Opinión

Publicado el febrero 14th, 2019 | Por Luis García Montero

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Triste España sin ventura

Recuerdo los versos de Juan del Encina: “Triste España sin ventura, / todos te deben llorar. / Despoblada de alegría, / para nunca en ti tornar”. Esta larga melancolía fue también la de Rafael Alberti, mi maestro. Evocó la vieja composición al escribir una de las piezas más tristes de su libro Pleamar (1944). Poco después, Blas de Otero, en Ángel fieramente humano (1950), evocó la misma tristeza de Alberti. Los vuelos de su juventud habían sido borrados por las olas lejanas del exilio. La libertad se había convertido en feroz dictadura. Triste España golpeada. Como escribió Larra en el siglo XIX, ninguna historia más triste que la de los españoles dispuestos a buscar la libertad y el progreso para su patria.

Rafael Alberti salió al exilio en 1939. Su historia representa bien la paradoja que estudió María Zambrano en el libro Los intelectuales y el drama de España (1937). Gente que había dedicado su vida y su obra a la patria era sacrificada por la violencia de unos vociferantes que, en nombre de un nacionalismo mentiroso, había vendido a España ante el dinero militar de los nazis y los fascistas. Eso es lo que pasó en 1936, y la filósofa María Zambrano lo explicó de manera precisa desde Chile. Como los militares golpistas fracasaron, decidieron vender su patria a italianos y alemanes para que les ayudasen a ganar una guerra de exterminio contra los españoles.

Triste España sin ventura. En nuestra historia, nadie ha sido más desleal contra los intereses de España que los que invocan su nombre una y otra vez. Odian en nombre de España, confunden la defensa de España con la reivindicación de sus intereses más mezquinos. Por un puñado de armas o de votos sacrifican la convivencia, único modo de legitimar la unidad real de los marcos políticos.

Fue lo que ocurrió con el tradicionalismo español representado por Fernando VII. Para acabar con el constitucionalismo liberal de 1812, vendió a España y se entregó a un ejército extranjero. Un país que había dado su vida para luchar contra la invasión francesa, un país que se había puesto a la cabeza mundial de los avances progresistas en las leyes y la cultura, fue devuelto en nombre de España a las hogueras de la Inquisición y al absolutismo. Triste España sin ventura. Sí, ser un español decente y liberal es una apuesta de alto riesgo. Larra tenía razón. Por eso comprendieron muy bien su melancolía Pedro Salinas, María Teresa León, María Lejárraga, León Felipe… los exiliados españoles de 1939.

Rafael Alberti conoció en su exilio argentino al Cuarteto Aguilar, un grupo de laudistas españoles que vivía el exilio en Buenos Aires. Junto a Paco Aguilar compuso Invitación a un viaje sonoro, una travesía por la historia a través de la música y la palabra. Se acordó entonces de Juan del Encina y de su España sin ventura. Desde el desgarro del exilio, buscó un refugio tenso entre las cosas que más le importaban: la belleza frente a la barbarie, las metamorfosis de la vida frente al belicismo mortal, la historia de España frente a las falsificaciones del nacionalismo.

Como había hecho antes junto a Federico García Lorca, Alberti recogió los aires populares de la poesía española tradicional. Federico García Lorca, el poeta más español desde Lope de Vega, había sido ejecutado por los que se autollamaban nacionalistas españoles en 1936. Triste España sin ventura.

Manuel de Falla, un músico católico, amante del orden, de España y de sus tradiciones, puestas siempre en diálogo con la modernidad europea, intentó salvarle la vida. Fue tanta la barbarie sufrida como respuesta, una barbarie fundada en el uso mentiroso de la palabra España, que decidió marcharse a un exilio argentino. A su casa de Alta Gracia fueron Rafael Alberti y Paco Aguilar en 1944 para ofrecerle su Invitación a un viaje sonoro. Los tres repitieron con melancolía los versos de Juan del Encina y pensaron en su amor verdadero por la triste España sin ventura.

Las personas necesitan tener una identidad. Yo soy un modesto heredero de Juan del Encina, Larra, Falla, Alberti, Blas de Otero. Mi apuesta por la poesía, la libertad, la democracia, la dignidad, y mis ideas sobre las formas de Estado y el diálogo con el mundo, son inseparables de la historia de España. Hoy no siento melancolía, sino ganas de dar la cara en nombre de España, de la otra España que nunca se arrodilló ante la irracionalidad nacionalista.

Siento que se odie en nombre de España, que se mienta en nombre de España, que se convoque a la irracionalidad en nombre de España o de Cataluña. Me declaro un ciudadano de izquierdas que tiene como única preocupación la justicia económica y la igualdad de oportunidades en la educación y los demás derechos sociales. Esa es mi identidad española. Combato a los caraduras que mezclan la patria con sus negocios oscuros. Algunos labios acumulan tanta suciedad que no se acercan a las banderas para besarlas, sino para mancharlas.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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