Opinión

Publicado el diciembre 13th, 2018 | Por Luis García Montero

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Desde la primera vez que leí Las mil y una noches he tenido claro que el deseo de contar historias es un acto de rebeldía contra la muerte y el olvido. La voz de Sherezade relata acontecimientos asombrosos para no ser ejecutada por el escarmentado rey Shahriar. Su memoria y sus imaginaciones condensan el sentido de esta rebeldía. Sentimos que las palabras, las intrigas y las sorpresas retrasan el momento de la desaparición, la suya y la nuestra. Sherezade juega con la curiosidad del que escucha: contar es una búsqueda de interlocutor.

La conciencia de la muerte nos hace humanos porque supone la verdadera pregunta sobre el sentido de nuestra vida. Son los finales los que ordenan la escritura, los detalles y las curvas de una historia narrada. Cuando alguien muere, cuando alguien cierra para siempre los ojos en una mansión de lujo o en el banco callejero de un mendigo, desaparece un modo de ver el mundo, una memoria de los sabores y la luz, un sedimento de experiencias con nombres, miedos, ilusiones, costumbres, alegrías y heridas. Escribir es una forma de negarse a esa desaparición, un intento de dejar huellas o encender hogueras en la oscuridad.

Las mil y una noches enseñan también que las palabras y sus relatos son una forma de poder. El que escucha cae en la seducción del relato, y los relatos ordenan el mundo, reclaman una fuerza semejante a la del Efrit que irrumpe, el ser mitológico de las leyendas árabes, una fuerza amenazadora capaz de cometer acciones cruentas con los personajes que se cruzan en su camino o de comportarse de forma generosa a la hora de conceder deseos. Los cuentos de Las mil y una noches, por ejemplo, hablan de mujeres tramposas, engañadoras, sometidas a la lascivia, la mentira y la avaricia de su mala condición.

El relato no es sólo un modo de oponerse al desorden y la nada, sino una forma determinada de ordenar el mundo, la identidad de los seres humanos, su condición, sus ilusiones. Bajo la realidad descarnada y funeral que vivimos, cuando la sospecha sobre las bellas palabras se extiende como descrédito de cualquier relato, recuperar la ilusión es una tarea necesaria, pero también una responsabilidad, una exigencia de meditación sobre el orden. ¿Cómo ordenamos el relato? ¿De qué modo situamos la palabra mujer, esposa, hija, marido, padre, hombre? ¿Qué hacemos con el amanecer, la tormenta, el castigo, la compasión, el deseo, el trabajo, la vida y la muerte?

Domina el viento quien domina el relato. Las noticias jerarquizadas por los medios clásicos de comunicación intentaron durante años quitarle el relato a la literatura en nombre del poder. Hoy son las redes sociales las que sustituyen cualquier tipo de relato por una tormenta de fragmentos y retales muy calculados en su desesperada aceleración. Los fragmentos desregulan, deslegitiman la voz de un Estado. Los fragmentos buscan con la pericia de los filtros mediáticos a su consumidor para halagarlo, sacarlo de sus casillas, encerrarlo en su torre de odio, cortarle el paso a los mundos inevitablemente mestizos de la convivencia y convertirlo en una pieza esclavizada por el juego. Una democracia sin convivencia supone un invento digital muy envenenado.

Leer historias es una forma de estar sentados en el balcón observando en la plaza el discurrir de la vida cotidiana, las rutinas de la gente que pasa, se encuentra, se besa y se despide. Conocidos por dentro los personajes, y ese es otro privilegio de la literatura, tardamos pronto en comprender que no hay una separación tajante entre lo viejo del todo y lo nuevo del todo, entre los buenos y los malos o entre el héroe y la persona burocrática. Acostumbrados a leer las huellas que la literatura nos ha dejado contra la muerte y el olvido, debajo de cada ser humano, por modesta que sea su apariencia, puede reconocerse un caballero cargado de sueños, un monarca asesino, un amigo traidor, un sabio dispuesto a vender su alma al diablo, una reina vengativa, una niña huérfana con necesidad de amor, una joven con derecho a la libertad o una madre llena de coraje.

Mientras nos vamos contando la vida para defendernos de la muerte aprendemos que las miradas se buscan igual que las soledades porque el relato es un asunto de dos, una convivencia. Nada es más hospitalario que el libro que nos recibe ordenado para hablarnos de nuestra vida. Perdón, matizo, hay una hospitalidad semejante: la de los ojos que se abren para recibir palabra a palabra la huella de los otros, las historias y las intimidades contadas por gentes que un día se rebelaron contra la desaparición.

https://www.infolibre.es/noticias/opinion/columnas/2018/12/09/tiempo_lectura_89673_1023.html

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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