Opinión

Publicado el diciembre 21st, 2018 | Por Luis García Montero

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Unas pocas palabras verdaderas.

Más que racionales, los humanos somos seres de costumbres. Por muy alto que vuele la capacidad de pensar, poca distancia recorre y poco sirve si las ideas pierden pie separadas de la tierra, o de la cocina, o de las calles de la ciudad. Vivimos en las costumbres y en las palabras porque son un puente entre la realidad y la abstracción, una forma de ser y de estar a la vez, de ser estando.

 Pronuncio la palabra desayuno y entro en un orden simbólico de los seres humanos, pero al mismo tiempo aludo a mi costumbre particular de llegar a la cocina, hacerme un café, unas tostadas, un zumo de naranja, tomar un yogur de la nevera y encender el televisor para encontrarme, mientras consuelo mi cuerpo, con las noticias del mundo.

Ya se sabe: las noticias del mundo suelen ser un desconsuelo. Me entero de que una niña migrante ha muerto por deshidratación en un hospital de una frontera en Nuevo México. Llegó con su padre a través del desierto, la policía se hizo cargo de ella, no se preocupó de su estado y murió a las 8 horas de sed, delirio y agonía. Se le murió al Estado en las manos por no preocuparse de su estado.

Así empieza el día. La palabra ciudadano significó una elaboración racional e ilustrada para convertir a los seres humanos en sujetos de derecho y responsabilidad. La lexicógrafa María Moliner, que tuvo la buena idea de añadir los usos y costumbres a las definiciones demasiado abstractas, señaló que “a causa de esos deberes y derechos, la palabra lleva en sí o recibe mediante determinaciones una valoración moral y un contenido afectivo”. La historia actual de la ciudadanía está rompiendo la hermandad entre las valoraciones morales y los contenidos afectivos de la ciudadanía. La realidad manda como necesidad frente al valor ético de los derechos humanos.

El mundo global ha internacionalizado las imágenes de la pobreza. Miles de personas cruzan los desiertos, desafían los mares, intentan salvar las fronteras para huir de la miseria y la violencia. Los países ricos, causantes en gran medida de la sed y el naufragio de los demás, cierran sus fronteras. Se parecen mucho a las élites económicas del neoliberalismo europeo y norteamericano. Acumulan fortunas con una avaricia desmedida, desarticulan las políticas fiscales y públicas para tener las manos libre en sus negocios, y empobrecen a las mayorías sociales de sus países. Con los grandes medios de comunicación y las redes a su servicio, consiguen que estas mayorías empobrecidas busquen apoyo para su quiebra en una identidad cerrada. Necesitados de afecto para sí mismos, renuncian a los valores morales y consideran enemigos a los otros necesitados. Quien posee una manzana teme más al que no tiene ninguna que al que tiene nueve porque le ha robado cuatro.

La corrupción se santifica en el lenguaje cuando la mentira hace costumbre. La corrupción triunfa cuando consigue que llamemos flexibilidad a la liquidación de los derechos laborales o cuando los periódicos hablan de armas inteligentes o de ilegales ahogados en nuestras costas. La barbarie se consagra cuando la palabra ciudadanía, creada para dignificar nuestro amparo social, nuestros derechos y responsabilidades, separa su significado de la realidad de un ser humano, de una niña de siete años muerta por deshidratación en manos del Estado.

Resulta necesario actuar. El ser humano es racional y tiene costumbres porque es un ser de palabras. A través del lenguaje ha creado su conciencia, su relación con el mundo, su capacidad de imaginar. El lenguaje pasa de las palabras a los hechos. Para empezar a actuar, en nuestra cocina o en la calle, debemos recuperar las palabras rotas por los poderes salvajes, palabras como política, democracia, amor, bondad, verdad, conciencia, progreso, soledad… Necesitamos sacar las palabras y su tiempo del cubo de la basura del descrédito para que nuestros actos respondan a ellas y de ellas.

Necesitamos unas pocas palabras verdaderas. En Soledades. Galerías. Otros poemas (1907), Antonio Machado condensó su poética en seis versos: “Tal vez la mano, en sueños, / del sembrador de estrellas, / hizo sonar la música olvidada / como una nota de la lira inmensa, / y la ola humilde a nuestros labios vino / de unas pocas palabras verdaderas”.

Machado respondía entonces a una poética simbolista de tradición romántica en la que los sentimientos inspirados podían alcanzar la música divina y la armonía del universo. Hoy, sin confianza en la inspiración y sin fe en la música divina, leo estos versos como un deseo de unir la verdad individual con las costumbres y los valores éticos de los Estados y las sociedades. Como una ola humilde, sin grandes mentiras utópicas que separen la historia de la vida, necesitamos en los labios unas pocas palabras verdaderas. Quizás así las estrellas de nuestras banderas recuperarían su decencia.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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