Opinión

Publicado el febrero 15th, 2020 | Por Luis García Montero

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¿Y qué vio cuando miró hacia abajo?

La semana pasada visité las casas de César Manrique José Saramago en Lanzarote. Con Pilar del Río, recordé a José en su biblioteca, ese lugar en el que los lectores sentimos de cerca las huellas de una vida. Como estábamos a 9 de febrero, Pilar me llamó la atención sobre una entrada escrita en los Cuadernos de Lanzarote el 9 de febrero de 1995.

José Saramago recoge una historia que le había interpelado. A una calle de Badajoz le habían puesto el nombre de un piloto de la aviación republicana. Durante la Guerra Civil, había recibido la orden de bombardear la ciudad. Despegó, sobrevoló la ciudad y miró hacia abajo. ¿Y qué vio cuando miró hacia abajo?, nos pregunta a sus lectores el escritor portugués. Vio gente, vio personas, por lo que desvió el avión y arrojó las bombas sobre el campo.

La historia no acabó ahí. Cuando volvió a la base, comunicó que le parecía haber matado a una vaca. El capitán le preguntó por Badajoz y el piloto explicó que no había arrojado las bombas sobre la ciudad porque allí había personas. No protestó el capitán, y el aviador no fue conducido a un consejo de guerra. Cosas que pasaron, que pueden pasar.

La historia me recordó de manera inevitable un poema de Pedro Salinas titulado Cero. Lo escribió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la aviación aliada atacaba las ciudades italianas. Destrucción sobre las personas, el patrimonio histórico, el presente y el futuro de la vida. Salinas denuncia que es muy fácil apretar el botón cuando se está en las alturas, sin ver a las personas que van a morir, el edificio histórico, las ruinas, los siglos que saltarán por los aires. El poema iba a adquirir todo su sentido poco después cuando los aviones norteamericanos arrojaron sobre Japón las bombas atómicas, el gran invento, la gran hazaña de la tecnología humana, sólo comparable a los campos de exterminio, la producción industrial de cadáveres.

Para un poeta de la Generación del 27 la palabra altura estaba cargada de significado. Durante unos años se creyó por magisterio de Juan Ramón Jiménez y Ortega y Gasset que la poesía era el esfuerzo conceptual de superar la vida anecdótica para darle un significado universal a los acontecimientos. La poesía era el álgebra superior de la metáfora, un mundo de hermosura abstracta, como la geometría del cubismo. La belleza se complicó cuando el arte miró hacia abajo y vio a la gente.

Las preocupaciones de Saramago y Salinas son una buena referencia en medio de un mundo que está sustituyendo la historia de carne y hueso por una realidad virtual que convierte en abstracción la experiencia de la vida. Recordar que perdemos el sentido de la responsabilidad cuando dejamos de mirar hacia abajo, cuando dejamos de ver a la gente, es importante a la hora de pensar, organizar nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras relaciones con los demás y nuestras opiniones políticas. Las abstracciones se llenan con facilidad de trampas y mentiras.

Pienso, por ejemplo, en los debates sobre Venezuela y en la dinámica de la obligación de elegir entre Guaidó y Maduro. Qué difícil entrar en las discusiones si se mira hacia abajo. Hace mucho tiempo que el comportamiento del Gobierno de Maduro dejó de ser respetable para una conciencia social y democrática. ¿Pero la alternativa es Guaidó? La gente de Venezuela está pagando todas las sanciones internacionales que promueve Donald Trump y todas las corrupciones del chavismo. Las nubes de esta situación hacen que llueva sobre mojado, una tormenta sobre un país que no se merece ni la falta de garantías democráticas, ni el imperialismo, ni la soberbia de una economía enfocada a mantener los privilegios de la desigualdad. Tampoco la manipulación, ni la indiferencia.

 

 

 

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Acerca del Colaborador

Luis García Montero

Es un poeta y crítico literario español, ensayista, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada. Descendiente de una familia granadina muy presente en la vida local, Luis García Montero nació en esta ciudad en 1958 como hijo de Luis García López y Elisa Montero Peña, y cursó estudios en el colegio de los Escolapios. En su adolescencia se aficionó a la hípica y conoció a Blas de Otero. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Juan Carlos Rodríguez Gómez, teórico de la literatura social. Se licenció en 1980 y se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti, La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti. Mantuvo una gran amistad con el mencionado poeta del 27, y preparó la edición de su Poesía Completa. Comenzó a trabajar como profesor asociado en la Universidad de Granada en 1981. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Realizó su memoria de licenciatura en 1984 sobre El teatro medieval. Polémica de una inexistencia. Se vinculó al grupo poético de "La Otra Sentimentalidad", corriente que en la poesía española contemporánea toma el nombre de su primer libro en conjunto, publicado en 1983, y en la que también participaron los poetas Javier Egea y Álvaro Salvador. La poética del grupo queda reflejada sobre todo en ese breve libro y en menor medida en el opúsculo Manifiesto albertista (1982) de Luis García Montero y Javier Egea. Su trayectoria personal se fue ampliando en lo que se fue conociendo más tarde como "poesía de la experiencia", y se caracteriza por la tendencia general a diluir el yo más personal en la experiencia colectiva, alejándose de la individualidad estilística y temática de los novísimos autores anteriores; García Montero y su grupo, sin embargo, trataron de relacionarse con la tradición poética anterior acogiéndose a los postulados de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma y trataron de unir la estética de Antonio Machado y el pensamiento de la generación del 50, así como el Surrealismo y las imágenes impactantes de los poetas del Barroco español o de Juan Ramón Jiménez.



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