Opinión

Publicado el abril 27th, 2020 | Por Luis García Montero

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Trumpantojos, enkilosamientos y porquerrías

Esta semana ha traído muchas cosas de las que hablar. Eso de estar en casa no asegura la falta de ruidos. Hemos tenido bulla a causa de algunas sorpresas en forma de sentencias, manifiestos, salidas parlamentarias de tono y otras desmesuras. Pero como estamos en tiempos de desescalada, es decir, como estamos ilusionados con la luz del día, y como, sobre todo, resulta necesaria la desescalada en ciertas actitudes políticas, prefiero hoy hablar de mi casa, alejarme de las disputas públicas para contar asuntos privados.

O sea, me abstengo de criticar a pirómanos metidos a bomberos, viejos mandatarios catastróficos que quieren vigilar y manipular a sus jóvenes sucesores a través de manifiestos, enemigos de la sanidad pública que aparentan preocuparse por el estado de los hospitales o jueces que reclaman independencia después de haber confundido su carrera judicial con los servicios a un partido. Me abstengo por voluntad de desescalada, paso al léxico familiar.

 Como las palabras son rabos de lagartija y están vivas, el ancho idioma que tenemos la suerte de compartir viaja de un sitio a otro, se matiza, funde, equivoca, reinventa y particulariza con la sana intención de conservar sus lazos con la intimidad, algo a lo que aspira cualquier lengua. Toda historia de amor, por ejemplo, es la invención de un idioma. Las novelas y las películas están llenas de parejas que perfilan nombres para llamarse de manera cómplice. Las sábanas están acostumbradas a los apelativos más cariñosos o picantes, que van desde cielo a campeón, pasando por perro o por bichito. Lenguaje de cama lo llamó Galdós al pintar algunos diálogos de Juanito Santa Cruz con Fortunata y Jacinta.

El confinamiento ha generado en mi familia un vocabulario que resistirá la desescalada. Para mantenerme en el cuarto de estar o en la cocina, y no pasar a la alcoba del viejo verde, empezaré por el uso de la palabra enkilosamiento. No me gusta comer mucho, pero soy muy goloso. En cuanto me descuido, mis dedos buscan en la despensa una onza de chocolate o una galleta. Por eso mi mujer se ríe de mí cuando me quejo de no salir a la calle para caminar. Es que me estoy anquilosando. ¡No, cariño, lo que te estás es enkilosando! Como siempre, tiene razón.

 Otra palabra que surge con frecuencia en nuestras conversaciones delante del televisor es trumpantojo. Hermosa palabra tiene el español para definir una ilusión óptica que nos hace la trampa de creer que estamos viendo algo distinto a lo que en realidad vemos. En la pantalla del televisor, por ejemplo, podemos pensar que vemos a un humorista callejero o a un payaso profesional haciendo chistes con las bufandas, las mascarillas, la lejía, los desinfectantes, la vida y la muerte de las personas. El trumpantojo es una forma de trampantojo que nos hace creer que asistimos al circo, cuando en realidad estamos observando uno de los posibles futuros más tristes de nuestra democracia. Esta carcajada terrorífica invita a pensar que a las urnas pueden acercarse no ya votantes, sino botadores, es decir, gente que bota, palos largos, derrochadores o instrumentos a manera de punzón… Todos esos significados nos da nuestro diccionario de la lengua.

La misma diferencia que hay entre votantes y votadores (o botadores) es la que don Pedro Salinas señaló entre lectores y leedores. Una amiga mandó por wasap, y era la 50 vez que lo recibía, un chiste malo con una falsa noticia para calumniar a alguien que merece respeto. Como tenemos confianza, respondí diciendo que no me mandara más porquerías, y ella me contestó ¡qué bueno, porquerrías, qué buena palabra para definir la basura que se mueve por las redes! No me decidí a aclarar que había sido una errata de dedos ligeros, porque así son, ligeros e irreflexivos, los dedos de nuestro tiempo.

 ¿Cómo acabará todo esto? Entre porquerrías, trumpantojos y enkilosamientos, va fluyendo la vida. Otra protagonista galdosiana, la Ándara de Nazarín, sentía temor por lo que pudiera pasar el día del Perjuicio Final. No es poca broma sufrir la miseria, sobrevivir de mal en peor y que un día, cuando ya estás descansando, te levanten de la tumba para juzgarte. Ese perjuicio es el peor de todos, desde luego. Vamos nosotros a esperar un juicio distinto, y me refiero al buen juicio de la gente, para que las conclusiones de esta pandemia tengan más que ver con la verdad, dicho con toda prudencia, que con los trumpantojos, las porquerrías y los enkilosamientos. Y al escribir aquí enkilosamientos, pienso en las cuentas de algunos monopolios dedicados a gestionar residencias de ancianos.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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