Opinión

Publicado el mayo 29th, 2020 | Por Luis García Montero

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Valor, agravio y mujer

Ana Caro de Mallén, hija de una familia de moriscos granadinos, nació a finales del siglo XVI, fue adoptada por el Procurador de la Real Audiencia de Granada, Gabriel Caro de Mallén, consiguió convertirse en la “décima musa sevillana” según afirma Luis Vélez de Guevara en El diablo cojuelo, recibió aplausos en los corrales de Madrid y murió en 1646 a causa de la peste. Como era uso de la época, contribuyó con sus composiciones a celebrar los grandes acontecimientos religiosos y políticos. Cobró por ello. Los ingleses reivindican el nombre de Aphra Behn como la primera escritora profesional de Europa. Si es que tiene sentido reivindicar estas cosas, España puede recordar que Ana Caro de Mallén fue anterior en casi medio siglo a Aphra Behn. Los ingleses no se inventaron ni la ficción moderna, ¡viva el Lazarillo!, ni la dramaturgia profesional escrita por mujeres. Sería maravilloso que la sociedad española se sintiese alguna vez más orgullosa de su cultura que de sus sermones, su pasado efímero y los efectos que producen los nuevos casinos provincianos en la oquedad de las cabezas.

Ana Caro es una de las protagonistas de la exposición Tan sabia como valerosa que han preparado el Instituto Cervantes y la Biblioteca Nacional. Este título responde a una frase de Sor Juana Inés de la Cruz y convoca a un grupo de mujeres que formaron parte de nuestro Siglo de Oro y quedaron olvidadas, si exceptuamos los casos de la propia Sor Juana, Teresa de Jesús y María de Zayas. La profesora Ana M. Rodríguez-Rodríguez, comisaria de la exposición, es también responsable de la edición de la comedia de Valor, agravio y mujer (Los Galeotes, 2020) de Ana Caro de Mallén.

El argumento pone en juego un tipo de enredo característico en el teatro del XVII. Pero el cambio de perspectiva de una mujer permite fisuras, matices, intuiciones y contrastes que merece la pena tener en cuenta. Un burlador de honras llamado Don Juan abusa de los sentimientos de Leonor, la goza, la abandona y marcha a Bruselas para buscar nuevas aventuras. Lo que ocurre es que la protagonista de la obra es mucha Leonor, se niega a asumir el agravio, se disfraza de hombre, actúa con valor, atropella imposibles, provoca un sinfín de enredos y acaba consiguiendo un final feliz en el que un Juan enamorado se casa con ella, Estela con Fernando, Ludovico con Lisarda y hasta el gracioso Ribete con Flora.

Resulta interesante comprobar en la obra el orgullo y la ironía con la que se defiende el talento de las mujeres dispuestas a escribir. Y muy interesantes resultan también algunos cambios forzados por el protagonismo femenino en los que se intuye un posible desplazamiento del concepto de honor feudal por el de honestidad: horizontes nuevos para el matrimonio y los finales felices. La vida no es sueño, sino una realidad que se construye. Por ejemplo, el Estado como orden de esencias inquebrantable podría ser negado por otra forma de Estado: la consideración creativa de una obra de arte al servicio del bien común.

 Me comentaba un amigo que el verso de Ana Caro está muy lejos de la calidad de Lope, Calderón o Tirso de Molina. No creo que sea una comparación oportuna para valorar la obra, como tampoco lo sería el empeño de sostener con voluntad equiparadora que la dramaturga granadina tuvo tanta calidad en el verso como los autores citados. Resulta absurdo olvidar las diferencias de educación en la época, el número reducido de autoras en unos años tan injustos para la mujer y el hecho comprobado de que cientos de hombres escribieron no sólo con menos calidad que Lope o Calderón, sino con menos habilidad lírica y talento que Ana Caro. Ni siquiera Lope está a veces a la altura de Lope. Así que no es eso, ni este es el debate.

Lo que me parece importante es comprobar una vez más que, para comprender la realidad, es decisivo respetar y conocer las perspectivas diversas. Ana Caro, desde su propia experiencia histórica de mujer con agravios y valor, escribe sobre un mundo en el que a la hora de organizar los matrimonios no son válidos ni el sometimiento femenino, ni los pactos de linaje que desconocen la necesidad del verdadero amor. Y algo más. Tampoco podemos decir que Ana Caro adelanta el drama burgués escrito por Moratín y Jovellanos en el que la razón venía a sustituir un sacramento de linajes por un contrato social entre deseos privados y utilidades públicas. Y no se identifica porque la ideología ilustrada, en su parte dominante, para distribuir las tareas de lo público y lo privado, fundó las condiciones masculinas en la razón y las femeninas en los sentimientos. Sí es pertinente la comparación con la dramaturga ilustrada María Rosa Gálvez, que respondió a las nuevas perspectivas razonables desde su experiencia de mujer.

 La pasión no es tan mala, ni los hombres tan razonables en la obra Ana Caro. Todos estos matices no se ponen en juego como teorías perfectas o tratados filosóficos. Es el reconocimiento de experiencias personales y de género que provocan interpretaciones distintas de la realidad y, por lo tanto, horizontes diferentes a la hora de decidir sobre lo que es justo. La literatura, en su diálogo constante entre historia y vida, es el relato de nuestros mundos a lo largo de los siglos, los prejuicios ideológicos, los errores y las posibilidades de decisión. El inquietante enredo de Ana Caro pone en escena que la experiencia de la mujer con sus agravios y su valor formó una parte olvidada del siglo XVII. También demuestra que quien no conoce la diversidad tampoco conoce la realidad de su mundo y, además, empobrece las posibilidades de su futuro.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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