Opinión

Publicado el enero 14th, 2020 | Por Luis García Montero

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Todo por la patria

Había un cuartel de la Guardia Civil muy cerca de la casa de mis padres. Formaba parte del paisaje cotidiano de los paseos, las carreras y los juegos de los niños del barrio. La consigna que brillaba en su puerta, “Todo por la patria”, era también una referencia común en la España de Franco. Desde las pantallas del Nodo a los libros escolares, el sacrificio por la patria suponía una costumbre de pensamiento para organizar las definiciones de nuestro pasado, presente y futuro.

Cuando las costumbres de pensamiento no se ajustan a la realidad, las distancias entre las consignas y la vida se convierten en una llamada de atención para la conciencia. Buena parte de mi manera de ser, mi voluntad natural de meditarme y de meditarlo todo, se relaciona con el descubrimiento adolescente de la gran mentira que representaba ese lema de “Todo por la patria” para un Régimen capaz de hundir una nación y empobrecerla en favor de unos intereses privilegiados. El lector compulsivo y el muchacho que veía la belleza distinguida de los turistas en la Alhambra o la triste verdad de los amigos andaluces condenados a la emigración, comprendieron a la vez la gran mentira de las glorias nacionales. Las trompetas, las banderas, las hazañas brillaban en falso en un decorado de cartón sobre la realidad de un país que pasaba hambre y no pintaba nada en el mundo, si no era por la importancia de ser cuna de mano de obra barata para las fábricas del norte.

Eso me enseñó a dudar de todas las reinvenciones del pasado, de las proclamas que se lanzan en nombre de una patria y de las desvergüenzas que se esconden en esa palabra. Pero al mismo tiempo la conciencia me educó en el amor a mi sociedad y a mi patria. Descubrir la mentira encanallada del uso de la palabra patria, me comprometió en cuerpo y alma, o en experiencia vital y literaria, con la patria que yo habitaba. Fuera del decorado de cartón, me reclamó la existencia cotidiana de mis calles y mis libros. Leer, escribir, estudiar, trabajar, meditar, meditarme, amar, vivir, no ha sido más que comprometerme con mi sociedad, con España, para salvar a mi país del falso patriotismo, la pobreza consentida y la confusión entre los orgullos nacionales y la desigualdad real.

Un himno no puede ser una excusa para que se olviden las injusticias sociales en nombre de una bandera. Tampoco es posible comprometerse contra la desigualdad y la injusticia si uno no tiene despierto el sentido de pertenencia, el latido íntimo de saberse parte de una comunidad.

El falso patriotismo de la dictadura solía definir a gente como yo de antipatriotas. La costumbre de meditarme me convenció pronto de que en realidad yo era un patriota hasta los huesos, y que pertenecía tanto a mi cultura y mi gente que no me resignaba a que estuvieran en manos de la injusticia y la máscara patriotera. Las palabras que me importan, futuro, poesía, historia, libertad, vida, compromiso, difícilmente cobran para mí un sentido real alejadas del adjetivo español. Es lo que he vivido y lo que he leído en Galdós, Pardo Bazán, Antonio Machado, Federico García Lorca, María Zambrano, María Teresa León, Rafael Alberti, Blas de Otero… Soy heredero del patriotismo comprometido de la España progresista.

Y esta herencia me ha enseñado a meditar con atención el pasado, el presente y el futuro de mi compromiso. El cuartel de la Guardia Civil de mi infancia se parece muy poco a la Guardia Civil de hoy porque la España en la que vivimos es muy distinta a la mentira nacional del franquismo. Tener memoria está muy bien, pero no para creer que estamos condenados a reproducir el pasado, sino para comprender que las cosas cambian, que somos responsables del presente y que nuestra apuesta está con los tiempos nuevos.

Los juegos de verdades y mentiras que nos afectan, la responsabilidad de lo que podamos hacer, tienen que ver con la situación actual de la democracia y de la sociedad en Europa y en el mundo. Mi amor a España me lleva a comprometerme con ese reto de democracia social que tenemos por delante. Por delante. Por delante.

 

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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