupo de niños y niñas asaltadas por la barbarie internacional.

 En el otoño de 2018 he podido visitar el cementerio civil de Morelia. Las tumbas recuerdan un sueño roto y mantienen la memoria de alguno de esos niños muertos en accidentes o por enfermedad a los pocos meses de llegar. Luis Dader García, Tárcila García Sorulla, Francisco Nevot Satorres… Sus tumbas tienen forma de puño cerrado o de bandera republicana, y repiten una misma historia. No se dan sus años de nacimiento; entran en la Historia por la fecha de su muerte. Tárcila fue una niña: “Víctima de la barbarie fascista que la alejó de sus padres y de su patria y que vivió en México bajo la custodia del Gobierno del señor General Lázaro Cárdenas”.

 

 Me emociono ante esas tumbas y me veo, nos veo a todos, como una niña desamparada, recién peinada y miedosa, con su maleta de cartón, con su pobreza y su soledad, dispuesta a viajar por la vida, su vida, bajo la mirada firme de la Historia. Esa Historia oficial, con sus generales y sus héroes, que nos trata como a niños. Pero muchos de nosotros somos ya mayores de edad y responsables de intentar que Historia y Vida no se separen a la hora de escribir un relato, el camino que nos lleve a un mundo más digno, más justo, más feliz. Y también a la triste emoción de unas tumbas lejanas.

https://www.infolibre.es/noticias/opinion/2018/11/11/somos_como_ninos_88661_2002.html

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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