Opinión

Publicado el julio 20th, 2020 | Por Luis García Montero

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Y Dios se liberó por fin de los obispos

Poco después de estrenar Celia en los infiernos, con 60 años a las espaldas y una larguísima andadura literaria, Benito Pérez Galdós confesó uno de los ejes de su literatura: la cuestión religiosa. “Lo concerniente al puro ideal religioso–escribe-, es digno del mayor respeto; por lo que atañe al clericalismo, que es un partido político inspirado en brutales egoísmos y en el ansia de dominación sobre las conciencias y aún más sobre los estómagos, no podemos menos de manifestar todos nuestros odios con tan ruin secta”.

La literatura española está llena de reflexiones como esta. El laicismo es una voluntad de respeto a las conciencias religiosas. Es precisamente ese respeto el que obliga a tomar postura contra una Iglesia que quiere desbordar el ámbito de las conciencias individuales, imponerse como credo de Estado con desprecio a los otros sentimientos religiosos para convertir a su Dios en un mercader de poderes políticos y económicos. El Galdós que admiró a Nazarín por su amor cristiano fue el mismo que denunció los mezquinos juegos represivos y avariciosos de la Iglesia en Doña perfectaElectra o en Casandra. Cuando Casandra mató a Doña Juana, una marquesa dominada por el odio y por las órdenes religiosas, Galdós lanzó una famosa llamada a la esperanza: “He matado a la hidra que asolaba la tierra”.

 Galdós apostó por la República después de que los sucesivos gobiernos de la Restauración se mostraran incapaces de aprobar una ley que limitase el poder invasivo de las órdenes religiosas. Hoy no son las órdenes un problema para la democracia española, son otros los poderes que pueden provocar con sus privilegios una desarticulación social, pero no deja de ser emocionante para un lector de Galdós que España haya celebrado por fin con carácter laico un funeral de Estado en honor de las víctimas de la pandemia.

Yo me alegro, sobre todo, por Dios y por los cristianos que han hecho de su fe un acto solidario de amor a la vida. Quien no siente amor por la vida, no puede entender el dolor y el misterio que hay en la muerte. Al verse libre de obispos, de señorones que se suben al púlpito para despreciar a las mujeres y a los homosexuales, o que se bajan del púlpito con el deseo económico de apoyar a los que debilitan la sanidad pública para convertirla en un negocio, Dios se habrá sentido feliz, alegre de compartir sus sentimientos con personas que tienen en su conciencia diversas religiones o una voluntad de parecerse más al amor de Cristo entre los pobres que a los guerreros entre las prebendas, las propiedades y la evasión de impuestos.

 Dios, al compartir el dolor colectivo, habrá recordado el sufrimiento de la gente que vive con el agua al cuello, a las parroquias de los suburbios, a los sacerdotes que cuidan inmigrantes o buscan alimentos para ayudar a los castigados por la miseria. Y habrá sido respetuoso con los que no necesitamos la palabra Dios o religión para comprometernos con la voluntad de la tierra “que da sus frutos para todos”.

Así acabó Federico García Lorca su “Grito hacia Roma”. El Papa Pío XI y Mussolini habían firmado el pacto de Letrán, la santa Sede asumía la política belicista del fascismo y se colocaba al lado del poder más turbio. El poeta subió al edificio más alto de Nueva York y lanzó una maldición contra el clericalismo oficial en nombre de Cristo, de los seres humillados, los deseos perseguidos, los pobres amenazados por las inundaciones y los negros maltratados por el racismo. Gritó Amor, Paz, y recogió la antorcha de Galdós para rebelarse contra la hidra.

 Que Dios se haya liberado de los obispos en un funeral español de Estado es un acontecimiento decisivo. Esto sí que es una Nueva Normalidad.

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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